Hoy hablaremos de una pintura que va mucho más allá de la física o las matemáticas. Nos situamos en el año 1643, en plena efervescencia científica europea y donde el físico italiano Torricelli protagonizó uno de los experimentos más famosos de la historia: demostrar que el vacío existe. La escena, recreada en el cuadro Experimento de Torricelli en los Alpes, nos transporta a un momento clave en que la humanidad empezaba a cuestionar dogmas milenarios y a construir el conocimiento moderno sobre bases experimentales asentadas por Galileo Galilei.

Experimento de Torricelli en los Alpes. Pintura al óleo de Ernest Board. Licencia CC.
Una columna de mercurio y una idea revolucionaria
El cuadro es una representación de un experimento que cambió uno de estos dogmas. Torricelli, discípulo de Galileo Galilei, llenó un tubo de cristal con mercurio y lo invirtió dentro de un recipiente. El resultado: el líquido no caía del todo, sino que dejaba un espacio vacío en la parte superior. Este "vacío de Torricelli" rompía con la creencia aristotélica "horror vacui", un principio filosófico y físico, que sostenía que el vacío absoluto no podía existir en la naturaleza porque los espacios vacíos son antinaturales y la materia circundante los llenaría inmediatamente.
Por otro lado, el cuadro sitúa este experimento en un entorno montañoso, en los Alpes, evocando también los trabajos de Blaise Pascal, que poco después confirmaría que la presión atmosférica varía con la altitud. Así, la pintura no solo captura un momento científico, sino la idea de que el conocimiento debe probarse, no solo creerse.
La geometría busca la eficiencia
Más allá de la física experimental, el nombre de Torricelli también aparece en un problema geométrico que muchos de vosotros quizás estudiasteis: el punto de Torricelli (o punto de Fermat-Torricelli), es decir, el punto dentro de un triángulo que minimiza la suma de las distancias a los tres vértices. Es una solución de optimización que nos lleva a la idea de que las matemáticas no son solo números, sino herramientas para entender la eficiencia, el equilibrio y el orden en el mundo.
Pero ¿de dónde sale esta capacidad de medir, calcular y optimizar? Hay que retroceder, hasta las primeras civilizaciones de Mesopotamia. Los babilonios, hacia el 2000 a.C., ya utilizaban sistemas numéricos sexagesimales (basados en el 60) y resolvían ecuaciones y hacían predicciones astronómicas con precisión. Esto es porque el 60 es el número más pequeño divisible por todos los números enteros del 1 al 6, lo que lo hacía propicio para las operaciones comerciales de entonces. Así pues, estos primeros matemáticos trabajaban para resolver problemas prácticos como reparticiones comerciales, calcular impuestos o predecir eclipses. Siglos más tarde, sus trabajos permitirían experimentos como el de Torricelli.
El cuadro Experimento de Torricelli en los Alpes nos conecta una tradición antigua como la de los primeros calculadores de la historia, la de los babilonios, hasta Torricelli. De este hasta la ciencia actual, existe la voluntad de entender el mundo con precisión, sea midiendo una columna de mercurio o buscando el punto que minimiza distancias. Vemos, pues, que las matemáticas y la física comparten un mismo origen, ya que ambas nacen de la necesidad de comprender y describir los fenómenos naturales de manera precisa y universal.
Dra. Núria Coll Bonfill, divulgadora científica y directora de 7Ciències