Recientemente, el Vaticano ha publicado Magnifica Humanitas, la primera encíclica de León XIV, que fija la posición de la doctrina social de la Iglesia ante la inteligencia artificial. La fecha de la firma, sin embargo, no es casual: el 15 de mayo hacían 135 años de Rerum Novarum, el documento con el que León XIII abordó los derechos y deberes del capital y de los trabajadores. Si aquel texto contribuyó a ordenar una sociedad industrial, este se dirige al capitalismo de los algoritmos.

Ahora el motor del cambio ya no es público

La diferencia de contextos es importante. Si bien a finales del siglo XIX los principales interlocutores eran institucionales y sociales, los diálogos que se necesitan ahora deben ir más allá. La encíclica lo dice sin matices en el párrafo quinto: "En el pasado, eran principalmente los estados los que impulsaban y orientaban la innovación. Hoy, en cambio, los principales motores del desarrollo son actores privados, a menudo transnacionales, dotados de recursos y capacidad de acción superiores a los de muchos gobiernos".

Es una constatación breve, pero desplaza al destinatario de manera clara. Si quien mueve esta transformación es, en buena parte, la empresa privada, parece ineludible que también tenga una parte relevante de responsabilidad. León XIV no habla de la IA como de una preocupación que pueda afectar solo a los reguladores y los técnicos, sino que interpela, también, a educadores, trabajadores y empresarios. Así, los directivos no somos espectadores del marco que llega: somos corresponsables.

Y corresponsabilidad, en este contexto, quiere decir ir más allá de adaptarnos a lo que nos vendrá dado. Quiere decir reconocer que parte de aquello que vendrá se configura, ahora, en las decisiones empresariales. Un número creciente de empresas ya lo ha entendido y empieza a transitar los primeros marcos propios de uso responsable de la IA. Más allá de ser una respuesta concreta, pienso que son los fundamentos sobre los cuales se construirá el futuro.

Babel o Jerusalén

La encíclica recurre a dos imágenes bíblicas. Babel: una torre que se construye con una sola lengua, una sola tecnología, una sola dirección, persiguiendo la eficiencia máxima. Y Jerusalén: una ciudad que se reconstruye poco a poco, por fragmentos, con lo que Nehemías llama "a cada uno su tramo de muralla": responsabilidad distribuida y plural.

Leído con mirada empresarial, este contraste nos puede evocar aproximaciones muy diferentes. Toda empresa que hoy despliega IA puede estar eligiendo, aunque no sea consciente, entre construir Babel o reconstruir Jerusalén. Babel, como representación de la optimización a cualquier coste y el desplazamiento del juicio humano. Jerusalén, como representación de la comunidad, donde cada parte de la organización asume la responsabilidad sobre su fragmento con criterio y con la persona en el centro, incluso cuando esto significa ir más despacio.

 

De la imagen a la práctica

Si la imagen de Jerusalén resulta atractiva, la pregunta se vuelve entonces concreta: ¿qué contiene exactamente el tramo de muralla de un directivo ante la IA? Apunto tres elementos, aunque seguro que hay más. El primero es la gobernanza desde el primer día, no cuando llegue el primer problema. La encíclica dedica un apartado completo a la responsabilidad: cómo se pueden controlar y cuestionar las decisiones de los modelos, quién rinde cuentas de estas, y cómo se pueden reparar los daños que se puedan derivar. Cuando la IA pasa de asistir a ejecutar, dejar estas preguntas para después es, simplemente, una opción imprudente, incluso irresponsable.

El segundo es reconocer que elegir tecnología tiene que ver con los valores. León XIV lo expresa con precisión: toda tecnología tiene implícitas decisiones y prioridades, con implicaciones en lo que mide, lo que ignora y lo que optimiza. La elección de tecnología, pues, no es neutra: cada modelo que incorporamos a nuestra empresa lleva en sí una visión de lo que es relevante y de lo que se descarta. La elección ya no es solo funcional, sino que tiene implicaciones morales.

El tercero es cuidar a las personas, no solo los procesos que transformamos. La IA puede hacer más productiva una organización y, a la vez, dejarla más frágil si olvidamos que el cambio tecnológico es siempre un cambio humano. En este sentido, la encíclica recuerda la importancia de la dignidad del trabajo y la capacidad de cuidarse los unos a los otros como dimensión esencial de nuestra humanidad.

 

 

Una responsabilidad que no podemos delegar

Seguro que Magnifica Humanitas será leído como un texto de inspiración religiosa, ética y moral. Más allá de eso, pienso que lo que esta encíclica añade al debate empresarial sobre IA no es solo un mensaje espiritual, sino también una constatación y una asignación explícita de responsabilidad al poder económico.

Parte de esta responsabilidad, sin embargo, es menos evidente de lo que parece. León XIV recuerda que pedir prudencia, controles rigurosos y, cuando sea necesario, una cierta ralentización no es estar en contra del progreso. Es, más bien, reconocer que existe un desequilibrio entre la velocidad con la que avanzan las tecnologías y el ritmo con el que maduran las normas, las instituciones y las conciencias que deben gobernarlas.

Y justamente es esta lectura la que invierte una intuición habitual. La presión de mercado nos hace identificar el liderazgo con la velocidad. Quien no corre, pierde. Pero aquí la encíclica sugiere lo contrario: en ciertos momentos, quien mantiene el ritmo justo protege más valor del que captura quien corre. No es resistencia al cambio; es discernimiento sobre el ritmo.

Ante esto, la pregunta se vuelve inevitable: ¿cuál es nuestro tramo de muralla? ¿Lo estamos construyendo?