La palabra "política" lleva a menudo un prefijo, según qué aspecto o condicionante se quiera destacar: geopolítica, petropolítica, biopolítica, ciberpolítica... Creo que ha llegado la hora de añadir uno: quimiopolítica, que en inglés sería chemopolitics. Buscando este término por si había sido utilizado antes, solo me ha aparecido un artículo de 2016, Parachemistries: Colonial chemopolitics in a zone of contest, publicado en History of Science por Bihari Mukharj, de la Universidad de Pensilvania. El autor se refería así a lo que él consideraba globalización de la química a través del colonialismo europeo y que habría dado lugar a lo que él denomina "conocimientos paraquímicos", adaptados a la cultura y sociedad de cada lugar.
Sin utilizar esta palabra, Agustí Nieto-Galan, catedrático de historia de la ciencia e investigador ICREA Academia en la Universitat Autònoma de Barcelona, publicó en 2019 en Cambridge University Press un libro titulado: The Politics of Chemistry: Science and Power in Twentieth-Century Spain. El autor analiza cómo, en el Estado español, muchos químicos se convirtieron en agentes ideológicos en diversos contextos políticos durante el siglo XX.
Cuando la química condiciona el poder global
Estas referencias ya ayudan a comprender que química y política han ido a menudo ligadas. Pero lo que queremos significar con quimiopolítica es el papel que esta ciencia puede jugar en los equilibrios —y desequilibrios— internacionales desde el punto de vista político, estratégico y económico, tal como lo puede hacer el petróleo si hablamos de petropolítica.
La idea que queremos transmitir ya ha sido expuesta, sin este nombre, por João Avó y Carina I. C. Crucho, de la Universidade NOVA de Lisboa, en dos artículos, en los años 2024 y 2026 respectivamente, en la revista Nature Chemistry, Bringing geopolitics to the periodic table y The geopolitical future for chemistry. En ellos explican la importancia de diversos elementos químicos y qué se desprende de su distribución y procesamiento. No es un tema nada nuevo.
En la edad del bronce, hace ya unos miles de años, poder fabricar armas y herramientas con esta aleación de cobre y de estaño —este más raro— daba una gran ventaja. Los países que tenían y sabían procesarlo, como el actual Uzbekistán, Badakhshan, en el actual Afganistán, y Cornualles, en el sur de Inglaterra, obtuvieron un gran poder.
Ahora, hablemos de tierras raras y de minerales estratégicos, esenciales en muchos ámbitos. Neodimio, samario, iterbio, litio, cobalto, níquel y tantalio son básicos en ordenadores, aparatos electrónicos y baterías para vehículos eléctricos, entre muchos otros campos. Todos estos elementos están repartidos de manera muy desigual por el planeta. Pero este no es el único factor a considerar. También hay que tener los conocimientos y medios técnicos para separar los elementos del mineral y refinarlo. Por eso, China no tiene solo las mayores reservas de tierras raras, sino que también es el principal productor.
En cuanto al litio, las mayores reservas están en Bolivia, pero la forma en que se encuentra el metal no facilita su extracción y el país tampoco ha desarrollado, hasta hace poco, una tecnología que permita salvar, al menos en parte, este obstáculo. Así, no hay que analizar solo la geología y la distribución de elementos, sino también las técnicas químicas que permiten extraerlos. Nuevamente topamos con la quimiopolítica.
Minerales estratégicos: el coste ambiental y social del poder
No son estos los únicos aspectos a tener en cuenta, porque la obtención de muchos de estos elementos tiene un gran impacto ambiental y social, a menudo dejado de lado. Quizás el caso más significativo sea el del coltán, un mineral formado por columbita y tantalita —y de ahí su nombre. Está muy valorado porque el tantalio que se extrae se utiliza en la fabricación de teléfonos móviles, ordenadores portátiles y otros aparatos electrónicos. La República Democrática del Congo tiene entre el 60% y el 80% de las reservas mundiales de coltán y es el principal productor, alrededor de la mitad o más de la producción global. Pero su extracción a menudo está controlada por grupos armados. Su obtención incluye explotación laboral, esclavitud infantil y un grave impacto ambiental y, además, buena parte del dinero que genera se invierte en armas y milicias.
Además de grandes acuerdos para exigir que la extracción no implique explotación y tenga en cuenta los daños ambientales, también se podrían buscar alternativas técnicas con otros elementos y potenciar el reciclaje de teléfonos móviles y otros aparatos electrónicos para disminuir la demanda de algunos metales.
En cuanto al litio, es indispensable para la fabricación de baterías para vehículos eléctricos, pero su proceso de extracción genera un fuerte impacto ambiental y social en las regiones productoras, aparte de las carencias provocadas por una demanda superior a la oferta. Aparte del reciclaje, una alternativa todavía no suficientemente desarrollada son las baterías de sodio. Un equipo internacional ha hecho un estudio, publicado en el Journal of Energy Storage en febrero de 2026, según el cual las baterías de ion sodio podrían superar las de litio a medio plazo y son menos propensas a picos de precios y a la falta de suministro. ¿Qué país lidera, hoy por hoy, la investigación en este campo y ha iniciado la producción y uso de baterías de sodio en algunos vehículos? China, con 400 GWh de capacidad, actual y prevista, de baterías de ion sodio, por solo 11 GWh en el resto del mundo. Lo que demuestra que no basta con tener un subsuelo lleno de elementos estratégicos, sino que pensar en la quimiopolítica puede llevar a alterar o a mantener poderes globales.
