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Como aquellas canciones que no te puedes quitar de la cabeza y vas tarareando, no me puedo quitar de la cabeza la imagen de Salvador Illa inaugurando el eclipse. Es que no puedo. Y lo que es peor: la imagen del Govern de la Generalitat, todos y todas y todes con aquellas gafas y vestidos como si salieran a pasear después de un día de playa y con cara de un momento de repentina felicidad —por decirlo de alguna manera— mirando el cielo. En fin, no sé a qué mente se le ocurrió la idea de inaugurar el eclipse. O que el Govern contemplara en fila el fenómeno. Pero, de verdad, no me lo puedo quitar de la cabeza.

Quizás el problema sea tener tantos asesores y tanta gente de comunicación. Los podemos imaginar decidiéndolo: ¿y si inauguramos la cuenta atrás del eclipse? Ahora bien, a ti te pueden hacer una propuesta y la puedes rechazar amablemente. El gobierno de un país donde demasiadas cosas no funcionan como deberían funcionar —y la lista empieza por lo más elemental, como la educación y la vivienda, claves para la igualdad de oportunidades— no se puede permitir el lujo de dar una imagen frívola, por no decir ridícula.

Hasta ahora nos reñían. Ahora tenemos unos gobernantes que nos quieren infantilizar. Que en el fondo es el mismo trato. En Catalunya inauguramos eclipses porque no tenemos poder y donde lo tenemos, lo tenemos mal financiado y mal gestionado. Pero de eso no hablamos. Quieren (es fácil, lo sé, pero estamos en agosto) que estemos en la luna de València.

Hasta ahora nos reñían. Ahora tenemos unos gobernantes que nos quieren infantilizar. Que en el fondo es el mismo trato. En Catalunya inauguramos eclipses porque no tenemos poder y donde lo tenemos, lo tenemos mal financiado y mal gestionado

En fin, que como no hay nada que celebrar, celebramos lo que nos ofrece la naturaleza, pero como si fuera mérito del Govern. Propongo que a partir de ahora inauguren el otoño, el invierno, la primavera y el verano. La llegada de las golondrinas. Las primeras setas de la temporada. Las fuentes naturales. Las lágrimas de San Lorenzo. Los espárragos verdes. Las bellotas, las cerezas de pastor. El día y la noche. La lluvia, el arcoíris. La floración de los almendros. El deshielo. Las nevadas. La brisa marina. Las encinas, los chopos y los olmos. Los azufaifos y los acerolos. Los mirlos y los búhos. La cebada y la avena. Las calabaceras y las meloneras. Las nubes y la salida y la puesta de sol de cada día.

No estaría mal, en realidad, fijarnos más en las cosas permanentes y menos en las efímeras, como aquel Acorar de Toni Gomila musicado por Pau Riba y la Orquestra Fireluche. Y en las palabras que dicen quiénes somos, qué valoramos y qué despreciamos.

Sí, "és sa paraula s’ànima d’un poble".

Y la seriedad de su gobierno y de sus instituciones, también.