Los magnates tecnológicos Elon Musk y Sam Altman están a punto de cruzarse en uno de los juicios con más impacto internacional de los últimos años. La vista oral comenzará este lunes en el tribunal federal de Oakland, una ciudad situada a escasos kilómetros de San Francisco, con la fase de selección del jurado. A partir de aquel momento, se abrirá un proceso que los expertos ya describen como el juicio del siglo en el ámbito tecnológico.
La disputa judicial se centra en las circunstancias que rodearon el nacimiento de OpenAI en el año 2015. Aquel año, un grupo de emprendedores encabezados por Sam Altman fundó la compañía que más tarde crearía ChatGPT con una estructura inicial de una empresa emergente sin ánimo de lucro. En aquella primera etapa, la principal fuente de financiación fue el propio Elon Musk, que inyectó cerca de 38 millones de dólares entre diciembre de 2015 y mayo de 2017.
Con el paso del tiempo, sin embargo, OpenAI abandonó su modelo fundacional y se transformó en una empresa que hoy en día está valorada en la astronómica cifra de 852.000 millones de dólares. La demanda, presentada por el director ejecutivo de SpaceX en agosto de 2024, sostiene que Altman, actual consejero delegado de OpenAI, y su hombre de confianza, Greg Brockman, traicionaron la misión original de la empresa.
Según la versión de Musk, la tecnología de inteligencia artificial se tenía que desarrollar de manera altruista, sin ánimo de lucro, y poniendo la seguridad y el beneficio colectivo por encima de cualquier otra consideración. En cambio, la demanda alega que, a sus espaldas, Altman y Brockman se dedicaron a buscar beneficios económicos, desviándose así de los principios fundacionales que habían suscrito. El juicio será con un jurado popular bajo la supervisión de la jueza de distrito norteamericana Yvonne Gonzalez Rogers, que tendrá que decidir si hay suficientes elementos para considerar que se produjo un incumplimiento contractual.
Un equilibrio de poder en juego
El resultado de esta batalla legal podría alterar de manera sustancial el equilibrio de poder en el sector de la inteligencia artificial, una tecnología que ya es considerada revolucionaria, pero que a la vez genera temores crecientes. Entre estos miedos se encuentra la posible destrucción masiva de puestos de trabajo y, en los escenarios más apocalípticos, una amenaza existencial para la supervivencia de la propia humanidad. Controlar el rumbo de OpenAI equivale, en cierta manera, a controlar el futuro de esta tecnología. Por ello, el juicio ha despertado el interés no solo del mundo tecnológico, sino también de reguladores, inversores y gobiernos de todo el planeta.
Musk ha reclamado una indemnización que asciende a los 134.000 millones de dólares en concepto de daños y perjuicios, una cifra que refleja tanto la inversión inicial como el valor actual de la compañía que, bajo su criterio, le habría sido sustraída mediante un cambio de estrategia no consensuado. No obstante, fuentes cercanas al procedimiento señalan que la cuantía final probablemente será mucho menor. Esta reducción se debe a una serie de errores previos al juicio que han perjudicado al fundador de Tesla y SpaceX.
En concreto, la magistrada ha ido limitando algunas de las pretensiones más ambiciosas de la demanda, dejando claro que no todas las pruebas aportadas por el equipo legal de Musk tienen la solidez necesaria. Más allá de la compensación económica, la demanda del magnate también persigue un objetivo personal y corporativo de gran importancia: la destitución de Sam Altman del consejo de administración de OpenAI.
Musk considera que Altman ha perdido toda credibilidad para seguir liderando una empresa que, según su opinión, ha traicionado sus orígenes. Si el tribunal diera la razón a Musk en este extremo, OpenAI debería reestructurar su órgano de gobierno y buscar un nuevo líder, lo que abriría un período de incertidumbre en una de las compañías más influyentes del mundo.
Riesgos también para Musk
El juicio, sin embargo, no está exento de riesgos para el propio Elon Musk. El mes pasado, otro jurado lo declaró culpable de haber defraudado a los inversores durante la adquisición de Twitter, la red social que posteriormente renombró como X, en una operación valorada en 44.000 millones de dólares en el año 2022. Cualquier detalle negativo que aflore durante el juicio sobre sus tácticas empresariales podría resultar especialmente perjudicial en este momento, ya que su empresa de fabricación de cohetes, SpaceX, tiene previsto salir a bolsa este verano mediante una oferta pública inicial. Un escándalo adicional podría enfriar el interés de los inversores o afectar la valoración de la compañía.
Sea cual sea el desenlace final, los analistas judiciales coinciden en que el juicio ofrecerá un espectáculo apasionante. Está previsto que declaren como testigos directos los dos principales implicados, lo cual permitirá escuchar versiones contrapuestas de altísimo interés. Los testimonios enfrentados de Altman y Musk prometen arrojar luz sobre algunas de las ideas que impulsaron la carrera por la inteligencia artificial, así como sobre el deterioro de una amistad que, en sus inicios, parecía sólida.
Precisamente aquella amistad se forjó en el año 2015, cuando ambos coincidieron en la necesidad de desarrollar la inteligencia artificial de una manera más responsable y segura que la que entonces proponían los gigantes tecnológicos con ánimo de lucro. Entre los rivales que Musk y Altman tenían en el punto de mira estaban los cofundadores de Google, Larry Page y Sergey Brin, así como el fundador de Facebook, Mark Zuckerberg.
Las alegaciones presentadas antes del juicio indican que tanto Musk como Altman compartían la visión de que la IA no debía quedar controlada por unos pocos grandes grupos empresariales, sino que debía desarrollarse con garantías éticas y de manera abierta. Ahora, diez años después, aquel sueño compartido se ha convertido en el campo de batalla de un juicio que marcará un antes y un después en la industria tecnológica.
