Me siento a escribir estas líneas después de una serie de días escuchando argumentos, opiniones y también disparates en torno al episodio de disturbios y pillaje por parte de chicos muy jóvenes en el centro de Barcelona. Querría acercarme a las principales maneras de ver lo que ocurrió el pasado sábado. Intentaré hacerlo evitando entrar en el fangoso terreno del aprovechamiento político y partidista del asunto. No es lo que ahora me interesa. La licuadora de la política, ya se sabe, todo lo engulle, sea el bar Zurich quemando como una tea o las decenas de víctimas mortales del terrible choque ferroviario en Castilla-La Mancha. Con relación al altercado de Barcelona, existen, grosso modo, dos grandes posiciones. Por un lado, los que insisten en que quien la hace la paga, y que a estos chicos, sean menores o no lo sean, les tiene que caer encima todo el peso de la ley. Han atentado gravemente contra la sociedad y es justo que sean castigados. Y, si no ellos, sus familias. Lo que no han aprendido en casa o en la escuela se lo tendrá que enseñar la justicia. En el extremo de esta posición encontramos a los que se lamentan porque, dicen, la ley es demasiado blanda y los que reclaman deportar a todos los implicados que provengan de la inmigración. En el punto de vista opuesto se sitúan los que ponen el foco en intentar encontrar las causas, los que se preguntan qué hace que un pequeño ejército de chavales enloquezca y cometa un cúmulo de auténticas salvajadas. El extremo aquí lo habitan los que rousseaunianamente creen que, quizás, todo esto hay que entenderlo como una realidad opresiva y una sociedad incapaz de ofrecer un futuro como es debido a los más jóvenes.
Ambas posiciones dan vueltas a obviedades: está clarísimo que los gamberros tienen que recibir un castigo, como es innegable que todo acto tiene unas causas o motivos. Pero intentemos ir, en la medida de lo posible, un paso más allá. Personalmente, tengo la impresión de que nos encontramos ante el resultado de una combinación de cosas nuevas y cosas viejas. De factores de siempre y factores mucho más recientes y complejos.
Por ejemplo, me parece que no se ha hablado mucho de la enorme excitación que proporciona la violencia, el desahogo testosterónico, la transgresión desatada y ciega. Más aún si esta es grupal y gratuita. La violencia de Barcelona es una violencia ejercida no por un individuo aislado, sino en comunión con la multitud, por una persona que experimenta el placer de fundir su voluntad con la del colectivo. También es una violencia sin ton ni son y, por lo tanto, mucho más embriagadora. Mucho más que cuando la violencia se usa para defenderse o al servicio de un objetivo u otro determinado. En Barcelona, el objetivo de la violencia era la violencia. Cuando la violencia no es un medio o instrumento, sino un fin en sí mismo, como es el caso, entonces es cuando resulta auténticamente embriagadora. Hablo de lo que siempre se ha llamado "violencia gratuita". No es nueva, sino más vieja que Matusalén. Forma parte de nuestros instintos, está insertada en la naturaleza humana.
En Barcelona, el objetivo de la violencia era la violencia
En segundo lugar, diría que el malestar de los jóvenes es algo que existe también desde cuando vivíamos en cuevas. Lo que sí es nuevo, en cambio, es el "tipo" de malestar. En consecuencia, si intentamos acercarnos provistos de las categorías tradicionales, con las gafas antiguas, nos equivocaremos. Claro que los jóvenes de hoy no tienen nada que envidiar, en cuanto a las condiciones materiales, a las de sus abuelos, que fueron los niños y las niñas de la posguerra. Muchos de aquellos niños pasaron hambre, no pudieron seguir sus estudios y desde pequeños tuvieron que trabajar de lo que fuera para ayudar en casa. La generación posterior, la mía, la de los padres de los gamberros, la generación que creció durante la Transición a la democracia, vivió mejor que nuestros padres, sin duda, y me parece que bastante peor —repito, según la vara de medir convencional— que nuestros hijos. Por lo tanto, nos encontramos ante un malestar y unas angustias y unos sufrimientos nuevos, y que seguramente conecten de algún modo con un fenómeno que conoce cualquiera que haya pisado un aula en los últimos tiempos: la multiplicación de las afecciones psicológicas de distinto tipo y gravedad entre adolescentes y jóvenes.
El último elemento que querría resaltar también es nuevo; quiero decir que pertenece a este nuestro siglo XXI. Hablo de internet, las redes sociales y las aplicaciones de mensajería. De la digitalización. Hoy no solo es muy sencillo y prácticamente gratis llegar a un público masivo, sino que, como es el caso, se puede hacer de forma perfectamente anónima. Y como se puede llegar masivamente a la gente —en este caso, a adolescentes y jóvenes—, es fácil encontrar voluntarios dispuestos a cualquier cosa, desde la más positiva y edificante hasta la más nociva y reprobable. Además, no hace falta que uno incite a la criminalidad desde un lugar concreto. Puede convocar a destrozar Barcelona desde la propia Barcelona, pero también desde Madrid, Moscú o cualquier otro punto del planeta Tierra. En el caso de la capital de Catalunya, las redes sociales —como TikTok— difundieron una primera llamada y, a continuación, dirigieron a los interesados a grupos de mensajería, a los que solo se puede acceder por invitación. Luego, llega el día, la hora y el lugar donde reunirse y actuar. En Barcelona fueron unos quinientos, según las crónicas. La combinación de multitud, transgresión y violencia es un cóctel de lo más embriagador cuando se tienen pocos años y aún menos conocimiento. Que las redes permitan exhibir la "gesta", la canallada, el espectáculo, en definitiva, urbi et orbi, constituye la propina emocional. Una enorme gratificación, deleite añadido al deleite.
