Hace unos días me encontré con un viejo conocido llamado Ramón. Y entendí, bastante rápido, que se había convertido en uno de esos escépticos de la inteligencia artificial. No exactamente un enemigo de la IA, pero sí alguien empeñado en restar importancia al fenómeno, como si todo esto fuera una moda exagerada, una ilusión colectiva o una exageración de consultores con PowerPoint.
En un momento de la conversación me dijo:
—Al final, las respuestas de la inteligencia artificial no son más que una cuestión de probabilidades.
Lo dijo como quien acaba de desmontar el truco de un mago. Como si hubiera descubierto que detrás de la inteligencia artificial no hay pensamiento, sino cálculo. Como si eso bastara para cerrar el debate. Me quedé atónito. No porque la frase fuera falsa. En buena parte, es cierta. Los grandes modelos de lenguaje funcionan calculando probabilidades: dado un contexto, estiman qué palabra, fragmento de palabra o signo tiene más sentido que aparezca después. Pero me sorprendió que alguien creyera que esa explicación rebaja el fenómeno. Porque, bien mirado, ¿acaso nosotros no hacemos algo parecido?
Los humanos también vivimos interpretando indicios. Asociamos conceptos. Reconocemos patrones. Anticipamos consecuencias. Emitimos juicios con información incompleta. Decidimos sin certeza absoluta. Cuando confiamos en alguien, cuando diagnosticamos un problema, cuando intuimos una oportunidad o cuando escribimos una frase, no poseemos toda la verdad: trabajamos con señales. La inteligencia humana no vive solo de certezas. Vive de inferencias.
A veces razonamos de forma deductiva: si las premisas son verdaderas, la conclusión se impone. Otras veces razonamos de forma inductiva: observamos casos particulares y extraemos una regla general. Y muchas veces, quizá las más interesantes, razonamos de forma abductiva: a partir de pistas incompletas, buscamos la mejor explicación posible. Es el razonamiento del médico, del detective, del científico, del emprendedor, del periodista y del diseñador. No parte de la evidencia total, sino del rastro. No demuestra desde el principio: propone, interpreta, arriesga.
Por eso, decir que la IA “funciona con probabilidades” no debería servir para despreciarla. Debería servir para entender mejor qué significa pensar. Y entonces, quizá por una asociación demasiado fácil pero demasiado tentadora, el Ramon de mi conversación me llevó a otro Ramon mucho más decisivo: Ramon Llull. El primero quería reducir la inteligencia artificial a un cálculo de probabilidades. El segundo, hace más de siete siglos, ya había imaginado algo mucho más ambicioso: una arquitectura para ordenar el pensamiento.
Para entenderlo, hay que situarlo en su mundo. Ramon Llull nace en Mallorca en el siglo XIII, en una isla que no era una periferia dormida, sino una frontera viva del Mediterráneo. Un lugar de paso, de comercio, de lenguas mezcladas, de memorias superpuestas. Una tierra cristiana recién incorporada a la Corona de Aragón, pero todavía atravesada por la cultura islámica, el árabe, la herencia judía, el latín de la Iglesia y el catalán, que se afirmaba como lengua de creación y pensamiento. Mallorca no era solo un paisaje hermoso. Era un cruce de mundos.
Y de ese territorio fronterizo surgieron Llull y una de las grandes obras intelectuales de la Edad Media: el Ars Magna. La Stanford Encyclopedia of Philosophy presenta a Ramon Llull como una figura destacada de la filosofía medieval y reconoce su Ars Magna como un sistema lógico combinatorio concebido para descubrir la verdad y utilizado como instrumento de diálogo intelectual. Stanford, en sus notas sobre filosofía computacional, recuerda, además, que Leibniz se inspiró, en parte, en el Ars Magna de Llull como herramienta combinatoria de argumentación y análisis.
En efecto, su Ars Magna era una especie de máquina de pensar hecha con letras, figuras, principios y combinaciones. No era una máquina electrónica, claro. Era una máquina conceptual. Pero contenía una intuición decisiva: el conocimiento puede representarse simbólicamente y operar mediante combinaciones. Llull no inventó la inteligencia artificial. Decirlo así sería una exageración. Pero sí imaginó algo que hoy nos resulta sorprendentemente familiar: representar conceptos, combinarlos según reglas y producir nuevos argumentos. Es decir, convertir parte del razonamiento en un sistema operativo del pensamiento.
Llull quiso hacer visible el mecanismo del pensamiento. Y ahí está el puente: Llull, la IA y el viejo sueño de pensar mejor. Llull no construyó ordenadores. Pero anticipó una imaginación computacional: la idea de que pensar puede ser, en parte, combinar símbolos de manera ordenada.
Esa línea atraviesa siglos. Pasa por Leibniz, por la lógica formal, por la computación, por la inteligencia artificial simbólica y llega, transformada, hasta los modelos generativos actuales. De hecho, la conexión entre Llull y la inteligencia artificial no es una fantasía personal. Existe literatura académica que la trata explícitamente: el libro Ramon Llull: From the Ars Magna to Artificial Intelligence, publicado por el Artificial Intelligence Research Institute del CSIC, aborda de forma directa esta relación. También hay trabajos recientes que recuperan el Ars combinatoria de Llull como inspiración para sistemas actuales de ideación asistida por LLM.
Naturalmente, un LLM no funciona como las ruedas de Llull. No gira discos de papel ni combina atributos teológicos. Un modelo de lenguaje actual se entrena con enormes cantidades de texto y aprende patrones estadísticos mediante redes neuronales profundas. Su tarea básica consiste en predecir, en cada contexto, cuál es la continuación más probable.
Pero reducirlo a “solo probabilidad” es tan pobre como decir que una sinfonía es “solo aire vibrando” o que un cuadro es “solo pigmento sobre tela”. La descripción técnica puede ser cierta y, al mismo tiempo, insuficiente para comprender la magnitud cultural del fenómeno. La probabilidad no es lo contrario del conocimiento. Muchas veces es su forma más honesta.
La medicina trabaja con probabilidades. La economía trabaja con probabilidades. La meteorología trabaja con probabilidades. La inversión, la política, la educación y el emprendimiento se basan en probabilidades. Vivimos tomando decisiones bajo incertidumbre. Pensamos sin verlo todo. Actuamos sin garantías.
La IA no sustituye el juicio humano, pero puede ampliarlo. No posee conciencia, biografía ni responsabilidad moral. Pero puede ayudarnos a explorar posibilidades, formular hipótesis, contrastar ideas, sintetizar información, escribir mejor, programar, diseñar y aprender. Por eso Ramon Llull es tan actual. Porque nos recuerda que el sueño de aumentar la inteligencia humana no nació en Silicon Valley. Viene de lejos. Viene de la filosofía, de la lógica, del diálogo entre culturas, del esfuerzo por ordenar el mundo y hacerlo pensable.
Llull quiso construir una herramienta para razonar mejor. Hoy construimos herramientas para pensar con datos, lenguaje y modelos generativos. La distancia histórica es inmensa, pero la pregunta de fondo sigue viva: ¿podemos diseñar sistemas que nos ayuden a pensar mejor sin renunciar a lo más humano del pensamiento? Aquel Ramon escéptico quería rebajar la IA diciendo que todo era probabilidad. Y a mí me llevó hasta el otro Ramon: el que entendió que pensar también consiste en ordenar combinaciones, recorrer posibilidades y buscar sentido entre signos.
Sí: la IA funciona con probabilidades. Pero nosotros también vivimos entre probabilidades. Amamos, decidimos, investigamos, emprendemos y educamos sin certezas absolutas. Interpretamos signos. Formulamos hipótesis. Construimos sentido. Todo es probabilidad, sí. Bienvenidos al mundo real.
