Hay una Generación Kibutz que retrata de forma brillante el documental de Albert Abril. Y otra, menos conocida y numerosa, que se escondió de la justicia postfranquista en una granja colectiva en el desierto israelí del Néguev. El caso más notorio, aunque no el único, es el del miembro del Exèrcit Popular Català —la antesala de Terra Lliure— Josep Lluís Pérez i Pérez, muerto en 2012 de un tumor en el kibutz Dvir tras huir a Israel a finales de los años 70 del siglo XX, acusado de participar en el asesinato del industrial José María Bultó, presidente de la química Cros y hermano del fundador de la fábrica de motocicletas Bultaco. "Al principio, para nosotros, [Lluís Pérez] era solo Lluc, alguien extremadamente amable, tranquilo, pacífico: una de las mejores personas que he conocido. Fíjate en que cuando sirvió en el Tsahal —las Fuerzas Armadas israelíes— se enroló con los sanitarios para no tocar armas. En cuanto supe su verdadero nombre y por qué había acabado en el Dvir me llevé la gran sorpresa", explica el abogado y editor Miquel Salarich, de 59 años.

El Dvir que Salarich menciona es un kibutz israelí fundado en 1951 junto a la ciudad de Beersheva por un puñado de húngaros que habían escapado del Holocausto. Poco después, a aquellos pioneros de Hashomer Hatzair se les unieron, en varias oleadas, otros hebreos hispanoamericanos, especialmente del Chile y Argentina y algún cubano. A mediados de los años 1960, ya se habían dejado caer por esta granja colectiva socialista y autogestionaria catalanas como Marta Mata. La pedagoga pasó allí un mes el verano de 1964, interesada por su avanzado sistema educativo, sentando un precedente y un ejemplo que otros imitarían. También Lluís Pérez había estudiado Pedagogía.

"Nuestro grupo visitó el kibutz en 1984", continúa Miquel Salarich. Nacido en Barcelona y residente en Girona, tiene raíces asquenazíes por parte de madre. "Supongo que nuestra presencia allí despertó sus recuerdos. Antes habían ido otros compatriotas pero Lluch nunca se había encontrado con un grupo como el nuestro, todos procedentes de Catalunya. Teníamos entre 20 y 25 años. Queríamos vivir la experiencia de los kibutzim y organizamos la expedición con la ayuda de Roser Lluch, que conocía ya Dvir. Los judíos éramos una minoría pero todos hablábamos en catalán, reíamos en catalán y éramos miembros de la Asociación de Relaciones Culturales España-Israel. La catalana, ARCCI, no se creó hasta algunos años más tarde. Aquello del socialismo y la carga ideológica nos importaba mucho menos que a otros grupos que nos habían precedido. Quiero pensar que nos vio muy sanotes y, de alguna manera, se convirtió en nuestro cuidador".

Pérez, en el comedor del kibutz, poco después de su llegada / Trzewik

"Me llamo Lluc Puig"

El hombre que encontraron en el Dvir tenía entre 29 y 30 años. "Se acercó a nosotros al día siguiente de nuestra llegada y se presentó: 'Me llamo Lluc Puig y también vengo de Barcelona'. No hablamos de política, pero percibí una cierta sintonía. Yo soy hijo de republicano y diría que la mayoría del grupo sintonizaba con la izquierda". Salarich y sus compañeros de viaje se preguntaron qué hacía un catalán en el kibutz, no tanto espoleados por suspicacias insidiosas como por la lógica curiosidad que despertaba aquel personaje no exento de un halo misterioso. "No supe que Lluc Puig era en realidad Josep Lluís Pérez i Pérez hasta futuros viajes. Él nunca lo contó al resto del grupo. Los que se enteraron lo hicieron de rebote, después de mucho tiempo. Cuando me lo confesó ya habíamos forjado una relación de confianza. Recuerdo que se abrió en una visita mía de dos días al kibutz, unos años después, para ver a mis amigos. No eludió lo que había pasado, pero notaba que, de alguna manera, rehuía los detalles. A pesar de su aspecto afable, juraría que acarreó toda su vida alguna cosa, como si lo que sea que pasara le persiguiera hasta la tumba".

El Lluc "gentil y amable" que retratan Salarich y otros amigos latinoamericanos del kibutz era descrito por la prensa de la Transición como "un señalado y peligroso miembro" del Ejército Popular Catalán (EPOCA), precedente directo de Terra Lliure, el brazo armado del independentismo catalán de los años 1970 hasta pocos años después de la muerte del dictador Francisco Franco. Pérez, que ya había sido acusado de participar con Àlvar Valls, Montserrat Tarragó y Josep Pau en el incendio de Olis Catalans, saltó a los grandes titulares a raíz del asesinato del empresario José María Bultó en 1977.

Campos de cultivo en el kibutz Dvir, donde residió Pérez / Trzewik

El caso Bultó

Nunca quedó del todo claro como murió el empresario. Las versiones se solapan y compiten entre sí. Según la sentencia, Josep Lluís Pérez i Pérez, Carles Sastre, Àlvar Valls y Montserrat Tarragó, entre otros, irrumpieron el 9 de mayo de 1977 en la residencia del cuñado de Bultó en la calle Muntaner de Barcelona, donde estaba el empresario con su hermana, y le colocaron una bomba en el pecho. Bultó era entonces presidente de la compañía química catalana Cros. Le exigieron 500 millones de pesetas en billetes para liberarlo del artefacto y le concedían 25 días para reunir el dinero. Bultó intentó sacarse la bomba del tórax en el lavabo de su casa una hora después. La bomba estalló.

Varias organizaciones se apropiaron de la acción. EPOCA nunca la reivindicó. Las indagaciones policiales, sin embargo, condujeron a Sastre, Valls, Tarragó y Pérez, todos ellos estudiantes. Años más tarde se aclaró que el cerebro del atentado había sido Jaume Martínez i Vendrell, líder en la sombra de EPOCA, una organización armada independentista solo dispuesta a someterse a una futura autoridad política catalana. Según sus responsables, asesinar nunca no estuvo en el ánimo de sus grupos autónomos ni de los responsables de la estructura, fuertemente vertical. Pretendían solo hacer provisión de recursos militares y económicos para convertirse en el embrión de un futuro ejército catalán.

Àlvar Valls explicó en el libro Al cap dels anys. Militància, presó, exili (1970-1998) el "error de principiantes" que facilitó su detención y la de varios miembros de La Casa, denominación interna del EPOCA. A Bultó lo vigilaban porque era rico. Si finalmente se decidieron por él "en lugar de, por ejemplo, [José Manuel] Lara padre, el editor, o [Josep Maria] Juncadella, el empresario y marido de Mercedes Salisachs", es porque "parecía más fácil ejecutar la operación" con Bultó. Les traicionó la hoja de la revisión del gas que entregaron a la criada de la hermana de Bultó para que les franqueara el paso, disfrazados de falsos empleados de la compañía de gas. Como los talonarios, esas hojas tenían un número de serie que acabó por delatarlos.

Portada de ABC: Lluís Pérez, centro, con Sastre, Tarragó y Valls

"Él no estaba en el piso"

¿Estaba Josep Lluis Pérez entre las cinco o seis personas que entraron en la casa del cuñado de Bultó para colocar el artefacto, tal como sostenía el fiscal? "Una de las primeras cosas que [Pérez] me dijo cuando todavía no sabía con quién interactuaba es que no podía volver a España", explica Salarich. "Le dije que había una amnistía pero, claro, yo ignoraba que Lluc y el resto estaban excluidos".

"No fue hasta muchos años después que me habló de los famosos atentados contra Bultó y [Joaquín] Viola. Me dijo un par de cosas que no he olvidado nunca: que había sido un accidente y que él no estaba en el piso de la calle Muntaner. Pero nunca se desahogaba mucho hablando de política. Se notaba que añoraba mucho Catalunya y a su familia, pero solo hacíamos comentarios intranscendentes". "Él no estuvo en el piso", corrobora el líder sindical Carles Sastre, condenado también por la muerte de Bultó y exmiembro de EPOCA y de Terra Lliure.

"Lluc me habló de refilón de las ostias que le dio la policía en el camino hacia Madrid", recuerda Salarich. De hecho, todos los condenados denunciaron que habían sido golpeados y sometidos a torturas, como la privación del sueño, para obtener su confesión. Solo prosperó la demanda de Josep Lluís Pérez.

Asilo en un kibutz

¿Cómo y por qué buscó asilo en un kibutz? La versión oficial consignada en su necrológica dice que se marchó primero al Canadá. De allí pasó a Israel porque, en ausencia de un acuerdo de extradición, ofrecía más garantías mientras huía de la justicia española. "En Montreal había un Pérez Pérez también de Barcelona pero no era Josep Lluís, pese a lo que se ha dicho y escrito", comenta Carles Sastre.

Es incuestionable que Pérez abandonó España después de que le fue cancelada la amnistía de la que inicialmente se benefició con sus compañeros de EPOCA. Las Cortes españolas promulgaron el perdón el 6 de octubre de 1977, pero no alcanzaba a los inculpados por el asesinato de Bultó porque aun no habían sido procesados. A la vista de la situación, un colectivo de intelectuales y políticos presionó para ampliar la amnistía a los militantes de EPOCA. La Audiencia Nacional se la concedió el 11 de noviembre.

Casi inmediatamente, el entonces ministro del Interior, Rodolfo Martín Villa, motivó al fiscal general del Estado a presentar un recurso contra la liberación de los cuatro militantes de EPOCA. Al cabo de unos meses, el juez les retira la amnistía y dicta contra ellos una orden de arresto. "Martín Villa no retrocedió por lo que pasó con Viola", aclara Sastre. "Nos soltaron tras pasar cinco meses encarcelados. Recuerdo que nos dijeron que no fuéramos a la estación porque la extrema derecha quería matarnos, así que tomamos otro tren en Barcelona, donde llegamos a media mañana. Cuando estábamos en casa de Àlvar Valls nos llamó una periodista para preguntar qué nos parecía lo que había dicho Martín Villa de recurrir la sentencia. Así nos enteramos. Por descontado que nos temíamos que nos encerraran nuevamente".

Huida

Los cuatro condenados decidieron escapar para eludir la prisión. Valls, Sastre y Tarragó huyeron a Francia. Los dos últimos pasarían a formar parte de la naciente Terra Lliure, sustituta natural de EPOCA. Sastre y Tarragó, sentimentalmente relacionados, fueron acusados después del asesinato del exalcalde de Barcelona Joaquim Viola, a quien le estalló un artefacto similar al que mató a Bultó en su domicilio del Passeig de Gràcia.

Pérez celebra su 56.º cumpleaños, poco antes de morir / Trzewik

Josep Lluís Pérez también escogió el camino del exilio, que lo llevaría al desierto del Néguev, al kibutz Dvir. Facilitó la elección del lugar el hecho de que más catalanes hubieran pasado por esta granja colectiva y otras dispersas por Israel, tal como retrata el documental Generació Kibutz de Albert Abril. La presencia de latinoamericanos hispanohablantes hacía más sencilla la adaptación a esta nueva vida, claramente atractiva para él, según quienes le conocieron, a causa de sus fundamentos comunitarios.

"Es lo que pasa con los kibutzim", añade Salarich. "Alguien que mantenía cierto contacto con una asociación visitaba a uno y después lo recomendaba. Yo diría que Lluc llegó allí un poco de rebote, ayudado por el hecho de que hubiera latinos que hablaban castellano y una presencia anterior de catalanes que abrieron camino. Fue soltero hasta su muerte. Cuando lo conocimos, estaba con los pollos, pero tras la caída de la URSS se replanteó la vida de la organización de las granjas colectivas y empezó a formarse y trabajar como diseñador gráfico". Y así hasta que murió de cáncer el 9 de marzo del 2012, a los 57 años.

Tumba de Pérez en Israel, con el nombre que adoptó allí, Yael / Trzewik

Josep Lluís Pérez volvió a Catalunya algunas temporadas cortas, siempre de visita a la familia. "Yo creo que tenía cierto miedo incluso después de la prescripción de su condena. Siempre pensé que se percibía en él una especie de angustia. Después, aquel tumor lo dejó muy fastidiado. La última vez vino en silla de ruedas a despedirse de los suyos y parecía una persona de noventa años".