Roger Torrent es el presidente del Parlament más joven de la historia y también el más elegante y presentable que la institución ha tenido desde la época de Coll i Alentorn. Aunque el cargo le llega demasiado joven, sin tiempo de haber digerido los estudios y la gente que ha conocido, le pega bastante bien, porque es un hombre de genio protocolario, más dedicado al perfeccionamiento de la fachada que al cultivo del espíritu.

Incluso la barba, de la cual se ha hablado tanto estos días, parece más marcada por las necesidades de la agenda política que por la vanidad personal, un poco como pasa con los modelos de buena chica que lleva Inés Arrimadas. No sabemos si Torrent lleva bien cortadas las uñas de los pies. A veces lo veo aparecer en el Parlament con la levita y pienso que podría sacar la recortada de debajo del abrigo y cargarse a todos los diputados.

Torrent tiene unas formas pulcrísimas. A diferencia de Carme Forcadell que daba angustia de ver, su ademán es seguro y tiene una oratoria clara y serena. El nuevo presidente del Parlamento da la impresión de ser un hombre con la agresividad muy bien canalizada, discreto, afable, contenido, trabajador, quizás un punto robótico. La rigidez del cuello le da un aire altivo, pero diría que tiene más que ver con la dignidad que atribuye a su cargo que con la arrogancia, a diferencia de lo que pasa con otros políticos que se han promocionado con deprisa.

Torrent ha vivido casi toda la vida en Sarrià de Ter. La población no ha pasado nunca de los 5.000 habitantes y conserva vestigios de los tiempos de la romanización y algunos edificios modernistas. Durante años, el símbolo de la villa fue una fábrica de papel que, con la ayuda del viento, extendía una peste pesada y persistente por toda el área metropolitana de Girona. En 1979, el año que Torrent nació, Sarrià de Ter recuperó la independencia municipal, aprovechando el restablecimiento de los ayuntamientos democráticos.

A pesar de los años que pasó estudiando en Barcelona, Torrent no ha sentido nunca la tentación de la vida capitalina. Licenciado en Ciencias Políticas, ha hecho la carrera dentro de ERC sin moverse de su pueblo, en el cual los padres tienen un bar y una zapatería. El 1999 ya era concejal y en 2007 consiguió la alcaldía mediante un pacto con CiU, después de dos décadas de hegemonía del PSC. Su implicación en la vida del municipio era tan firme que la alcaldía se limitó a darle de manera natural una expresión política.

En el 2011, cuando ERC perdía municipios a causa de la crisis económica y las reyertas internas del partido, Torrent sacaba la primera mayoría absoluta. En el 2015 revalidó la hegemonía electoral, aunque poco antes de las elecciones la empresa de papel que daba fibra económica al pueblo cerró las puertas. La implicación de Torrent en la suerte de los trabajadores resonó por toda el área de Girona y le permitió revalidar el mandato —que ya entonces prometió que sería el último.

Casado con una compañera de instituto, y padre de dos niñas, Torrent ya había adquirido protagonismo en la pasada legislatura como portavoz adjunto del grupo de Junts pel Sí. Con el encarcelamiento de Oriol Junqueras, y el desgaste que Marta Rovira ha sufrido, ERC necesitaba caras nuevas, y más después de la decepción del 21-D. Aunque viene de gobernar un pueblo pequeño, Torrent es el primer dirigente republicano que cuida su imagen y que transmite un aire claramente urbano y moderno. Si no lo detienen puede ser una mina de votos.

Como pasó en Convergència hace unos años, la pedrera municipal se perfila como un recurso de urgencia ante el desgaste que la confrontación con el Estado produce en los cuadros de los partidos soberanistas. A medida que el discurso nacional se va empequeñeciendo, la política catalana se basa cada vez más en los alcaldes, que hasta ahora habían sido protegidos de las limitaciones impuestas por el Estado y la mentalidad autonómica de los líderes independentistas.

Convertido en la primera autoridad operativa del país, Torrent tiene por delante unas semanas complicadas. Si permite que la investidura de Puigdemont salga adelante y la cosa no acaba con independencia, los partidos unionistas intentarán hacerle la vida imposible y el Estado encontrará la manera de perseguirlo. Si hace caso del requerimiento del Tribunal Constitucional y para la investidura, todo el mundo entenderá que da carta blanca al gobierno del PP para hacer lo que quiera con Catalunya.

Atrapado en una situación diabólica, en la cual ningún bando quiere tirar atrás por miedo a ser arrasado electoralmente, la única posibilidad de que Torrent tiene de sobrevivir es aprovechar que el PP intenta saltarse la presunción de inocencia para hacerse fuerte e intentar generar una reacción en cadena que haga saltar los plomos al Estado. La otra opción realista es marcharse a casa, aunque supongo que si la contemplara ya no habría aceptado el cargo. Como se ha visto en los últimos meses, las soluciones intermedias difícilmente tienen un final digerible, en España.

Uno lo ve por la tele y, ante el panorama de mierda que han dejado las generaciones de políticos que se pusieron al frente del proceso, Carles Puigdemont inclusive, no puede dejar de pensar en la leva del biberón.