En un giro de guion impensable hace cuatro días, parece que el Tribunal Supremo (TS) hará caso de la doctrina del Tribunal Constitucional (TC) cuando este se pronuncie —no de la del Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE), como se ha encargado de precisar el juez instructor de la causa por la celebración del referéndum del Primer d'Octubre, Pablo Llarena— y aplicará finalmente, siempre que el pronunciamiento sea claro e incontestable, la amnistía a Carles Puigdemont y al resto de políticos catalanes encausados en 2017. Si esto efectivamente es así, significará que el 130.º president de la Generalitat y el resto de exiliados, los exconsellers Lluís Puig y Antoni Comín, podrán regresar a Catalunya sin ningún miedo de ser detenidos nueve años después de haberse marchado para evitar el castigo en forma de encarcelamiento que sí sufrieron el resto de dirigentes de JxCat —entonces PDeCAT— y ERC que se quedaron. El exilio ha sido, aun así, una pena tanto o más dura que ver pasar la vida entre barrotes y ahora por fin todos juntos podrán pasar página de la pesadilla.
Pero, ¿a qué se debe este cambio de posición tan repentino de un TS que hasta hace cuatro días había hecho casus belli de la persecución al exalcalde de Girona? No se conoce el caso de ningún magistrado en España que haya desobedecido al TC y, por lo tanto, todo haría pensar que esta vez tampoco pasará, pero como en la causa del referéndum del Primer d'Octubre han sucedido tantas cosas anómalas, hasta el punto de que la mayoría de los jueces que han intervenido en ella se han dedicado a prevaricar directamente con absoluta impunidad, no puede darse nada por hecho hasta que realmente no se produzca. Esta vez, no obstante, y a pesar de todas las prevenciones, da la impresión de que será la definitiva y de que Carles Puigdemont sí que podrá volver a casa con total libertad. La clave está en la decisión que debe tomar la próxima semana el TC de considerar plenamente constitucional y ajustada a la ley la amnistía por el supuesto delito de malversación, a partir de los recursos presentados por los encausados y condenados a quienes hasta ahora el TS todavía no se la había aplicado.
Este movimiento tiene que desencadenar una serie de actuaciones que, si nada se tuerce otra vez, deben desembocar en el levantamiento, por un lado, de la orden de detención del 130.º president de la Generalitat y de los exconsellers Lluís Puig y Antoni Comín si ponen los pies en Catalunya y, por otro, de la inhabilitación que pesa sobre Oriol Junqueras, Jordi Turull, Dolors Bassa y Raül Romeva. Ahora bien, ¿alguien se cree que jueces como Pablo Llarena o Manuel Marchena, que desde el primer momento han retorcido el derecho de tal manera, con mentiras, inventos y todo tipo de falsedades, solo para incriminar a los actuales dirigentes de JxCat y ERC, no habrían encontrado otra artimaña para continuar en la misma línea y harán lo contrario de buen grado? Más bien da la sensación de que una indicación u otra deben haber recibido para que lo dejen estar. ¿Pero por qué y de quién? Después de nueve años de ausencia, ahora resulta que todo el mundo se ha dado cuenta, o cuando menos lo piensa, de que Carles Puigdemont es el único que puede frenar el ascenso de un fenómeno que tiene a todos con el corazón en vilo: el crecimiento fulgurante de Aliança Catalana.
El ascenso por ahora imparable del partido de Sílvia Orriols va camino de convertirse en una enmienda a la totalidad del sistema político que impera en España desde la Transición, y de ahí que se hayan encendido todas las luces de alarma y se haya activado el único mecanismo que parece que le puede plantar cara
Para hacerlo, o como mínimo para intentarlo, hace falta que pueda presentarse a las próximas elecciones catalanas, que tocan en 2028, en igualdad de condiciones que el resto de candidatos y que pueda competir cara a cara con Sílvia Orriols. Y esto desde el exilio no puede hacerse porque, a pesar de que desde 2017 se ha presentado a otras elecciones, ya se ha visto que no es lo mismo. Porque, tal como están las cosas, lo que intuye todo el mundo, más allá de que lo digan o lo insinúen las encuestas, es que el partido de la alcaldesa de Ripoll recogerá votos no solo de JxCat, sino de todo el resto de fuerzas, de ERC, de la CUP, de los Comuns y también del PSC, del PP y de Vox, además de la abstención, que conviene no olvidar que es una bolsa muy importante porque es a donde fueron a parar los independentistas que en 2024 quisieron castigar precisamente a las formaciones de Carles Puigdemont y Oriol Junqueras. Dicho de otro modo, la subida de Aliança Catalana no es cosa solo de JxCat, los afecta a todos, porque pone en cuestión el marco partidista que, tal cual una balsa de aceite entre españolistas y procesistas, opera en Catalunya después del 2017 y amenaza con dinamitarlo.
Es más, el ascenso por ahora imparable del partido de Sílvia Orriols va camino de convertirse en una enmienda a la totalidad del sistema político que impera en España desde la Transición —el llamado régimen del 78—, y de aquí que se hayan encendido todas las luces de alarma y se haya activado el único mecanismo que parece que le puede hacer frente. Para quien todavía no se lo crea, basta con que tome en consideración un hecho que fuera de la política sería pura coincidencia, pero que dentro no lo es porque en política las casualidades no existen: Carles Puigdemont y —¡atención!— José María Aznar saltando el mismo día a la yugular de Aliança Catalana. Ocurrió el miércoles de la pasada semana. Por un lado, el 130.º president de la Generalitat censuró —y con toda la razón— el error monumental de la formación de la alcaldesa de Ripoll de apoyar una propuesta de Vox para reconsiderar la sanción que el Parlament había impuesto a su portavoz, Joan Garriga, por haber calificado a Lluís Companys de "asesino" y reivindicó "el compromiso histórico del catalanismo con la causa de la democracia". Por el otro, el expresidente del Gobierno responsabilizaba a Pedro Sánchez de la subida de Aliança Catalana y la definía como "la versión más xenófoba del independentismo".
Con palabras diferentes, pero el fondo del mensaje es el mismo. De extrema derecha, racista, xenófoba, fascista, nazi... es como la han tildado hasta ahora, pero de momento con el resultado contrario al pretendido. Lo cual significa que la descalificación todavía subirá más de tono. Y en este escenario es especialmente significativo que, justo después de conocer que tanto el TC como el TS lo amnistiarán y que, por lo tanto, podrá volver a Catalunya cuando quiera, el exalcalde de Girona se haya lanzado con armas y bagajes contra Sílvia Orriols y su formación. Es el preludio de la larga campaña electoral en la que se sumirá Catalunya cuando Carles Puigdemont y Oriol Junqueras puedan volver a hacer política sin restricciones una vez amnistiados. Será curioso e interesante ver cómo los futuros candidatos de JxCat y ERC a la presidencia de la Generalitat pugnarán a la desesperada esta vez no entre ellos, sino contra la alcaldesa de Ripoll, como lo harán también el resto de partidos, con Salvador Illa al frente como aspirante a la reelección por el PSC. Promete ser una campaña de alto voltaje.
El 130.º president de la Generalitat, pues, podrá regresar por fin y, a la vista del calendario, parece que en Navidad estará en casa y que, después de nueve años de exilio, podrá celebrarla en familia, con unos buenos turrones como marca la tradición. Desde el punto de vista personal será una gran noticia, largamente esperada, que nadie podrá dejar de celebrar. Políticamente es otra cuestión, porque genera muchas incógnitas que merecen un análisis propio y detallado. Volverá a casa por Navidad, sí, pero ¿y entonces qué?