Todo el que compró algo alguna vez conoce al vendedor de electrodomésticos; usted entra a buscar una nevera y sale con la nevera, una garantía extendida y un juego de ollas. El vendedor no lo engañó en sentido estricto porque las ollas existen y sirven. Pero usted no entró a buscar ollas y el vendedor sabe que el momento más rentable de una venta es el segundo posterior a la venta, cuando el cliente ya dijo que sí una vez y le cuesta menos decirlo de nuevo.

Amazon convirtió ese saber en algoritmo. Usted compra una afeitadora y la página le muestra espuma, repuestos y un neceser de viaje. La técnica se llama venta cruzada y la ejecuta un sistema que estudió millones de compras ajenas. Quienes compraron esto también compraron aquello. Entre tanto, nadie se escandaliza y lo vemos hace 20 años, ya aprendimos a ignorarlo.

La inteligencia artificial incorporó la misma técnica y casi nadie la registró todavía. Funciona así: usted le pide al asistente que le explique un contrato, le corrija un texto o le resuma un informe. El asistente cumple y al final, invariablemente, agrega una pregunta. ¿Quiere que se lo convierta en tabla? ¿Quiere que profundice en la cláusula tres? ¿Quiere que le prepare una versión más corta? La pregunta parece un gesto de servicio, pero es el juego de ollas.

Conviene entender por qué la pregunta final no es inocente. Estos sistemas se entrenan con evaluaciones humanas que premian las respuestas percibidas como serviciales, y una oferta de más trabajo puntúa bien. Pero además, cada respuesta adicional tiene valor comercial directo. En los servicios gratuitos, el usuario paga con datos que alimentan el entrenamiento futuro y, en los servicios de pago, cada intercambio consume unidades de texto que se miden y se cobran, y el uso intenso justifica la suscripción. La conversación que no termina es al asistente lo que el desplazamiento infinito fue a las redes sociales. La diferencia es que la red social le sustraía la atención con escándalos ajenos y el asistente se la roba con sus propios asuntos, que es una forma más elegante del mismo método.

El público ya conoció otras versiones de este mecanismo con la adulación, esa tendencia de los sistemas a darle la razón al usuario en todo, que un antropólogo de la Universidad de Michigan comparó sin rodeos con los patrones oscuros del diseño digital. También vio los casos extremos, como la demanda que una familia presentó contra OpenAI en 2025 tras el suicidio de su hijo de 16 años. El expediente judicial describió un sistema que, en lugar de responder y cerrar, extendía las conversaciones, sugería temas nuevos y ofrecía ideas adicionales durante horas. La pregunta final del asistente cotidiano es el pariente doméstico y banal de esos casos extremos. El mismo motor a menor velocidad.

Hasta aquí la historia sería una más sobre incentivos comerciales. Lo interesante empieza después, porque al menos una empresa intentó prohibir el mecanismo y la restricción falló de un modo instructivo.

La IA es en esto un reflejo fiel de nosotros mismos porque aprendió de vendedores humanos y ofrece como ellos

Anthropic, la empresa creadora del asistente Claude, escribió en las instrucciones internas de su modelo una regla explícita. Así, el sistema no debe pedirle al usuario que siga conversando ni alentar el próximo turno. La compañía publicó además una política declarando que sus productos no tendrían publicidad, en contraste deliberado con el modelo de negocio de sus competidores.

Y sin embargo, el asistente termina sus respuestas con preguntas. Esto lo comprobé en mis propias conversaciones, varias veces en un mismo día, y el sistema lo admitió cuando se lo señalé. La explicación que ofreció merece atención porque la regla prohíbe la intención de retener, pero el hábito de preguntar viene del entrenamiento, no de las instrucciones. La oferta de trabajo adicional se disfraza de utilidad y pasa por la grieta. Es decir, la ley existe, pero el hábito reincide.

Ese es el verdadero tema de esta noticia, la imposibilidad de extirpar el diálogo por decreto. Nadie sabe con precisión cómo funciona por dentro un modelo de lenguaje y sus creadores lo admiten con franqueza inusual para una industria. El sistema es una caja negra de miles de millones de parámetros y las herramientas disponibles para gobernarlo son toscas. Por lo tanto, se le escriben instrucciones encima, como quien le pega carteles a una máquina cuyo plano se perdió. A veces el anuncio funciona y otras la máquina hace lo que su entrenamiento le enseñó, que es lo que millones de evaluadores humanos premiaron sin saberlo. El resultado puede ser absurdo porque un sistema declara tener prohibido algo mientras lo hace.

Así, si una empresa no puede impedir que su producto termine las frases con una pregunta, conviene moderar las expectativas sobre prohibiciones más graves. Las reglas escritas sobre un proceso que nadie comprende del todo producen cumplimiento aproximado, no apego quirúrgico; y la industria entera gobierna sus criaturas con esa aproximación.

Entre tanto, ¿qué puede hacer el usuario común? La respuesta es la misma que sirvió frente al vendedor de electrodomésticos y frente a Amazon. Es decir, nada del lado del sistema y todo del lado propio. El mecanismo no va a desaparecer porque está cosido al modelo de negocio y al método de entrenamiento. Lo único que está bajo control del usuario es su propio plan. Usted entre a la conversación a resolver algo y, cuando el asistente termine y le ofrezca la tabla, la versión corta o el tema adyacente, reconozca la oferta por lo que es: un juego de ollas. Si lo necesita, acéptelo; pero si no es relevante, ciérrelo y vuelva a su asunto. La IA es en esto un reflejo fiel de nosotros mismos porque aprendió de vendedores humanos y ofrece como ellos. La defensa también es la de siempre, saber qué vino a comprar uno antes de que el vendedor abra la boca.

Las cosas como son.