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La bondad de las bebidas alcohólicas, especialmente la cerveza y el vino, siempre han sido fuente de controversia científica, aunque cada vez hay más consenso en considerarlas negativas para la salud, incluso en pequeña cantidad. Un artículo reciente citaba evidencias epidemiológicas y clínicas que sugieren un papel protector sobre la salud, principalmente cardiovascular, de las bebidas alcohólicas en cantidades moderadas, especialmente del vino tinto.

Este beneficio se debería a los compuestos bioactivos característicos de algunas de estas bebidas, como son los polifenoles y flavonoides. La dieta mediterránea todavía lo potenciaría. Estos compuestos bioactivos están presentes en la uva, y, en el caso del vino, se favorece la extracción durante la vinificación. A pesar de todo, no hay resultados concluyentes sobre estos beneficios.

Lo que sí se ha demostrado a partir de un estudio británico publicado hace cinco años es que el consumo de alcohol, incluso moderado, se asocia con un descenso de la fluidez léxica acelerada, y atrofia del hipocampo. Más aún, hace pocos meses, un estudio en 36.678 cerebros del biobanco del Reino Unido concluyó que la ingesta moderada de alcohol provoca la reducción de los volúmenes del cerebro, de la sustancia gris y de la sustancia blanca. Estos efectos son evidentes en individuos que consumen una media de una o dos unidades de alcohol diarias, y se hacen más fuertes a medida que aumenta la ingesta de alcohol.

Una unidad de alcohol son 10 g. Una lata de cerveza ya son 17.

El Dr. Enric I. Canela es Catedrático Emérito de Bioquímica y Biología Molecular de la Universitat de Barcelona.