Atascados en un mundo cambiante

- Pau Vila
- Barcelona. Miércoles, 18 de febrero de 2026. 05:30
- Tiempo de lectura: 3 minutos
Hace dos años, en febrero de 2024, se firmó en Amberes un manifiesto por la competitividad industrial europea. El manifiesto estaba avalado por prácticamente todas las agrupaciones de la industria clásica del continente -por “clásica” me refiero a los sectores con una trayectoria que se remonta a siglos atrás; dejando de lado, pues, industrias emergentes como la biomédica o el sector del software, por citar algunas. El escrito original denotaba que los fabricantes de vidrio, cerámica, metales, papel y cartón, cemento y productos químicos pasaban por un momento de gran preocupación, incluso podríamos decir de preocupación existencial, fruto de una erosión lenta de la competitividad europea respecto a Asia y los Estados Unidos, pero más recientemente, de una acelerada degradación de los indicadores industriales que estaba provocando el cierre de muchas plantas y la correspondiente destrucción de puestos de trabajo. El manifiesto, lejos de ser tan solo una queja abstracta, profundizaba en el diagnóstico: sobrecarga de regulaciones y, en consecuencia, dificultades para escalar la dimensión del tejido productivo europeo; lentitud extrema en la autorización de proyectos, fragmentación normativa entre Estados miembros... En definitiva, plasmaba un entorno que, sin ser hostil en el sentido literal, se había ido convirtiendo en progresivamente disuasorio para la inversión productiva. A continuación, el manifiesto proponía acciones concretas para revertir la tendencia e indicadores numéricos para poder monitorizar la situación en el futuro inmediato.
Los lectores quizá pensaréis que, si bien no se ha hablado mucho del manifiesto de Amberes, esta música resulta familiar: el manifiesto de Amberes era otra cara de la moneda del informe Draghi, aunque el primero profundizaba en el diagnóstico y recomendaciones en todo aquello que hace referencia a los sectores industriales, mientras que el informe Draghi se refería al futuro del continente en un sentido amplio.
En todo caso, como los industriales que se reunieron en Amberes hacen toda la fila de ser personas cartesianas, numéricas, se aseguraron de dejar bien atada la cuestión de los indicadores (los llamados KPIs) y de cómo se haría su seguimiento: proponían encargar a un gabinete de estudios independiente, neutral y de prestigio que publicara un informe bianual recalculando las métricas. Pues bien: la semana pasada se presentó el primer informe de seguimiento de aquel manifiesto, encargado a Deloitte. La conclusión es del todo desalentadora: el 83% de los indicadores no han mejorado, es decir, o bien están estancados al nivel de hace dos años o bien han sufrido una degradación. Por ejemplo, uno de los que ha empeorado es el siguiente: las empresas de la UE dedican ahora once veces más proporción de personal al cumplimiento regulatorio que China. La competitividad de nuestro entorno recuerda el desastre del crucero Costa Concordia: mientras las rocas están cada vez más cerca, observamos incrédulos cómo es posible que cueste tanto maniobrar la nave.
Las empresas de la UE dedican ahora once veces más proporción de personal al cumplimiento regulatorio que China
Ahora bien, la historia económica muestra que las reformas profundas raramente se implementan en contextos de confort. Se producen cuando la realidad obliga, durante el tiempo de descuento. Hace un par de semanas, la prestigiosa cabecera económica Fortune publicó un artículo de opinión que llevaba por título Something big is happening: a February 2020 moment - es decir, vivimos un momento equiparable a febrero de 2020. El artículo, que se viralizó, defiende que las semanas que preceden a la segunda mitad de febrero de 2020 pasaron una serie de cuestiones que desde Occidente nos parecían ajenas: todos recordaremos ver imágenes en televisión de ciudades chinas donde los enfermos de Covid se desmayaban en las esquinas mientras en ningún caso pensábamos que todo aquello pudiera tener ninguna implicación directa para nosotros. Los hechos se sucedieron a una velocidad vertiginosa y casi sin poder procesar la información, nos encontrábamos confinados en casa. El autor defiende que estamos a principios de febrero de la inteligencia artificial: el último salto cualitativo de los modelos cruza la línea que separa un entretenimiento o una herramienta de apoyo para nuestro día a día profesional de una entidad capaz de sustituir nuestro trabajo en el sentido más riguroso. Más allá del debate sobre la creación o destrucción de puestos de trabajo vinculada a la madurez de los modelos de IA, hay que considerar que en los casos donde no nos sustituya, posiblemente provocará una reordenación profunda de nuestras tareas y, en definitiva, del papel de los humanos en la creación de valor.
Los cambios forzados no suelen ser los más deseables, pero a menudo son los más efectivos. Quizás una revolución tecnológica que se acerca como un tsunami será la pieza que nos falta para reaccionar ante los retos que preocupan a los industriales reunidos en Amberes.