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Europa ha vuelto a dar la razón a Catalunya. El TJUE ha avalado el grueso de la ley de amnistía: no perjudica los intereses financieros de la Unión y no vulnera la directiva europea contra el terrorismo. No es una victoria menor ni técnica. Es la derrota de un relato construido durante años: que el independentismo era una anomalía ilegal, que la amnistía era una aberración y que Europa acabaría validando la represión española. Pero Europa ha dicho que la amnistía puede ser un instrumento legítimo de reconciliación política y social. También ha descartado que sea aquella "autoamnistía" ilegal que derecha, ultraderecha, jueces, fiscales y tertulianos proclamaban sin cesar.

El Tribunal de Cuentas quería convertir el 1 de Octubre en un perjuicio para los fondos europeos. Luxemburgo responde que no había fondos de la Unión afectados. Otra construcción española que no resiste cuando sale de sus fronteras. La Audiencia Nacional había convertido a los CDR en terrorismo. El TJUE responde que la normativa europea no impide amnistiar esos hechos. En España, terroristas. En Europa, ciudadanos que pueden ser amnistiados. Esta es la distancia.

La lista viene de lejos. Alemania descartó la rebelión. Bélgica no ejecutó las euroórdenes. Italia dejó a Puigdemont en libertad. Europa reconoció los escaños que España les negaba. Y ahora avala la amnistía. En febrero, el TJUE también anuló la retirada de la inmunidad de Puigdemont, Comín y Ponsatí porque el procedimiento europeo no había sido imparcial. Una nueva enmienda a la forma española de administrar la causa catalana.

Si Catalunya siempre es el problema en España y casi nunca en Europa, el problema se llama España

Cada vez que hay un árbitro europeo imparcial, el balance esencial es innegable. Cada vez que la causa sale del circuito político, mediático y judicial español, el relato del Estado se debilita. Y eso obliga a formularse una pregunta muy sencilla. Si lo que en España es rebelión, sedición, terrorismo, malversación, fraude, golpe de Estado y ruptura de la democracia, en Europa no lo es, ¿dónde está realmente el problema? Quizás el problema no era Catalunya. Quizás no eran las urnas, los exiliados, los manifestantes, los cargos electos ni una ley votada en el Congreso. Quizás el problema es un Estado incapaz de tratar un conflicto político como político.

El problema es España cuando inventa delitos o los fuerza. Cuando confunde unidad con democracia. Cuando convierte la discrepancia territorial en enemigo interior. Cuando usa jueces para obtener lo que no ha ganado en las urnas. Y también son parte del problema todos los que lo saben y lo disimulan. Los que todavía dicen que Europa no ha dicho nada. Los que convierten cada victoria catalana en un matiz y cada revés en una condena definitiva del movimiento. Nos llamaron fugados, golpistas, supremacistas y terroristas. Nos aseguraron que viajaríamos detenidos por toda Europa y que Luxemburgo certificaría la gran mentira del procés. Han pasado nueve años y la realidad los desmiente.

La sentencia de hoy no aplica automáticamente la amnistía a todo el mundo ni elimina la resistencia del Supremo. Pero deja esa resistencia más despojada: ya no puede protegerse detrás de Europa porque Europa acaba de desmontar sus argumentos. Hoy toca decir victoria. Sin complejos y sin exageraciones. Otra victoria en Europa y otra derrota del relato del Estado. Si Catalunya siempre es el problema en España y casi nunca en Europa, el problema se llama España.