Hay confesiones que cuestan más que admitir un fracaso profesional, una ruptura o una decepción. La mía es esta: tengo miedo de conducir. Me da un poco de vergüenza explicarlo porque, en teoría, soy una mujer autónoma, empoderada y todo eso. He estudiado, he vivido en el extranjero, he criado dos hijos, he tomado decisiones importantes y he afrontado retos que nunca habría imaginado. Pero hay algo que sigue bloqueándome: ponerme al volante de un coche. Y en épocas como esta, en verano, que la gente quiere quedar en tal cala o hacer una escapadita, todavía se nota más el hecho de no conducir. No he tenido ningún accidente que justifique este terror. Eso sí, quizás alguien me ha traumatizado de tanto criticarme... O es simplemente que me domina el miedo a hacer daño a los demás. Tengo la sensación de que soy lenta de reflejos, despistada, demasiado insegura y poco ágil. Las últimas veces que he conducido, los hombros se me subían hasta tocar las orejas y cada maniobra se convertía en un examen. Todavía hoy, a veces, necesito un segundo para recordar cuál es la derecha y cuál es la izquierda y, sin ser tan católica, ¡tengo que hacer la señal de la cruz para diferenciarlas!

Quizás todo empezó el día que aprobé el carné… ¡en la novena convocatoria! La teórica la aprobé a la primera, pero el práctico fue una sucesión de nervios, errores absurdos y bloqueos. Había días que ni siquiera conseguía arrancar el coche o me olvidaba de quitar el freno de mano. Aprobé el examen el día que estaba tan pendiente de otro aspirante que conocía, que por fin, dejé de vigilar obsesivamente todo lo que se suponía que tenía que hacer. Estaba tan triste porque él había suspendido, que me olvidé de mí y me salió en automático. La inseguridad, sin embargo, no desaparece ni cuando te dan el carné.

Recuerdo la primera vez que salí con una amiga con mi Clio de segunda mano. Llevaba más de media hora y no era capaz de aparcar. Le pregunté si se avergonzaba de mí. Me respondió que nunca. Acabé pidiendo al vigilante del parking que me aparcara el coche. Todavía hoy, cuando veo a alguien bloqueado intentando aparcar mientras detrás de él se acumula una cola de coches impacientes, no pienso que sea un mal conductor. Pienso que probablemente está luchando contra la misma voz interior que yo. Mis amigas, sin embargo, cuando no consiguen aparcar a la primera, se marchan. Las mujeres siempre tenemos esa sensación de que molestamos, de que mejor abandonar para no incomodar, de que ya encontraremos otro más cómodo para todos. A pesar de que el "mejor para todos" raramente exista.

La amaxofobia —el miedo intenso a conducir— afecta a más mujeres que a hombres

Durante los años que viví entre los viñedos del Véneto y la Toscana, conducía casi cada día porque no tenía alternativa y hacíamos unos mil kilómetros cada fin de semana. Pero también fue allí donde empecé a oír frases que, dichas con aparente naturalidad, acaban erosionando cualquier confianza. "Conduces demasiado despacio. Deja, ya conduzco yo". Hay comentarios que parecen insignificantes, pero que te hacen renunciar, poco a poco, al volante. Y no solo al del coche. "Conduces fatal", y tú también ríes y dices que es verdad, pero, poco a poco, acabas por ni intentarlo. Después llegan las justificaciones. Que si el transporte público es más cómodo. Que así puedes leer, contestar correos o escuchar música. Todo esto es cierto. Me encanta el metro, el tren y los autobuses. Pero también es verdad que, mientras yo aprovecho el trayecto, alguien más acostumbra a llevar el volante y decidir la ruta.

La amaxofobia —el miedo intenso a conducir— afecta a más mujeres que a hombres. No porque conduzcamos peor. De hecho, las estadísticas a menudo indican lo contrario, cuando se trata de accidentes graves. La diferencia es que muchas mujeres hemos aprendido a dudar más de nuestras capacidades. Nos cuesta más confiar en que seremos capaces de reaccionar bien y, cuando fallamos, convertimos el error en una etiqueta. Los anuncios de tráfico tampoco ayudan. Entiendo que quieren generar impacto para los que no piensan en los demás, pero a mí todavía me dan más razones para no volver a la carretera. Cada campaña me recuerda que una distracción puede destrozar una vida. Cuando adelanto una moto, sudo. Cuando aparco, apago la música para concentrarme. Si conduzco de noche, la tensión se multiplica. Alquilar un coche se convierte en un thriller psicológico. Es cierto que vivir en Barcelona me permite aplazar este miedo. El transporte público funciona bastante bien para que no conducir no sea un gran obstáculo. Pero también sé que esta comodidad tiene un precio: depender de los horarios y, a menudo, de las otras personas. No querría que mi hija heredara este miedo, igual que yo lo heredé, en parte, de mi madre, que también se sacó el carné, pero casi nunca ha conducido. Antes de morir, mi abuela materna María me confesó que una de las cosas de las que más se arrepentía era de no haberse sacado nunca el carné. Siempre me he preguntado si hablaba de conducir su vida o dejarse llevar por la dirección que querían los demás. Quizás, al fin y al cabo, conducir no es solo llegar de un lugar a otro. Quizás también es atreverse a llevar el volante de la propia vida. Y esta es una carretera que muchas mujeres todavía estamos aprendiendo a recorrer.