Esta es la premisa de la obra Perfectes desconeguts, dirigida por David Selvas en el Poliorama y con una estupendísima Marta Bayarri. He visto las películas: la italiana, dirigida por Paolo Genovese, y la versión española de 2016, y siempre es una obra que te interpela sobre cuán frágiles son nuestras relaciones. La coherencia de cuán diferente es la vida que se puede explicar de la íntima. El tema de la homosexualidad es el único que no está envejeciendo bien en la trama. El resto no pasará nunca de moda. Only a Woman's Heart, decía la canción de Eleanor McEvoy. Es verdad que nunca (nunca) podrás saber del todo qué esconde el corazón de una mujer. Y seguramente tampoco el de un hombre. Porque, aunque parezca que lo compartimos todo bastante, no es siempre así del todo. Siempre está ese rinconcito, no por secreto, sino por vergüenza o comodidad. Lo que hay que hacer para seguir siendo fiel a uno mismo y seguir siendo feliz con los demás.
Pero a los niños les tienes que explicar que no pueden tener algunos tipos de secretos; por eso es tan importante el libro que acaba de escribir Carla Vall: Sança sense secrets. Cené con ella en la gala de People in Red Barcelona y compartimos, aparte del maridaje, algún secreto. Una cena deliciosa, no solo por la comida de Nandu Jubany y los vinos de Martín Faixó, sino porque descubrí a una mujer que, aparte de inteligente y valiente, es también muy, pero que muy fuerte. La gala de la Fundació Lluita es muy inteligente: las infecciones que provocan tantas muertes a escala mundial no entienden de edades ni de condiciones sociales. Y me gusta que los catalanes nos arreglemos para una buena causa. Aunque la realidad es que también desgrava. La propia web informa de ello y se pueden hacer los donativos todo el año. Aunque lo que más se luce es el photocall. Esta edición es en la que hemos visto más rojo, y "eso que no estaba en el dress code", me dice su directora, Laura Duran. No sé cómo serán en la vida privada, pero Martina Klein y Corretja bailaban solos y con una complicidad mágica hasta que les apagaron la música en el MNAC. Hace unos años que pienso que con el amor de tu vida es mejor no tener hijos, pero hay excepciones, y las celebro enormemente.
Aunque parezca que lo compartimos todo bastante, no es siempre así del todo; siempre está ese rinconcito, no por secreto, sino por vergüenza o comodidad
He dejado de mostrar muchas cosas de mi vida privada en las redes. Porque parecía que todos esos regalos eran gratis, pero no lo eran. Tenías que mostrar tu día a día. Hasta que la intimidad se convierte, por fuerza, en pública y sientes que no tienes ese rincón donde nadie te ve. Pero hay momentos que no se pueden esconder, por mucho que queramos. Como el de Rosalía diciendo que se va "por las patillas" en el concierto de Milán. Shakira criticando abiertamente a Piqué. La información es poder y, entonces, la gente opina, siempre desde sus gafas vitales. Con la muerte por eutanasia de Noelia, hemos visto cómo las redes se llenan de gente hablando de cosas que no sabemos. Hablar por hablar, ese programa que yo era demasiado pequeña para escuchar y en el que me enamoré de Gemma Nierga. Pero claro, mejor eso que pensar en eso del bebé de seis semanas, sobre si sus padres abusaron de él o no. O las mujeres lapidadas que no podrán explicarse nunca. Y en el mismo plano de los vestidos de la MET Gala, te salen los no derechos de las afganas que viven en casas de los horrores que no podrán enseñar nunca. Pero como todo pasa tan y tan rápido, la pena te dura tanto como el próximo reel.
Ahora todos presumimos —si es que se puede presumir de eso— de ser un TDAH de manual. Tengo la sensación de que, si antes la promoción de un libro duraba un año y después se redujo a la mitad, en este 2026 no dura ni un par de meses, con mucha suerte. Es como si tuviéramos que llenarnos de cosas, de sensaciones, de imágenes, de personas, para no conectar con nosotros mismos. También hay historias bonitas que resisten el paso del tiempo, como el 65.º aniversario de un negocio familiar que viste los eventos, como Dassler. Pero parece que ahora, que bebemos menos alcohol, igualmente necesitamos atontarnos para no escuchar nuestra voz escondida. La evitación experiencial —como la ha denominado Steven Hayes— es intentar controlar lo que sentimos: no quejarnos, no mostrarnos vulnerables, el "yo puedo con todo", relativizar siempre porque tienes miedo de quedarte en el malestar. Porque escapar del dolor no significa que todo esté bien. Pero, claro, visto cómo está el mundo, dices: "por favor, ¡que me quede donde estoy!". Con la edad, no solo nos gustan más los amargos, sino que también nos volvemos más amargos si nos vamos amargando por las cosas y no nos damos algún capricho para endulzarlo. O un poco de sal. O de pimienta. O de picante, para quien no le siente mal. Y no estoy hablando de sabores, sino de gustos. Pero, claro, que todo esto no se vea de cara a la galería. Porque todos necesitamos, en el fondo de nuestro móvil, un lugar donde ocultarlo.