Hay una frase en la paremiología catalana que resume el poder de las fiestas de estos días: “las costumbres arraigan más que los robles”. Arraigan más que los robles y mucho más que los motivos que las crearon. Quizás nacieron de la fe religiosa, o de un acontecimiento importante que dejó huella en la memoria colectiva, o tal vez fue la azarosa persistencia de una acción cotidiana que el tiempo convirtió en permanente. Es la fuerza del ritual, el poderoso atractivo de la tradición esculpida generación tras generación, vivida en comunidad.
A veces son costumbres que pertenecen al círculo vital más íntimo y, en consecuencia, nos forjan el primer elemento de identidad. No hay nada más fuerte, más profundo que los rituales que se repiten en el seno de una familia, y que se convierten en un rasgo singular, un acento propio. La familia es la narrativa primera, el primer lenguaje de nuestra prosa vital. Y por eso mismo, una costumbre familiar es un hecho litúrgico, casi sagrado. Al mismo tiempo, estas costumbres privadas se interrelacionan directamente con las tradiciones del segundo círculo vital, el que vivimos en sociedad. Por ejemplo, todo el mundo tiene su plato especial de Navidad, ese caldo de mamá, que ya es abuela y bisabuela, y cuya receta ya está en manos de la siguiente generación: la tradición colectiva de Navidad y la tradición privada del caldo de casa, amplificando el sentido de identidad. Y finalmente, si procede, hay un tercer círculo vital que tiene que ver con los rituales religiosos, nacidos de la persistencia secular de la fe. En otros casos, los rituales son laicos, vinculados al compromiso ético, pero igualmente trascendentes. En este triplete de costumbres familiares, tradiciones sociales y rituales de creencias, fundamentamos el sentido de nuestra convivencia.
Vivir la tradición nos da seguridad porque nos enlaza a una gente, a una tierra, a una cultura y, al pertenecer a alguna realidad sólida, olvidamos la enorme soledad de la muerte
La tradición es identidad, tanto cuando se reduce al cobijo del hogar, como cuando se amplifica con la grandilocuencia de los hechos colectivos. Repetir, acostumbrarse, ritualizar, vivir la tradición nos da seguridad porque nos enlaza a una gente, a una tierra, a una cultura y, al pertenecer a alguna realidad sólida, olvidamos la enorme soledad de la muerte
La Navidad es esto, una tradición secular que enlaza familia, sociedad y cultura, y de aquí nace su poder magnético. Pero también es el legado de una fe religiosa que, más allá de la creencia individual, nos ha aportado unos valores de enorme profundidad. Somos culturalmente cristianos, con independencia de la mucha, poca o nula relación con la idea de Dios que cada uno tenga, y esta identidad forjada con el legado de Cristo —que a su vez viene del legado judío— tiene una extraordinaria carga de humanidad. De aquí vienen los valores occidentales que nos trajeron la Ilustración, la Carta de Derechos Humanos y el modelo de sociedad democrática: es el no robarás, el no matarás, el amor al prójimo de la ley de Moisés...
La Navidad es exactamente eso, la fiesta de la civilidad. Por eso nos reunimos, festejamos, regalamos, volvemos a casa los que estamos lejos, porque le damos valor a lo que somos cuando compartimos y nos compartimos. La misma metáfora del niño que nace para amar a la humanidad y acaba muriendo por ella, nos explica el sentido de amor que significa la Navidad, y el mensaje de compromiso con los demás que representa. Y es precisamente por eso mismo, porque es una tradición llena de civilidad y convivencia, que es tan criticada, despreciada y a menudo atacada. La Navidad es Occidente, es la tradición judeocristiana y el legado de Jesús, y su valor religioso es tan profundo como la carga de valores civiles que representa. Las críticas furibundas de determinadas izquierdas extremas, el desprecio de los relativistas morales y el odio del islamismo radical, todo converge en un mismo objetivo: ridiculizar, reducir o incluso destruir los valores occidentales que nos identifican. No es casual que haya tantos ataques contra mercados navideños en Europa: lo hacen porque saben que la Navidad se encuentra en el corazón de nuestra identidad.
Feliz Navidad y felices fiestas.