Tiempos oscuros, espesos, yermos para cultivar el pensamiento. Tiempos de ideas licuadas, que se escurren entre los dedos, sin dejar huella. Tiempos de consignas pétreas, que se imponen como dogmas religiosos, con una ingente corte de acólitos que señalan, persiguen y estigmatizan a los herejes. Tiempos de dictar sentencias, sin haber devorado bibliotecas. Tiempos de acumular respuestas, sin haber hecho ninguna pregunta. Es el reino de los impostores, los mesías, los adoctrinadores, los propagandistas, toda aquella gentuza que odia el pensamiento libre, feliz entre el rebaño, pero alérgica al individuo.

Y justamente de eso se trata: de hacer una defensa radical del individuo, en un tiempo en el que el ciudadano se desdibuja en un magma compacto, amorfo y sin otra personalidad que el pensamiento colmena. Es la tiranía del pensamiento único convertido en un martillo que destruye ideas, señala personas, impide debates, acomodado con la vieja concepción estalinista de dirigir el cerebro del pueblo. Lo más surrealista es que este dominio del dogma y el estigma lo protagonizan hordas de personajes que aseguran defender la libertad e ir contra el fascismo, pero no hacen otra cosa que practicar el método fascista de la intimidación, la censura y la cultura de la cancelación. Si bien no es sorprendente, son los mismos que defienden a los Maduro, añoran el estalinismo, ignoran el sufrimiento de los iraníes y atizan el odio antisemita. Para ellos, hay temas que se convierten en anatemas y, por lo tanto, no pueden ser tratados ni debatidos, condenados a ser sometidos al único tratamiento impuesto; y quien osa romper este mandamiento sagrado merece la muerte social.

La cuestión de Israel es la estrella de los anatemas, tan ferozmente apropiada por estos gurús del pensamiento progre que no puede ser debatida en ninguna circunstancia, a pesar de ser el conflicto más vitriólico y difícil del mundo. A pesar de la enorme complejidad del tema, las múltiples aristas que tiene y los intereses internacionales que interactúan, el pensamiento único no ha permitido discutir las informaciones, ha destruido todos los grises y ha impuesto un maniqueísmo cainita de buenos y malos que acaba convirtiéndose en una solapada defensa del peor terrorismo. En este conflicto, el periodismo ha fracasado tanto como lo ha hecho el análisis público. No ha habido información, sino propaganda. No ha habido reflexión, sino dogma de fe. Y aquellos que hemos cuestionado datos, fuentes, conclusiones y nos hemos confrontado a los maximalismos impostados, hemos recibido la ira de unos dioses menores que imponen la ideología, dominando el relato público. Una ira por tierra, mar y aire, con ataques personalizados, difamaciones, calumnias, señalamientos y, en mi caso (y de otros), incluso amenazas y agresiones.

Acuso a aquellos que quieren convertir a los ciudadanos en rebaño, y transformar las ideas en consignas; los acuso de matar la inteligencia. No defienden la libertad. La quieren controlar porque no creen en ella

Y ahora también el ataque por vía penal. O dicho de otro modo, el intento de usar la justicia para tapar las bocas críticas, impedir las ideas contracorriente y matar socialmente a los disidentes. Y así, una querella (mía) contra aquellos que me agredieron tirándome pintura en un acto se contraprograma con una querella contra mi persona por "delito de odio" y otras barbaridades. No hace falta decir que me enteré gracias a la filtración a la prensa (¡qué cosa extraña, en la Fiscalía!), y a partir de la filtración, la demonización pública pertinente. Habrá que preguntarse si el espíritu de las modificaciones de Marlaska en la persecución de delitos de odio incluye restringir severamente la libertad de expresión.

Sea como sea, si la voluntad de esta persecución es anular mi espíritu crítico, aviso que no se saldrán con la suya. Si querían asustarme, no me asustan. Si creían que así me autocensuraría, no lo haré. Si piensan que me harán callar, no se saldrán con la suya. Tampoco impedirán que piense por mí misma. Y si creían que acabaría siguiendo al rebaño, lo llevan claro. Mi libertad de pensamiento es innegociable. Define mi condición humana. Nunca rehuiré un debate, pero exijo que exista. No sé si tengo razón, pero tengo derecho a defender mi razón. Y lo hago con información, con años de conocimiento, con criterios democráticos y con razonamiento. Los que piensan diferente, en lugar de querer hacerme callar, que me rebatan con argumentos. Pensar no es difícil. Debatir tampoco lo es.

Finalmente, yo acuso. Acuso a aquellos que quieren convertir a los ciudadanos en rebaño y transformar las ideas en consignas; los acuso de matar la inteligencia. No defienden la libertad. La quieren controlar porque no creen en ella.