¿Cuál es la mejor política social?

- Esteve Almirall
- Barcelona. Jueves, 28 de mayo de 2026. 05:30
- Tiempo de lectura: 7 minutos
Cuando hablamos de política social, casi siempre pensamos en subsidios. En ayudas, prestaciones, transferencias, complementos de renta, bonos, cheques o programas públicos para compensar desigualdades. Es comprensible: ante la pobreza, la respuesta más inmediata es dar recursos a quien no los tiene. Pero esta intuición, por humana que sea, confunde a menudo alivio con solución.
La pregunta de fondo no es solo cómo ayudamos a alguien a llegar a final de mes, sino cómo hacemos que cada vez menos personas necesiten esta ayuda. Y aquí la historia es muy clara: la política social que realmente ha funcionado, la que ha sacado a más personas de la pobreza y ha ampliado más oportunidades vitales, no ha sido el reparto permanente, sino el crecimiento económico.
Una sociedad que crece no solo genera más PIB. Genera caminos de progreso personal. Genera trabajo, salarios, empresas, movilidad social, aprendizaje, confianza y futuro. Permite que las personas no dependan solo del Estado, sino que puedan construir su propio proyecto vital. Por eso, aunque a menudo nos cueste decirlo, la mejor política social —quizás la única que acaba funcionando de verdad— es crear una sociedad lo suficientemente dinámica para que las oportunidades no sean una excepción, sino una expectativa razonable.
Sin crecimiento, la política social se convierte en administración de la escasez. Con crecimiento, en cambio, puede convertirse en una plataforma de emancipación. Esta es la diferencia esencial entre una sociedad que reparte dependencia y una sociedad que multiplica oportunidades.
La pregunta de fondo no es cómo ayudamos a alguien a llegar a final de mes, sino cómo hacemos que cada vez menos personas necesiten ayuda
Esta es una idea incómoda porque suena poco sentimental. Es más fácil hablar de repartir que de producir. Es más agradecido prometer subsidios que explicar cómo se crean empresas, empleo, salarios altos y productividad. Pero la historia económica de los últimos dos siglos es tozuda: la humanidad no ha salido masivamente de la pobreza gracias a decretos de redistribución, sino gracias al aumento extraordinario de la capacidad de producir, innovar, comerciar y organizarse mejor.
La pobreza extrema ha sido la condición normal de la humanidad durante casi toda la historia. Lo excepcional no es que todavía haya pobreza, sino que millones y millones de personas hayan podido salir de ella en tan poco tiempo. El gran salto se produce cuando sociedades enteras pasan de la economía de subsistencia a economías capaces de acumular capital, aplicar tecnología, crear empresas, formar trabajadores y conectarse a los mercados globales.
China es el ejemplo más espectacular. En pocas décadas, cientos de millones de personas salieron de la pobreza no porque el Estado redistribuyera una riqueza previamente existente, sino porque el país permitió —con todas sus contradicciones políticas— que una parte inmensa de la población entrara en circuitos de producción, exportación, urbanización, aprendizaje e inversión. La lección no es que Europa deba imitar el modelo político chino, evidentemente incompatible con nuestros valores democráticos. La lección es otra: cuando los incentivos se alinean con el esfuerzo, el ahorro, la empresa, el aprendizaje y la innovación, el crecimiento puede hacer por la dignidad humana aquello que ningún subsidio permanente puede conseguir.
Europa, en cambio, corre el riesgo de olvidar esta verdad básica. El continente ha construido uno de los sistemas de bienestar más generosos del mundo, y esto forma parte de su identidad. Pero la sostenibilidad de este sistema depende de una condición que con demasiada frecuencia se da por descontada: que la economía crezca lo suficiente. Un estado del bienestar potente puede ser expresión de cohesión y civilización. Pero también es una advertencia: si la base productiva se estanca, si la población envejece, si la productividad no avanza y si la empresa innovadora no encuentra espacio para crecer, el sistema social acaba financiándose contra el futuro.
Sin crecimiento, la política social se convierte en administración de la escasez. Con crecimiento, puede convertirse en una plataforma de emancipación
El problema de las políticas de reparto no es que sean siempre injustas. A menudo son necesarias. El problema aparece cuando dejan de ser una red de seguridad y se convierten en una arquitectura de incentivos que desplaza progresivamente a más personas hacia la dependencia. Cuando una sociedad premia más la permanencia en el subsidio que la reincorporación al trabajo; cuando penaliza el ahorro, la asunción de riesgos o la creación de empresas; cuando convierte al Estado en el principal mecanismo de asignación de oportunidades, acaba debilitando aquello mismo que financia la protección social: el dinamismo productivo.
Este es el círculo vicioso que hay que evitar. Una sociedad que no crece necesita más reparto para compensar el estancamiento. Pero más reparto mal diseñado puede reducir los incentivos a trabajar, invertir y emprender. Esta reducción de la actividad limita aún más el crecimiento, y la factura social se hace cada vez más grande. Llega un momento en que la política social deja de ser emancipadora y se convierte en una maquinaria defensiva: ya no eleva personas, solo contiene frustraciones.
Por eso la discusión sobre la mejor política social no puede limitarse a cuánto dinero se gasta, sino a qué tipo de sociedad se construye. Hay políticas públicas que activan capacidades y las hay que las adormecen. Hay ayudas que permiten volver a empezar y las hay que cronifican trayectorias. Hay intervenciones que conectan personas con trabajo, formación y empresa, y las hay que solo administran transferencias. La diferencia es decisiva.
El caso de Israel es ilustrativo. Una parte relativamente pequeña de la población y de la economía —el sector tecnológico— ha sido responsable de una parte muy importante del progreso del país. Este sector concentra talento, inversión, conexión internacional, investigación aplicada y ambición empresarial. Muestra una realidad a menudo olvidada: el progreso económico no siempre es generado de manera homogénea por toda la sociedad. A menudo lo genera una minoría altamente productiva, emprendedora, formada y conectada con mercados globales.
La discusión sobre la mejor política social no puede limitarse a cuánto dinero se gasta, sino a qué tipo de sociedad se construye
La pregunta, por lo tanto, no es cómo gravar más a esta minoría hasta agotarla, sino cómo hacerla crecer y cómo permitir que más sectores de la sociedad se incorporen a ella. La justicia social no consiste solo en redistribuir los frutos de la innovación, sino en multiplicar el número de personas capaces de participar en esta innovación. Esta es una diferencia fundamental. Una política social orientada solo al reparto mira la riqueza como un stock. Una política social orientada al crecimiento la mira como un flujo que hay que renovar constantemente.
Aquí es donde Europa tiene un problema cultural. Hemos desarrollado una gran sensibilidad hacia la protección, pero a menudo una escasa admiración por el riesgo. Nos preocupa mucho quién se queda atrás, y con razón. Pero hablamos mucho menos de quién tira adelante, de quién crea una empresa, de quién exporta, de quién innova, de quién transforma conocimiento en valor. Una sociedad puede tener universidades, infraestructuras, centros de investigación y talento, y aun así no generar suficiente prosperidad si estas capacidades no se activan dentro de un ecosistema empresarial dinámico.
Las capacidades no son suficientes. Esta es una de las lecciones más importantes para Catalunya, España y Europa. Podemos tener buenos científicos, buenos ingenieros, buenas escuelas de negocio y buenos hospitales. Podemos tener fondos europeos, planes estratégicos y discursos sobre transformación digital. Pero si todo esto no se traduce en empresas que crecen, productos que compiten, patentes que llegan al mercado, inversión que asume riesgo y puestos de trabajo con salarios altos, no tendremos el progreso económico que decimos perseguir.
El conocimiento, por sí solo, no crea prosperidad. La prosperidad aparece cuando el conocimiento se combina con ambición empresarial, capital, mercados, cultura del riesgo e instituciones que no castigan el éxito. Europa ha invertido mucho en capacidades, pero con demasiada frecuencia ha descuidado el dinamismo que las convierte en crecimiento. La diferencia con China no es solo salarial o reguladora. Es también cultural y estratégica. China ha entendido que el desarrollo requiere movilizar energías productivas a gran escala. Europa, en cambio, a menudo parece más preocupada por regular el futuro que por construirlo.
Hemos desarrollado una gran sensibilidad hacia la protección, pero a menudo una escasa admiración por el riesgo
Esto no quiere decir renunciar a los valores europeos. Al contrario. Quiere decir entender que el modelo social europeo solo sobrevivirá si vuelve a ser también un modelo de crecimiento. Sin productividad, no hay pensiones sostenibles. Sin empresas competitivas, no hay salarios dignos. Sin innovación, no hay recaudación suficiente. Sin inversión, no hay ascensor social. Y sin cultura del esfuerzo y del mérito, la igualdad de oportunidades se degrada en igualdad de dependencias.
Las políticas sociales, para funcionar, deben estar diseñadas con una idea muy clara: ayudar debe querer decir activar. Activar capacidades, activar responsabilidad, activar formación, activar movilidad, activar emprendimiento. Una renta mínima puede ser necesaria en determinados momentos, pero no puede ser el horizonte vital de ninguna sociedad. El objetivo no debe ser que más gente reciba ayudas, sino que menos gente las necesite. Esta frase debería ser el criterio central de cualquier política social seria.
El crecimiento, además, no es solo una variable macroeconómica. Es una experiencia moral. Cuando una sociedad crece, aumenta la confianza. Las familias piensan que los hijos vivirán mejor. Los jóvenes se arriesgan. Las empresas contratan. Los trabajadores cambian de trabajo porque hay oportunidades. Los gobiernos pueden invertir sin convertir cada debate presupuestario en una guerra entre generaciones. Cuando una sociedad no crece, en cambio, todo se convierte en disputa distributiva: funcionarios contra autónomos, jóvenes contra pensionistas, territorio contra territorio, contribuyente contra beneficiario.
La política del reparto permanente alimenta esta lógica de suma cero. Si la riqueza no crece, la única manera de mejorar la posición de alguien es reducir la de otro. Esto erosiona la cohesión social. Paradójicamente, una política social demasiado centrada en repartir puede acabar haciendo la sociedad más conflictiva, no más solidaria. La solidaridad es más fácil cuando hay futuro. Sin futuro, la solidaridad se convierte en resentimiento fiscal.
Europa ha invertido mucho en capacidades, pero demasiado a menudo ha descuidado el dinamismo que las convierte en crecimiento
Naturalmente, el crecimiento no lo resuelve todo automáticamente. Puede generar desigualdades, dejar territorios atrás o concentrar beneficios. Por eso se necesitan instituciones, educación, competencia, fiscalidad inteligente y una red de protección eficaz. Pero confundir corrección con sustitución es un error grave. El Estado puede corregir el mercado, pero no puede sustituir indefinidamente la capacidad productiva de la sociedad. Puede redistribuir riqueza, pero no crearla por decreto. Puede proteger, pero no puede fabricar dinamismo social solo con presupuesto.
La mejor política social, pues, es una política de crecimiento inclusivo. No crecimiento entendido como cifra fría del PIB, sino como proceso de activación de talento, inversión, empresa, tecnología y trabajo. Una política que haga que las personas no dependan solo del Estado, sino que tengan capacidad real de construir su propio proyecto vital. Una política que entienda que la dignidad no es solo recibir, sino poder contribuir.
Europa necesita recuperar esta ambición. Necesita menos miedo al beneficio empresarial y más exigencia sobre qué hacen las empresas con este beneficio. Necesita menos burocracia defensiva y más regulación orientada a hacer crecer sectores nuevos. Necesita menos retórica sobre la innovación y más mercados donde la innovación pueda escalar. Necesita una política social que no sea solo compensatoria, sino productiva.
La gran pregunta no es cuántos subsidios podemos pagar, sino cuántas personas podemos incorporar a actividades de alto valor. No es cuántos recursos podemos repartir, sino cuánta riqueza nueva podemos crear. No es cómo hacemos más soportable el estancamiento, sino cómo volvemos a hacer posible el progreso.
Por eso, cuando nos preguntamos cuál es la mejor política social, la respuesta debe ser clara: crecer. Crecer en productividad, en innovación, en salarios, en empresas, en oportunidades y en responsabilidad. El reparto puede aliviar la pobreza; el crecimiento puede derrotarla. Y una sociedad que olvida esta diferencia acaba confundiendo compasión con dependencia, justicia con gasto y política social con renuncia al futuro.