En un contexto geopolítico inestable, la Comisión Europea ha trazado una línea clara para el futuro energético del continente. Esta ha quedado plasmada en las declaraciones del comisario europeo de Energía y Vivienda, Dan Jørgensen, durante su intervención en la tercera edición de la Cumbre del Mar del Norte, celebrada en Hamburgo.
Su exposición ha ido más allá de la gestión de las urgencias inmediatas para diseñar un horizonte estratégico donde la soberanía energética se construye, paradójicamente, sobre la base de la independencia de los próximos combustibles.
El punto de partida es la reciente y profunda herida abierta por la guerra en Ucrania. Jørgensen ha recordado con datos el grado de vulnerabilidad que vivía la Unión: antes de la invasión de febrero de 2022, un 45% de la energía consumida en el bloque procedía de Rusia. Hoy, esta cifra se ha desvanecido hasta un 13%, en una reducción que califica de "esfuerzo histórico".
El camino, sin embargo, no acaba aquí. El objetivo es llegar a un cero absoluto de importaciones rusas en un plazo corto. El mensaje dirigido al Kremlin, según el comisario, es inequívoco y de carácter moral: la Unión Europea no se dejará chantajear y pondrá fin a la financiación indirecta de un conflicto bélico a través de sus pagos por combustibles.
Sin embargo, en este proceso de huida rápida de una dependencia peligrosa, surge un nuevo reto, lleno de sutilezas. El aumento exponencial de las importaciones de gas natural licuado (GNL) norteamericano, necesaria como puente para garantizar el suministro, ha situado a Estados Unidos como el segundo proveedor del continente.
La respuesta de Jørgensen fue categórica y describe el núcleo de la nueva filosofía energética comunitaria. "Somos conscientes de que no queremos reemplazar una dependencia por otra", afirmó. La meta a medio plazo no es cambiar de proveedor, sino cambiar de fuente.
La verdadera independencia, insiste, no radica en la diversificación geográfica del gas, sino en la transición gradual pero irrevocable hacia las energías renovables. En este sentido, el GNL norteamericano es visto como un recurso temporal e indispensable, una herramienta para ganar tiempo mientras se construye la arquitectura energética definitiva.
Para levantar esta arquitectura, el comisario ha puesto el acento en dos pilares fundamentales. El primero es la necesidad de actuar con una voz única y un plan coordinado. El potencial del mar del Norte, que Jørgensen ha tildado de "enorme" y aún infrautilizado, solo podrá explotarse plenamente mediante una cooperación estrecha entre los estados miembros, especialmente en el ámbito de la eólica marina y otras tecnologías limpias. Esta coordinación no es solo una cuestión de eficiencia, sino de supervivencia económica en un mercado global competitivo.
El segundo pilar es precisamente esta dualidad económica: la búsqueda de una energía que sea, a la vez, fiable y asequible. La transición energética no puede ser un lastre para la industria ni para los hogares europeos.
En su comparecencia, acompañado por la ministra de Economía alemana, Katherina Reiche, y el secretario de Estado de Seguridad Energética del Reino Unido, Ed Miliband, Jørgensen envió una señal tranquilizadora a los mercados y a los ciudadanos: la seguridad del suministro está garantizada a corto plazo, y el camino hacia las renovables se recorrerá con el criterio de la competitividad.
En definitiva, las palabras del comisario Jørgensen en Hamburgo dibujan una hoja de ruta compleja y ambiciosa. La Unión Europea, tras rechazar con determinación el chantaje energético, se enfrenta ahora al delicado equilibrio de gestionar las necesidades inmediatas sin perder de vista el objetivo último.
Se trata de una apuesta por convertir la vulnerabilidad en virtud, y la necesidad en oportunidad. La independencia energética ya no se visualiza como la búsqueda de un nuevo proveedor dominante, sino como la capacidad para generar, dentro de las mismas fronteras y con los recursos del propio entorno, la energía que alimenta el futuro.
