Hay momentos en la vida que llegan con una precisión casi cruel. Aquel trabajo soñado que te proponen justo cuando acabas de cambiar toda tu vida para aceptar otro. Cuando por fin llueve y es el día de tu boda sin plan B. El amor que aparece cuando, por fin, has decidido estar sola. El viaje de tus sueños cuando no tienes ni tiempo ni dinero para hacerlo. No siempre el problema es el qué. A veces es el cuándo. La vida tiene una especie de reloj invisible que no siempre coincide con el nuestro. Hay cosas maravillosas que llegan demasiado pronto, cuando todavía no estamos preparados para recibirlas. Y otras que llegan demasiado tarde, cuando ya hemos aprendido a vivir sin ellas. Es como una playa en invierno: preciosa y fría. O como cuando, a finales de verano, después de semanas de calor, solo deseas que llegue el otoño. Las mismas cosas que en otro momento nos habrían hecho felices pueden llegar cuando ya no las necesitamos. También pasa cuando viajas. Llegas a un país completamente distinto y necesitas unos días para acomodar la mirada. No es que el lugar no sea fascinante; es que tus ojos todavía no saben verlo. O cuando el jet-lag te roba las primeras horas de una aventura que habías imaginado perfecta. El cuerpo también tiene su propio calendario. Hay momentos en que, como dice aquella expresión tan poco elegante, pero tan real, te tienes que meter el orgullo por el culo. Aceptar que la vida no sigue el guion que habíamos escrito. Que a lo mejor aquella oportunidad era extraordinaria, pero no era el momento.
Con los vinos ocurre exactamente lo mismo. Hay botellas que se abren demasiado pronto y decepcionan porque todavía no han tenido tiempo de mostrar todo lo que llevan dentro. Vinos jóvenes, impacientes, que necesitaban más guarda, más silencio, más años. Y también hay botellas que esperan demasiado, que pasan su mejor momento y que ya no pueden expresar aquella grandeza que prometían porque se han oxidado. Como las relaciones. Personas que llegan cuando todavía estamos rotos por una historia anterior. Personas maravillosas que aparecen cuando nuestro corazón todavía está ocupado. Relaciones de rebote que, por mucho que la otra persona sea especial, tienen difícil crecer porque, emocionalmente, todavía vivimos en otro sitio.
Hay cosas maravillosas que llegan demasiado pronto, cuando todavía no estamos preparados para recibirlas. Y otras que llegan demasiado tarde, cuando ya hemos aprendido a vivir sin ellas
También existen los brindis antes de tiempo. Aquel proyecto que celebras antes de que esté firmado, aquella noticia que das por segura y que luego se desvanece. La ilusión es humana, pero la vida nos recuerda a menudo que no hay que sacar el tapón antes de que la botella esté preparada. O que tengamos el dedo de seguridad para que el tapón del espumoso no nos hiera con su presión atmosférica. Pues la gastronomía también tiene su tempo. Un arroz con cinco minutos más de cocción puede pasar de perfecto a pasado. Un cava servido demasiado caliente pierde el equilibrio de su acidez. Una masa fermentada necesita su tiempo; un buen guiso no tiene prisa. La cocina nos recuerda que casi todo lo que vale la pena necesita una espera. Que el tiempo no respeta lo que se hace sin él. Quizás por eso me sigue emocionando tanto La La Land. Porque habla de aquellas historias de amor que fracasan no porque no haya sentimiento, sino porque el momento no acompaña. De aquellas personas correctas que llegan en un momento incorrecto. Nos enseña una idea difícil de aceptar: querer a alguien no siempre significa poder compartir la vida con aquella persona. Que hay amores inmensos que no encuentran su espacio. Que dos personas pueden quererse y, a pesar de ello, caminar en direcciones distintas. Porque amar también es aprender a convivir con las diferencias, construir y crecer juntos. Pero la realidad es que no basta con amar. El momento, las circunstancias y el lugar emocional en el que nos encontramos determinan muchas veces el futuro de una relación. Quizás una parte de nuestra infelicidad no venga solo de lo que nos pasa, sino de cuándo nos pasa. Como las grandes botellas, que no solo necesitan calidad, sino el momento exacto para abrirse. Porque incluso el mejor vino del mundo puede perder su magia si no llega a la copa en el momento adecuado. Y quizás la sabiduría de la vida consista, precisamente, en entender que no todo lo que no llega cuando nosotros queremos está perdido. Algunas cosas, simplemente, esperan su tiempo. Y otras nos enseñan que, aunque fueran maravillosas, no eran para nosotros, al menos, en aquel momento.