La Antártida es conocida por sus paisajes de hielo, pero incluso en este continente extremo hay vida vegetal capaz de resistir temperaturas muy bajas y condiciones ambientales adversas. Aunque esta vegetación ocupa solo unos 44 kilómetros cuadrados, una nueva investigación alerta de que solo el 21,4% se encuentra dentro de áreas protegidas. Para mejorar su conservación, el equipo científico ha identificado 92 localizaciones donde sería prioritario ampliar la protección.
El estudio, publicado en la revista Biological Conservation y liderado por la Universidad de Edimburgo, incluye la participación del Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales (CREAF), como único representante español. Los resultados se han presentado al Comité para la Protección del Medio Ambiente del Tratado Antártico y contribuyen a avanzar hacia el objetivo del Marco Mundial de la Biodiversidad de Kunming-Montreal de proteger al menos el 30% de las zonas terrestres y marinas del planeta antes de 2030. La propuesta aporta evidencias científicas para identificar los lugares donde es necesario priorizar las medidas de conservación.
Una flora excepcional en un entorno extremo
La vegetación antártica es escasa, pero tiene un papel fundamental en el funcionamiento de los ecosistemas terrestres. Proporciona alimento y refugio a insectos y microorganismos y contribuye a regular los ciclos del agua y del carbono. A diferencia de la mayoría de regiones del planeta, en la Antártida solo crecen dos especies de plantas con flor: Deschampsia antarctica, una gramínea conocida como clavel antártico, y Colobanthus quitensis, una planta herbácea que produce flores diminutas.

La mayor parte de la diversidad vegetal, sin embargo, corresponde a organismos menos visibles. En el continente se han identificado más de 150 especies de briófitos, un grupo que incluye los musgos y las hepáticas, y cerca de 400 especies de líquenes. Algunos son endémicos, es decir, solo se encuentran en esta región del mundo. Es el caso del musgo Schistidium antarctici y del liquen Usnea antarctica.
La importancia de la conservación de estos organismos radica en el hecho de que pueden ayudar a entender cómo responde la vida a los cambios ambientales. "Una curiosidad es que los briófitos equilibran su contenido de agua con el del entorno. Esto les permite deshidratarse cuando no hay agua y volver a activarse cuando las condiciones son favorables", explica Mariana García Criado, investigadora del Trinity College de Dublín y vinculada al CREAF en el momento del estudio y la única autora española. Esta capacidad hace que sean especialmente interesantes para estudiar los efectos del cambio climático, ya que su estado refleja las condiciones ambientales en las que viven.
¿Dónde hay que proteger la vegetación con más urgencia?
Para determinar qué zonas necesitan más protección, el equipo ha analizado datos de satélite de alta resolución sobre la distribución de la cubierta vegetal. A partir de esta información, ha identificado los lugares prioritarios teniendo en cuenta diferentes factores, como la presencia de especies invasoras, la importancia de las comunidades vegetales y la proximidad a infraestructuras humanas.
Uno de los riesgos es la presencia de plantas introducidas, como Poa annua, una gramínea que ya se ha establecido en la Antártida y que puede perjudicar la flora autóctona. También se han considerado las zonas que acogen comunidades vegetales difíciles de sustituir dentro de los objetivos globales de conservación, así como los lugares próximos a estaciones científicas, donde la actividad humana puede alterar el entorno.

Las 92 localizaciones propuestas se concentran principalmente en tres áreas: la península de Fildes, en el noroeste de la península Antártica; el valle de Taylor, en el sur de la Tierra de Victoria, y las colinas de Vestfold, en la Antártida oriental. Según Charlotte Walshaw, autora principal del estudio e investigadora de la Universidad de Edimburgo, "los resultados muestran que una parte importante de la vegetación terrestre queda fuera de la red actual de espacios protegidos".
La investigación proporciona una hoja de ruta para orientar futuras medidas de conservación. El siguiente paso será contrastar los datos obtenidos desde el espacio con expediciones de campo que permitan confirmar la presencia de vegetación y conocer mejor las características de cada localización. Aunque la vegetación antártica ocupa una superficie minúscula en comparación con el resto del planeta, protegerla es esencial para preservar las comunidades de organismos que dependen de ella y los procesos ecológicos que mantiene. Identificar las zonas más vulnerables es, así, un primer paso para evitar que esta flora única quede desprotegida en un mundo cada vez más cambiante.