Europa afrontará las próximas décadas uno de los retos estructurales más importantes de su historia reciente. Y no, no me refiero al fenómeno global del que todo el mundo habla —el impacto de la inteligencia artificial—, sino a la auténtica revolución del siglo XXI: la disrupción demográfica.
El envejecimiento de la población, la caída persistente de la natalidad y el incremento de la esperanza de vida se están traduciendo en una progresiva reducción de la población activa. Y, por lo tanto, en una dificultad mayor por parte de las empresas de cubrir determinados puestos de trabajo.
Según CaixaBank Research, actualmente en España trabajan 2,6 personas por cada jubilado. Dentro de 20 años, serán 1,6. Esto implica menos personas cotizando, una caída de los ingresos fiscales del Estado y un aumento del gasto en cobertura social.
Durante muchos años, el modelo de sociedad del bienestar se ha sustentado en la premisa de que cada generación sería más numerosa y productiva que la anterior, y la ruptura de esta fórmula nos aboca a una clara insostenibilidad del sistema.
Hay que favorecer una auténtica transformación tecnológica orientada a la automatización de procesos industriales
La inmigración puede contribuir parcialmente a compensar este desequilibrio, pero es evidente que no será suficiente por sí sola. El volumen necesario sería extraordinario y, además, habría que adaptar el país y sus infraestructuras para hacer frente a la llegada masiva de personas. Sin mencionar que, en términos demográficos, sería como chutar un balón hacia adelante y aplazar el problema.
Ante este escenario, nos tenemos que preguntar: ¿cómo haremos para generar la riqueza necesaria para mantener nuestro nivel de bienestar? Europa necesita producir mucha más riqueza con menos personas trabajando.
Y esto solo será posible si damos un gran salto en productividad y si reorientamos nuestra economía hacia una de más valor añadido. Las economías con salarios bajos y baja productividad tendrán cada vez más dificultades para financiar los amplios sistemas de protección social europeos. En este sentido, tenemos que felicitar a los autores del Informe Fénix por aportar concreción a un escenario sobre el cual hace tiempo que venimos alertando.
Robotización, inteligencia artificial y automatización
Durante años, la robotización y la inteligencia artificial se han presentado a menudo como una amenaza para el empleo. Todavía hoy. Sin embargo, a nuestro entender, el gran reto de las próximas décadas podría ser precisamente lo contrario: la falta de trabajadores suficientes para sostener la actividad económica y los servicios públicos.
Por lo tanto, la cuestión ya no será tanto sustituir personas por máquinas como gestionar un contexto en el que habrá cada vez menos personas disponibles para trabajar.
En este marco, la robotización y la IA se convierten en una necesidad económica y social.
Es necesario, pues, favorecer una auténtica transformación tecnológica orientada a la automatización de procesos industriales, la incorporación de la IA en la gestión empresarial y en la simplificación administrativa, la digitalización de los servicios, la modernización de la administración pública, y el uso de tecnologías como la robótica colaborativa en la industria y logística y el uso de sistemas autónomos o asistentes inteligentes. Hacer todo lo posible para permitir que menos trabajadores puedan producir más valor.
Los países que lideren esta transición estarán en mejor disposición para preservar su sociedad del bienestar.
El reto político y cultural
Es cierto que el avance tecnológico transformará profundamente el mercado laboral, y también que requerirá políticas activas de transición, orientación, formación y adaptación.
Pero el mayor riesgo para Europa no es solo el paro tecnológico, sino la posible decadencia productiva y el agotamiento del modelo de bienestar. Por eso, se necesita un replanteamiento estructural que active nuestra mejor capacidad de innovación colectiva y consensuada, adaptando nuestro sistema educativo, reformando la administración o generando un entorno favorable para el desarrollo tecnológico.
Al mismo tiempo, será imprescindible evitar que las ganancias de productividad se concentren solo en unas pocas empresas o sectores. Esto nos obligará a repensar los tradicionales mecanismos de distribución de la riqueza heredados de una sociedad industrial, en un contexto que avanza hacia una economía cada vez más robótica, digital y basada en la inteligencia artificial.
La robótica y la inteligencia artificial pueden dejar de ser únicamente instrumentos de competitividad empresarial para convertirse en una infraestructura esencial para la sostenibilidad económica y social.
