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El ocio nocturno ya no se mide solo por la fiesta, ya que la capacidad de crear comunidad, adaptarse a nuevas generaciones y reinventarse ha marcado la diferencia entre los proyectos que desaparecieron y los que siguen siendo referentes. La forma de vivir la noche ya no es la misma que hace treinta años.

Las generaciones que protagonizaron el boom del ocio nocturno catalán durante los años noventa difícilmente reconocerían algunos de los códigos que hoy marcan las salidas de los más jóvenes. El alcohol ha perdido protagonismo, las experiencias pesan más que el simple hecho de salir de fiesta y conceptos como comunidad, identidad o bienestar han entrado de lleno en un sector obligado a reinventarse.

En paralelo, buena parte de los grandes iconos que marcaron aquella época han ido desapareciendo: Scorpia, Chasis, Pont Aeri, Xque o Área Concor forman parte del imaginario colectivo de miles de catalanes, pero también representan una realidad compartida: la enorme dificultad de sobrevivir durante décadas en una industria sometida a continuos cambios sociales, económicos, culturales y tecnológicos.

Durante años, el éxito de un espacio de ocio se medía por su capacidad para llenar una sala. Hoy los indicadores son muy diferentes: la fidelidad de una comunidad, la capacidad para conectar con distintas generaciones, la personalización de las experiencias, la calidad de la programación o la construcción de una identidad propia pesan tanto o más que el volumen de asistentes.

La propia evolución del consumo ayuda a explicarlo: cada vez más jóvenes reducen voluntariamente el consumo de alcohol, el conocido fenómeno sober curious, y buscan experiencias donde la música, la socialización, la creatividad o el bienestar ocupen un lugar protagonista. La noche deja de entenderse exclusivamente como un espacio de consumo para convertirse en un espacio de relación. Una transformación que también se observa en el crecimiento de formatos híbridos que combinan música, gastronomía, cultura, deporte, diseño o experiencias inmersivas y que están redefiniendo el concepto tradicional de ocio nocturno en toda Europa.

En este escenario aparecen proyectos cuya trayectoria ayuda a explicar mejor que ninguna estadística cómo ha cambiado la forma de disfrutar del tiempo libre. Malalts de Festa cumple este año tres décadas de actividad convertido en uno de los pocos proyectos nacidos en los años noventa que continúa reuniendo a públicos muy distintos bajo una misma marca.

Su evolución refleja buena parte de las transformaciones que ha experimentado el propio sector. Lo que comenzó como una propuesta asociada a una determinada generación ha sabido incorporar nuevos formatos, ampliar públicos, desarrollar experiencias adaptadas a diferentes momentos de ocio y construir una comunidad capaz de integrar a quienes descubrieron el proyecto hace treinta años con quienes lo hacen por primera vez.

Cataluña ha sido durante décadas uno de los principales laboratorios del ocio nocturno español. La Ruta del Vallès convirtió salas como Scorpia o Chasis en auténticos fenómenos sociales durante los años noventa. Más tarde llegarían otros referentes como Pont Aeri o Xque, capaces de movilizar miles de personas cada fin de semana alrededor de una determinada cultura musical.

Barcelona consolidó al mismo tiempo proyectos como Apolo o Razzmatazz, que evolucionaron hacia modelos donde la programación cultural y musical adquiría un peso creciente. Pero el paso del tiempo ha demostrado que mantenerse abierto resulta mucho más sencillo que seguir siendo relevante, porque el verdadero reto no consiste únicamente en sobrevivir: consiste en seguir formando parte de la conversación de nuevas generaciones que ya entienden el ocio de una forma completamente distinta.

No obstante, numerosos proyectos que definieron una época no consiguieron adaptarse a los nuevos hábitos de consumo, a la transformación tecnológica, al impacto de las redes sociales, a la profesionalización del sector o a las nuevas expectativas de los consumidores. Otros, en cambio, han entendido que la innovación no consiste únicamente en cambiar la programación.

Ese proceso de adaptación explica que marcas históricas como Apolo, Razzmatazz, Titus o Malalts de Festa continúen ocupando un lugar relevante dentro del ecosistema del ocio catalán, aunque cada una lo haga desde modelos muy diferentes.

Existe una idea ampliamente extendida según la cual los jóvenes salen menos que las generaciones anteriores. Pero los datos dibujan una realidad más compleja; no necesariamente salen menos, salen de otra manera. Prefieren experiencias compartidas frente a propuestas masivas, valoran los espacios donde pueden sentirse identificados con una comunidad y muestran mayor sensibilidad hacia aspectos como la sostenibilidad, el bienestar o la autenticidad.

La música continúa siendo uno de los principales motores del ocio, pero ya no basta por sí sola. La experiencia completa adquiere cada vez más importancia. En este nuevo escenario, los proyectos que mejor funcionan son aquellos capaces de generar un sentimiento de pertenencia más allá del propio evento.

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