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No la vemos, pero todo el sistema solar está rodeado por una enorme estructura que se extiende mucho más allá de los planetas. Se llama heliosfera, la crea el viento solar y acompaña al Sol mientras viaja por la galaxia. Y, entre otras cosas, esta enorme burbuja nos protege al dificultar la entrada de parte de la radiación del espacio interestelar.

Una burbuja creada por el viento solar

La heliosfera nace gracias al viento solar, un flujo constante de partículas cargadas que sale del Sol y se extiende por el espacio a enormes velocidades. Estas partículas transportan consigo el campo magnético solar y, a medida que se alejan de nuestra estrella, van ocupando una región gigantesca alrededor del sistema solar.

Pero el viento solar no se expande para siempre. Llega un punto en el que su interacción con el medio interestelar le impide seguir creciendo libremente. Esa zona se denomina heliopausa, la frontera que separa la heliosfera del espacio interestelar.

La heliosfera llega muchísimo más allá de la órbita de Neptuno. Las sondas Voyager, que llevan décadas alejándose del Sol, han conseguido atravesar esta frontera y proporcionar información directa sobre el entorno que existe más allá de ella.

Ilustración conceptual de la heliosfera, la burbuja del viento solar que acompaña al sistema solar por la galaxia

Tampoco es perfectamente redonda: el movimiento del sistema solar por el medio interestelar, el viento solar y el campo magnético modifican su forma. Es una región dinámica que se mueve con el Sol.

Un escudo que no puede detenerlo todo

Una de las funciones más importantes de la heliosfera tiene que ver con los rayos cósmicos. Desde fuera del sistema solar llegan continuamente partículas de altísima energía procedentes de diferentes fenómenos de la galaxia. Algunas son aceleradas por explosiones de estrellas y otros procesos extremadamente energéticos.

El campo magnético asociado al viento solar dificulta el camino de muchas de estas partículas cargadas. Por lo que la heliosfera actúa como una barrera que modula la cantidad de radiación cósmica que consigue penetrar en el sistema solar.

Eso no significa que tengamos un escudo perfecto. Los rayos cósmicos más energéticos pueden atravesar la heliosfera con mucha mayor facilidad, por lo que esta estructura no bloquea toda la radiación procedente del exterior.

Además, la protección que realmente resulta fundamental para la vida en la superficie terrestre procede en buena medida de nuestra propia atmósfera y del campo magnético de la Tierra. La heliosfera proporciona una primera capa de protección mucho más amplia, pero no es la única barrera que nos separa de la radiación espacial.

Una protección que cambia con el tiempo

La heliosfera no es siempre igual. El Sol pasa por ciclos de actividad de unos 11 años, en los que cambian la intensidad del viento solar y su campo magnético. Eso afecta a los rayos cósmicos: el entorno de radiación no es exactamente el mismo en un máximo de actividad solar que en un mínimo.

Para entender esto, las sondas Voyager han sido clave. Voyager 1 cruzó la heliopausa en 2012 y Voyager 2 en 2018, y fueron las primeras naves humanas en llegar al espacio interestelar, aunque siguen bajo la influencia del Sol a una escala mucho mayor. Gracias a ellas conocemos mucho mejor la heliosfera y sabemos que acompaña al Sol en su viaje por la galaxia.

El sistema solar tarda unos 230 millones de años en dar una vuelta alrededor del centro de la galaxia. Durante todo ese recorrido, el Sol y los planetas viajan juntos y el viento solar mantiene a su alrededor esta región que nos separa en parte del entorno interestelar. Así que, en cierto sentido, todo lo que conocemos viaja por la galaxia dentro de una gigantesca burbuja creada por nuestra estrella.

No es un escudo perfecto y no sabemos exactamente cómo es su estructura en todas sus regiones. Pero esta envoltura magnética es una de las características más importantes del entorno espacial de nuestro planeta que muy pocos conocen.