¿Cuántas veces nos ha sucedido ya? ¿Qué diferencia hay entre unos partidos y otros a la hora de corromperse? Formular este tipo de preguntas induce a pensar que quien las formula está alentando algún tipo de populismo, pero es que eso también ha sucedido ya. Las corruptelas de los dos grandes partidos estatales fueron dando forma a su alternancia desde el inicio de la Transición, aunque siempre con ventaja en tiempo para el PSOE, y su irresolutividad ante las crisis económicas, a las que no saben, no quieren o no pueden hacer frente, ha propiciado que sus votantes naturales acaben optando por otros que, en ocasiones, paradójicamente, se encuentran en las antípodas. Entonces, los integrantes de esos partidos "sistémicos" salen en tromba a criticar a sus exvotantes, en muchos casos hasta el punto de llamarlos tácitamente (o no tanto) imbéciles. Y vuelta a empezar, porque cuando vuelven al redil, los reciben con los mismos brazos abiertos que luego cierran en torno al botín que pone a su alcance el control de lo público.

Porque es cierto que la corrupción acompaña las posiciones de poder. Si incluso ha existido (no deberíamos olvidarlo nunca) quien afirmó que el dinero público no es de nadie, ¿cómo no va a ser sencillo deslizarse por la imperceptible pendiente que empieza en usar el teléfono de la actividad pública para las llamadas privadas o la factura de una comida entre amigos como gasto institucional y acaba en la cuneta de los millones emparedados, las bolsas de basura rellenas de papel de curso legal y las estructuras complejas del crimen organizado, la financiación ilegal, las maniobras impúdicas para derribar adversarios y, en ocasiones, antiguos compañeros de fatigas?

No es la política, sino la naturaleza humana, lo que determina el umbral moral de cada uno

La excusa clásica de esos gobernantes ahora ya está bastante apuntalada por las evidencias, en parte porque las corruptelas no son exclusivas de los partidos o de los gobiernos en los que se instalan. También pueden darse en el ámbito policial o judicial, en sectores con gran poder dentro de la administración pública, en las empresas participadas por el Estado o en aquellas otras que se relacionan con el poder público. Expresiones como lawfare pueden ser compendio de todo tipo de críticas al modo en que el Deep State pueda maniobrar maliciosamente para perjudicar al contrario o para favorecer la mano que le da de comer más allá de lo oficial. Y es cierto que existe, pero también que no es verosímil que todo ataque de jueces, policías o inspecciones contra ciertas personas sea espurio. Y, en todo caso, ha sido propiciado por las propias maniobras de los partidos para ir colocando en los lugares adecuados los lacayos dispuestos a dejarse el honor en la mesa, al lado del plato de lentejas vacío.

La cuestión, sin embargo, es más profunda o, si se quiere, menos. Quienes desde fuera de la política critican el abuso de poder o el de confianza no recuerdan pequeños gestos cotidianos propios que, a su nivel, no son otra cosa que réplicas de los actos que les escandalizan. Desde no devolver el carrito del supermercado a su lugar porque no incorpora moneda que recuperar hasta ocultar a Hacienda un beneficio obtenido fuera del circuito oficial, desde usar los recursos del trabajo para fines personales hasta pinchar el agua o la luz para llenar y calentar la piscina privada. Miles de gestos de cada día pondrían contra las cuerdas a más de un vociferante. Porque no es la política, sino la naturaleza humana, lo que determina el umbral moral de cada uno.

Por eso, si lo que estos días (que se alargarán en el tiempo) estamos conociendo se acaba confirmando, será una afrenta reputacional más, otro ejemplo de la picaresca que ya retrató El lazarillo de Tormes y que parece correr pareja a la envidia como pecado capital más habitual en esta parte del mundo y a una hermana pequeña, la avaricia, y otra enorme, la soberbia. Un retrato de lo que somos cada vez que tenemos oportunidad, si no elevamos la mirada y nos comprometemos a cambiar. Mientras tanto, criticaremos sí, y si todo se confirma, será con justicia, pero apuesto a que no estarán libres de pecado muchos de quienes tiren las piedras.