Brookings y el último informe de una casta que ya no existe
- Mookie Tenembaum
- Buenos Aires. Viernes, 27 de febrero de 2026. 05:30
- Tiempo de lectura: 2 minutos
Mientras la consultora, o think tank, estadounidense Brookings publicaba su informe sobre inteligencia artificial (IA) y educación, Chegg, una plataforma de apoyo al estudio, perdía el 99% de su valor en bolsa. Entre tanto, la comunidad de preguntas y respuestas para programadores Stack Overflow, recortaba el 28% de su plantilla. Y McKinsey, Accenture y Deloitte anunciaban despidos masivos en sus divisiones de consultoría tradicional. Las mismas firmas que durante décadas vendieron PowerPoints de “transformación digital” son transformadas ellas mismas, y esta vez no hay consultor externo que las salve.
Ese es el contexto real en el que hay que leer estos hechos, como el acta notarial de una clase de profesionales que redacta su propia carta de despido sin saberlo.
El informe propone que los estudiantes aprendan a “razonar críticamente” para convertirse en auditores de la IA. Es la metáfora perfecta de la desconexión en un sistema que durante décadas castigó el pensamiento propio y premió la repetición mecánica de datos ahora pretende fabricar supervisores capaces de controlar modelos que procesan la cultura universal en milisegundos. Es como obligar a alguien a aprender a criar caballos bajo la excusa de que algún día los coches podrían dejar de funcionar.
El contrato social que sostenía todo esto era "estudia, obtén un título, consigue una carrera" y se rompió definitivamente. La IA ya hace el trabajo de un analista junior mejor, más rápido y a una fracción del costo, y no se detendrá en el analista junior. Los socios senior, los consultores de Brookings, los profesores titulares que firman estos informes, todos están en la misma fila. El dinero dicta, y la IA es más barata que cualquier ser humano en cualquier tarea que implique procesar, sintetizar o comunicar información. Los seres humanos no son el activo más valioso de la cadena; son el eslabón más caro y más lento.
Las mismas firmas que durante décadas vendieron PowerPoints de transformación digital son transformadas ellas mismas, y no hay consultor externo que las salve
Los autores de este informe analizan la realidad mirando exclusivamente por el espejo retrovisor. Hablan de “alfabetización crítica”, de “marcos regulatorios”, de “proteger” a los estudiantes. ¿Protegerlos de qué? ¿De una herramienta que les da acceso instantáneo a todo el conocimiento acumulado de la humanidad? Los jóvenes hablan directamente con la IA y resuelven en segundos lo que a sus profesores les tomaba semanas preparar. Los colegios debaten si el uso de chatbots es ético mientras sus alumnos ya los usan para aprender lo que el currículo no les enseña. La discusión sobre la ética del uso es un lujo que se dan quienes todavía cobran un sueldo por discutir.
No hay solución dentro del paradigma educativo actual porque el arquetipo mismo es el problema. No se trata de reformar la educación, de integrar la IA en el aula, de capacitar docentes en “herramientas digitales”. Es imperioso aceptar que el conocimiento prescinde de intermediarios humanos para transmitirse. La educación como la conocimos, en formato presencial, estructurado y credencialista, sobrevivirá un tiempo más como estructura de contención social, una guardería extendida para mantener ocupados a millones de jóvenes que el mercado laboral ya no necesita. Pero llamar a eso “educación” es una estafa semántica.
Los colegios debaten si el uso de chatbots es ético mientras sus alumnos ya los usan para aprender lo que el currículo no les enseña
Este informe de Brookings no es una guía para el futuro. Es arqueología burocrática, el último documento de una casta que todavía no se ha dado cuenta de que su propia silla ya no existe. Dentro de seis meses, cuando la próxima generación de modelos haga lo que estos consultores hacen pero sin cobrar honorarios, sin sesgos institucionales y sin la necesidad de justificar su propia existencia en cada párrafo, este informe será la prueba perfecta de lo que siempre fueron, un algoritmo de lugares comunes con pretensiones de oráculo.
Las cosas como son.