Hoy todo el mundo parece saber con exactitud qué es la IA agéntica, aunque la realidad es bien otra. A las automatizaciones clásicas (más o menos avanzadas) con una capa de inteligencia artificial, a los sistemas que recomiendan una acción completa y a los asistentes que ayudan a las personas a trabajar mejor, entre otros, se los sitúa en este mismo terreno por obra y gracia de una semántica hipertrofiada que solo brinda confusión –muy útil para el mercado, por cierto– sobre la verdadera naturaleza de lo adquirido y el modo cómo debe implantarse en la empresa. Generalizar es un riesgo y, en lo que aquí concierne, llamar agente a todo es inadecuado. A grandes rasgos, mientras una automatización con IA suele funcionar dentro de un recorrido bastante cerrado (y en el marco de un proceso que sigue un camino ya previsto), un agente daría un paso adelante adaptándose a las posibles incidencias y acercándose al resultado dentro de un marco de control y en lo que representa otra forma de organizar la ejecución.
Lo expresado podría parecer una sutileza, pero no lo es. Ni la expectativa ni la inversión ni la forma de gobernar la solución serán las mismas. Porque es distinto automatizar una tarea que delegar una parte del proceso. Ocurre –y no es la primera vez que lo vemos en el ámbito tecnológico– que el mercado tiende a privilegiar antes la narrativa que la precisión, una circunstancia que explica por qué tantas empresas u organizaciones están viendo propuestas supuestamente agénticas que, bien analizadas, no pasan de ser asistentes bien diseñados o, a lo sumo, automatizaciones dotadas de algo más de flexibilidad. Nos situamos, pues, ante un riesgo no tanto filosófico como empresarial y, con el propósito de abordarlo de forma constructiva, nos valdremos de una clasificación que deberá ser útil para el cometido.
Pongamos que partimos de una base conformada por la automatización tradicional, con reglas fijas, proceso cerrado y poca o ninguna IA. La seguiría la automatización con IA, que combina un flujo predefinido con algunas acciones resueltas mediante una capacidad inteligente. Si ascendemos más en la jerarquía, llegaríamos al asistente: aunque contribuye al mejor trabajo de la persona, todavía no detenta el control del proceso. Ya en el vértice del presente esquema, se asienta el agente que, con un objetivo delimitado, decide, usa herramientas y ejecuta acciones dentro de un marco claro. Y una premisa fundamental de apoyo antes de continuar: no todo requiere del último escalón (tampoco todo lo que parece sofisticado merece estar en él), a pesar de los cantos del mercado.
Para hacer frente al ruido existente, quizá el enfoque adecuado sería especular menos sobre la existencia de IA en el proceso y poner el énfasis en quién rige en el mismo: ¿es la persona o es el sistema? Todavía más, pensando en una dirección empresarial, la cuestión fundamental radica en qué problema concreto va a resolverse mejor, con más celeridad o con menor coste. Por todo lo visto, más que abundar en las características de la capa técnica y centrarse en el modelo, la arquitectura y la memoria, entre otros elementos, consideramos que una empresa debería formularse preguntas incómodas antes de plantear un agente. Cuestiones como las que siguen: ¿El problema está realmente bien definido? ¿El sistema tendrá acceso al contexto y a las herramientas necesarias? ¿Hay un margen de decisión o todo está ya reglado? ¿Existe un marco claro de control, escalado y supervisión?
De no darse las respuestas, en el mejor de los casos dispondremos de una demo brillante que será al mismo tiempo una solución mediocre y, lo que es peor, sin ninguna incidencia positiva en la cuenta de resultados. Llegados a este punto, sería absurdo negar la mayor: la oportunidad es real, sin duda. Un agente puede aportar un valor diferencial, pero en ocasiones bastará con una buena automatización o con un asistente bien integrado en el trabajo diario que cuente con un objetivo concreto, límites claros y responsabilidad bien acotada. En definitiva, actitud crítica y honestidad frente a cantos de sirena y énfasis en comprender qué se está adoptando y para qué conforman la mejor receta para discernir qué tipo de capacidad necesita cada proceso de nuestra empresa u organización.
