El consenso es ahora claro y sonoro. Cuatro años después de una predicción que entonces parecía audaz, Fatih Birol, director ejecutivo de la Agencia Internacional de la Energía (AIE), ha proclamado sin ambigüedades este martes desde París: la industria nuclear civil ha vuelto con fuerza y está ingresando en su verdadera «edad dorada». La declaración, hecha durante la inauguración del Salón Nuclear Mundial (WNE), actúa como el punto final a décadas de debate y estancamiento, y el lanzamiento oficial de una nueva era para el átomo.
"Hace cuatro años me atreví a decir que la energía nuclear volvería, y os puedo asegurar que ahora ha vuelto. Hay mercado, hay demanda, hay tecnología. Estamos entrando en la edad de oro de la energía nuclear gracias a todos vosotros", ha afirmado Birol ante miles de profesionales del sector, señalando una conjunción única de factores que han cambiado el paradigma energético global. Este renacimiento no se puede entender sin mirar atrás. El accidente de Fukushima (Japón) supuso un punto de inflexión traumático para la industria, conduciendo a la moratoria nuclear de países como Alemania y alimentando una corriente de escepticismo y aversión ciudadana y política. Sin embargo, la urgencia climática y la necesidad de asegurar un suministro energético libre de emisiones y de la volatilidad geopolítica de los combustibles fósiles han vuelto a poner el foco en el núcleo.
El cambio de narrativa cristalizó en 2022, cuando la Unión Europea, tras un intenso y polémico debate, incluyó la energía nuclear dentro de su taxonomía verde, reconociéndola oficialmente como una fuente clave para la transición ecológica. Este sello abrió las puertas a inversiones sostenibles y marcó un antes y un después. Un año más tarde, en la COP28, el mundo dio un paso más allá: por primera vez en una cumbre del clima de la ONU, se reconoció el papel "indispensable" del núcleo y se asumió el compromiso de triplicar su capacidad global hasta 2050.
Una estrategia global coordinada
En París, este compromiso no se ha quedado en una simple declaración de intenciones. Rafael Grossi, secretario general del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), corroboró el optimismo de Birol con datos concretos. El diplomático argentino, que recientemente ha anunciado su candidatura para suceder a António Guterres al frente de la ONU, se felicitó por los «claros avances» observados desde la COP28. "El sector está mostrando una vuelta al realismo a medida que los países intensifican los programas existentes, lanzan nuevas iniciativas y actualizan las regulaciones para satisfacer las futuras necesidades energéticas", señala Grossi. En su intervención, destacó que este «realismo» refleja el reconocimiento de la nuclear como fuente de energía estable y libre de carbono, complementaria perfecta para la intermitencia de las energías renovables como la eólica y la solar.
El apoyo político también se ha hecho palpable con la presencia del ministro de Economía francés, Roland Lescure. Francia, el país con mayor dependencia nuclear del mundo (alrededor del 70% de su electricidad), actuó como anfitriona y valedora de la tecnología. Lescure ha subrayado el "nuevo rumbo" que ha tomado el sector después de los años de escepticismo y animó a "seguir invirtiendo en innovación", especialmente en reactores modulares pequeños (SMR) y tecnologías de reciclaje de residuos.
El pulso del sector
El optimismo se refleja en las cifras del mismo salón WNE, considerado el principal evento mundial del sector. En su sexta edición bienal, reúne a 80 países, un millar de expositores y espera unos 25.000 visitantes, una cifra que supone un incremento del 30% respecto a la edición de 2023. Este crecimiento exponencial en la participación es un termómetro fiel del interés y la inversión que está atrayendo la industria. Sin embargo, este renacimiento no está exento de sombras y ausencias significativas. Como ya sucedió en 2023, Rusia, una de las grandes potencias nucleares mundiales y principal exportador de centrales, sigue siendo la gran ausente en la cita. Su exclusión es un recordatorio de las profundas fracturas geopolíticas que siguen impactando al sector, especialmente tras la invasión de Ucrania y el control de la central de Zaporiyia, factores que han obligado a reorganizar las cadenas de suministro y las alianzas estratégicas.
La llamada "edad dorada" nuclear no se limita a la construcción de grandes centrales tradicionales. El futuro inmediato pasa por los avances en seguridad pasiva, la gestión de residuos radiactivos, el desarrollo comercial de los SMR –más asequibles y versátiles– y la fusión nuclear, aunque esta última aún se encuentra en fases de investigación. En definitiva, lo que se respira en Villepinte es más que optimismo; es la confirmación de un cambio estructural. La fusión de los imperativos climáticos, la madurez tecnológica y el apoyo político ha dado lugar a un ecosistema donde la energía nuclear se ve ya no como un mal necesario, sino como un pilar fundamental para construir un sistema energético resiliente, limpio y capaz de afrontar los retos del siglo XXI. "La edad dorada", según la AIE, ya está aquí.
