La lingüista Blanca Serra Puig entró en la plaza Sant Jaume sentada en la silla de ruedas que empujaba el cantautor Lluís Llach. Puño en alto y pancarta de independencia en la otra mano. Una mujer de 83 años empujada por un hombre de 78 que, pudiendo estar tranquilamente retirado, ha cambiado los micrófonos de los conciertos por los de la presidencia de la Assemblea (ANC). Dos referentes de país manifestándose con firmeza. Tirando del carro. La imagen de la calle Ferran de Barcelona impacta. Esteladas a patadas, gente de lado a lado, cánticos contra Renfe y a favor de la libertad de nuestro país. La rampa que sube, empieza a vislumbrarse el escenario y Lluís que rompe filas, sale de la pancarta —por debajo— y pide ser quien lleve a Blanca hasta las puertas del Palau de la Generalitat.
El presidente del Consell de la República (CR), Jordi Domingo, hace un discurso impecable y alentador. La plaza hierve. De aquí a un tiempo, cuando lo viéramos en perspectiva, quizás sabremos darle al texto el aire refundacional que transpira. El abogado, otro hombre de país, a sus 75 años y con la vida solucionada, ha cambiado una plácida jubilación haciendo de abuelo para ponerse al frente de la única institución que bebe directamente de aquel 1 d'Octubre de 2017, hito del cual siempre deberíamos sacar pecho. Porque sí, como declamó en su parlamento, es deshonesto denunciar solo los efectos pero no la causa de estos problemas que arrastramos como nación, que empiezan por los trenes y acaban en la enseñanza, pasando por la sanidad, la cultura o el campesinado. Y pienso, también, que sería deshonesto rendirnos cuando personas como ellos —Blanca, Lluís y Jordi—, que han sufrido exilio y represión franquista, nunca han dejado de luchar.
La ciudadanía de Catalunya está maltratada. Cuarenta años de autonomismo —sumados a los otros cuarenta de dictadura— nos han llevado al colapso y lo que estamos viendo es solo —y aún— la punta del iceberg. A ninguno de nosotros nos van bien los trajes o camisas de hace 40 años y los pantalones ya no nos entran. No podemos poner más parches, ni remiendos. Ni mucho menos permitir que quienes nos han descosido y abandonado, vengan ahora a fingir que nos pueden coser y hacer patrones modernos. Pongamos hilo a la aguja: tenemos que cambiar todo el armario, necesitamos ropa nueva y tenemos que comprárnosla nosotros, a medida. No que otro la elija en nuestro nombre. Basta de estar dormidos bajo la losa infumable del autonomismo que nos expolia y nos menosprecia.
La manifestación del sábado por la mañana, convocada por la ANC y el CR, es un punto de inflexión. Y la táctica de algunos de intentar empequeñecer el independentismo con una segunda manifestación fue un error estratégico
La manifestación del sábado por la mañana, convocada por la ANC y el CR, es un punto de inflexión. Y la táctica de algunos de intentar empequeñecer el independentismo con una segunda manifestación fue un error estratégico. Querían diluir las esteladas y las hubo mañana y tarde. Querían, torpemente, contraponer usuarios y nacionalistas, y la jugada no les salió bien. Siento decirlo pero los convocantes de la manifestación de la tarde (que no significa todos los que acudieron) parecía que no querían tanto solucionar el problema como evitar que el independentismo liderara el rechazo contra Rodalies. Y os lo dice una exportavoz de la Plataforma Trens Dignes a l'Ebre, que conoce un poco el tema. Dedicaron más esfuerzos a contrarrestar la convocatoria de la mañana que a atacar al Estado español, verdadero culpable de la situación.
La Guardia Urbana de Barcelona, a las órdenes de Collboni, contó 8.000 personas por la mañana (Santa Lucía les conserve la vista) y 3.000 por la tarde. Qué justa debió ir la cosa porque incluso una policía nada susceptible de ser soberanista dio datos que demuestran que la protesta independentista casi triplicó la de los supuestos usuarios. Y eso que muchas personas repitieron por la mañana y por la tarde (Òmnium, CIEMEN, Intersindical, algunos partidos políticos...), cosa que al revés no pasó (no porque no se les invitara, por cierto). Las cifras siempre son un baile —y sabemos que éramos decenas de miles—, pero, si nos quedamos con la progresión, es de 3 a 1. Además, hay que tener en cuenta que la Plataforma pel Transport Públic (PTP), principal convocante de la contraprogramación (y que tiene más de lobby y de empresa que de usuarios autoorganizados), presumía de tener más de un centenar de entidades adheridas y de ser (presuntamente) apolítica y transversal, y se usaban estos adjetivos como contraposición peyorativa a la que se convocó primero y que reclamaba un nuevo Estado para mejorar la vida de la gente.
De nuestra lucha por una sociedad mejor os beneficiaréis también los constitucionalistas. No seáis cabezotas, dejad las banderas, misales y luchas cainitas y, sin esteladas, subíos al carro de un país mejor para todos. A ojos de España sois catalanes porque vivís aquí y os tratarán como tales, como a una colonia, aunque los votarais y les riérais las gracias o aunque, sin votarlos, os desmarcarais de la aspiración nacional. En nuestro país no es que haga falta ser independentista para reclamar trenes dignos (o sanidad y enseñanza), es que la independencia es la única vía para lograrlos, tengas la ideología que tengas. Ser españolista en Catalunya también penaliza. En 2017 declaramos la independencia, pero no supimos hacerla efectiva. El precio de aquel encogimiento está siendo más caro que el sostenimiento de la acometida. Con el Estado represor no sale a cuenta bajar los brazos, ni pactar con él. Aprendamos la lección. El sábado volvimos a ser quienes éramos. Quienes somos. ¡Volvámonos más fuertes y vía fuera!
