En un paso decisivo, tras décadas de negociaciones, los líderes de la Unión Europea han aprobado formalmente la firma del acuerdo de libre comercio con el Mercosur. La decisión, adoptada por mayoría cualificada, abre la puerta a una de las zonas de intercambio económico más grandes del mundo, superando las reticencias de algunos Estados miembros y del sector primario, ya que los agricultores de muchos países, entre ellos los de Catalunya y España, se han movilizado en contra.

El visto bueno definitivo, que ha contado con el apoyo de España, se ha producido este viernes en una reunión de embajadores en Bruselas, y se formalizará en las próximas horas mediante procedimiento escrito. La aprobación llega después de que el bloque comunitario ratificara, en la misma sesión, el paquete de salvaguardias pactado el pasado diciembre. Estas medidas tienen como objetivo proteger el sector agroalimentario europeo de posibles desequilibrios comerciales.

A pesar del impulso mayoritario, el acuerdo no ha estado exento de controversia. Países como Francia y Hungría han manifestado su rechazo oponiéndose a la decisión final. Sin embargo, el apoyo del resto de las capitales ha permitido superar este escollo político.

Refuerzo de la competitividad

El acuerdo, que une a la UE con Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay, está diseñado para eliminar aranceles, armonizar normativas e impulsar el intercambio de bienes, servicios e inversiones entre dos de los principales bloques económicos del planeta. Los defensores del acuerdo señalan que reforzará la competitividad y el acceso a nuevos mercados, mientras que los críticos alertan sobre los riesgos medioambientales y la competencia desleal para los agricultores europeos.

Ahora, el texto pasa a la siguiente fase, que incluye la firma formal y la posterior ratificación por parte de cada Estado miembro y de los parlamentos nacionales del Mercosur, un proceso que podría alargarse aún meses.

Un elemento clave para lograr este apoyo mayoritario ha sido la aprobación previa, en la misma sesión, de un paquete de salvaguardas. Estas medidas, pactadas en diciembre pasado, constituyen el esqueleto de protección que demandaban los Estados miembros con más recelo.

Cláusulas de protección

Se trata de unas cláusulas diseñadas para proteger al sector agroalimentario europeo ante un posible exceso de importaciones y, sobre todo, para vincular el acceso al mercado europeo al compromiso irrenunciable de los países del Mercosur en la lucha contra la deforestación y el cumplimiento del Acuerdo de París.

La división refleja una fractura más amplia dentro de la Unión. Por un lado, un bloque con fuertes intereses agrícolas y una visión más proteccionista, liderado por Francia, que ve el acuerdo como una amenaza existencial para sus agricultores y una contradicción con el Pacto Verde Europeo.

Por otro, un bloque librecambista, con España y Alemania al frente, que lo ve como una oportunidad estratégica y económica irrepetible. Para Madrid y Lisboa, hay además un vínculo histórico y cultural con la región. Para Berlín, se trata de abrir un mercado inmenso para su industria de alta gama.

Ahora, el proceso entra en una fase compleja y previsiblemente larga. Después de la formalización escrita del visto bueno, que se producirá en las próximas horas, hará falta la firma conjunta entre todos los gobiernos implicados.

La verdadera prueba de fuego, sin embargo, será la ratificación parlamentaria. El acuerdo deberá ser aprobado no solo por el Parlamento Europeo, sino también por los veintisiete parlamentos nacionales de la UE y por los cuatro del Mercosur. Este requisito de unanimidad es el escollo más peligroso, ya que un único rechazo, como el que podría surgir de asambleas como la francesa o la neerlandesa, podría dañar todo el edificio construido.

En definitiva, la UE ha hecho su jugada. Ha decidido dar prioridad a la apertura estratégica hacia el sur, pero lo ha hecho con una clara condicionalidad.

El acuerdo con el Mercosur se convierte así en una prueba a escala global: un experimento para demostrar si el libre comercio del siglo XXI puede ser, realmente, un instrumento eficaz para promover no solo el intercambio de bienes, sino también la transformación ecológica y la cooperación política. El reto, inmenso, solo acaba de comenzar.