Desde hace tiempo sostengo una tesis que parecía radical, pero que hoy se revela como la única salida lógica al conflicto geopolítico más importante del siglo, Estados Unidos no debe vender la tecnología del futuro, sino que debe alquilarla. La idea es simple, quien controla la infraestructura, controla el mundo. Imaginemos un gran caño de agua en un desierto. Si vendes el agua en botellas, pierdes el control de quién se la bebe o si se la revenden a tu enemigo.

Pero si eres el dueño del grifo y solo permites que la gente venga a beber bajo tu vigilancia, tienes el poder absoluto. Hoy, expertos en seguridad y fundaciones influyentes como AI Frontiers sugieren lo que anticipé: el modelo de Cloud Rental o Alquiler en la Nube, como la única estrategia viable. Se acabó la venta indiscriminada, empieza la era del control total. Para entender por qué China está contra las cuerdas y por qué países como Malasia están en la mira, hay que explicar cómo funciona realmente este juego, pieza por pieza.

El error de vender la “soga”

Hasta hoy, la estrategia era vender los chips, los cerebros electrónicos necesarios para la inteligencia artificial (IA), a casi cualquiera. Empresas como Nvidia venden procesadores, y estos son los motores que descifran códigos militares, crean armas biológicas o controlan enjambres de drones. El problema, como reconocen ahora los reportes, es que una vez que el chip sale de Estados Unidos, se pierde el control con el contrabando y el mercado negro.

El documento de AI Frontiers confirma que decenas de miles de estos chips fueron contrabandeados a China en el último año. La solución que ahora gana fuerza es el Cloud Rental. En lugar de enviar los chips en cajas a otros países, estos se quedan físicamente en territorio estadounidense, o en el de aliados de hierro. El cliente extranjero solo accede a su “inteligencia” a través de internet. Es la diferencia entre venderle un misil a alguien o alquilarle el servicio de seguridad. Si el cliente se porta mal o emplea la IA para atacar a Occidente, Estados Unidos cierra el grifo. Se corta la conexión. Fin del problema.

China en la “Antártida” tecnológica

Se habla mucho del avance chino, pero hay que desmitificar la realidad. China sobrevive en la "Antártida": un entorno hostil donde no crece nada y la supervivencia depende de suministros externos. Para fabricar un chip avanzado, se necesitan unas máquinas complejas llamadas máquinas de litografía. Estas son específicamente las de luz ultravioleta o DUV y solamente una empresa en el mundo las hace bien, es ASML, en Holanda, un aliado estadounidense. Sin estas máquinas, no hay chips. Y lo que es más grave, estas máquinas son como autos de Fórmula 1, ya que necesitan mantenimiento constante y repuestos mensuales. Si Estados Unidos y Holanda cortan el servicio de mantenimiento, las fábricas chinas se convierten en chatarra millonaria.

Se menciona a menudo a Huawei como el salvador de China. Sin embargo, sus chips, llamados Ascend, son tecnológicamente inferiores y su producción es insuficiente. Incluso según sus propios planes optimistas, están años por detrás de lo que Estados Unidos tiene hoy. Y en tecnología, tres años es una eternidad, es la diferencia entre un mosquete y una ametralladora. Es cierto que China tiene buen software y tiene un modelo de inteligencia artificial llamado Qwen que es bastante capaz. Pero el software sin hardware es como tener un piloto de carreras sin auto. No sirve de nada.

El agujero negro de Malasia y la mano dura

Si el bloqueo es tan efectivo, ¿por qué avanza China? Por los intermediarios. Países como Malasia se convirtieron en centros de “lavado” de tecnología. Las empresas chinas instalan sus servidores allí para acceder a los chips estadounidenses que no pueden tocar en su propio suelo. Esto representa un peligro de seguridad inaceptable. Malasia, con su historial de extremismo y tensiones étnicas, no es un lugar seguro para la tecnología que definirá el poder militar del futuro. Entre tanto, bajo el nuevo modelo de control, esto se termina.

La solución es binaria, con la geolocalización y bloqueo. Los nuevos chips vendrán con sistemas que informan dónde están. Si un chip aparece en una zona no autorizada, se desactiva. Si un país permite el contrabando o facilita el acceso a China, se le corta el acceso al sistema financiero y tecnológico global, con sanciones totales. Queda sin IA, sin repuestos para su industria petrolera y fuera de un sistema bancario moderno. La elección es simple: o se está dentro del círculo de confianza, o se vuelve a la edad de piedra digital.

El ultimátum: inspectores o nada

El futuro, por tanto, no es de libre mercado, sino de lealtad estratégica. Estados Unidos implementará un sistema similar al control nuclear. ¿Quieres acceso a la Inteligencia Artificial para tu economía? Perfecto, pero tendrás inspectores internacionales en tus centros de datos revisando que no compartas esa potencia con China. A países aliados férreos como Israel, Reino Unido o Japón se les puede dar cierto margen. Al resto, países como India o Brasil, se les ofrecerá un acceso vía “grifo” o nube, bajo estricta supervisión. Si lo rechazan por orgullo nacional, se encontrarán solos, sin capacidad de procesar datos, sin industria competitiva y dependiendo de la tecnología china que, como vimos, es obsoleta y frágil.

El jaque mate

La narrativa de que China es imparable es falsa. China depende de que Estados Unidos siga cometiendo el error de venderle la soga con la que quiere ahorcarnos. En el momento en que Washington cierre las exportaciones físicas y pase al modelo de alquiler y control estricto, el reloj de arena de China se rompe. Sin las máquinas de ASML, sin acceso a los chips de Nvidia y aislados por una red de sanciones a sus intermediarios, la “Antártida” tecnológica se volverá inhabitable. Solo falta la voluntad política para cerrar el grifo a los enemigos y dejar que la gravedad haga el resto.

Las cosas como son