La casualidad me ha llevado por motivos profesionales a Estados Unidos y México en pleno Mundial de fútbol. Así que esta es una crónica de urgencia, parcial y subjetiva. Con un matiz importante. Cuando he llegado, tanto Estados Unidos como México —y Canadá— ya estaban eliminados.

De entrada, no puede decirse que los americanos hayan pasado olímpicamente de la Copa del Mundo de fútbol, ​​pese a ser el quinto deporte en interés. Aquí primero están el fútbol americano, el baloncesto, el béisbol y el hockey sobre hielo. Tres de los cuales no dejan de ser una versión egocéntrica del rugby, el cricket y el hockey hierba. En mi hotel había corpóreos de CR7, Messi o Neymar como bienvenida. Aunque tampoco es una competición omnipresente en las calles. Eso sí, hay una fanzone en Rockefeller Center, que el otro día llenaban aficionados colombianos, que se marcharon cabizbajos por la derrota en los penaltis. Y en el piso 70 no sé cuántos, en uno de esos edificios en los que puedes subir a contemplar las vistas y colgar en Instagram la misma foto que miles de personas más, había varias pantallas emitiendo el partido por Telemundo.

Los más preocupados por la inmigración son, en muchas ocasiones, los penúltimos

Otro contraste lo podías encontrar en Chinatown y Little Italy, dos barrios —como saben— fronterizos. Y, oh sorpresa, mientras en el barrio chino no había rastro de la competición, en todas las terrazas de los restaurantes italoamericanos había pantalla para seguir los partidos mientras comías unos fetuccini Alfredo. Al final, como decía, los colombianos paseaban cabizbajos vestidos de amarillo y, en cambio, los argentinos eran felicitados cuando pasaban por la calle con la albiceleste. Ahora bien, en mi vida he encontrado a nadie tan cabreado como un taxista egipcio que maldijo durante todo el trayecto contra Infantino, la corrupción arbitral y el astro argentino. Hasta que se dio cuenta de que los pasajeros eran de Barcelona y quizás no estaban tan de acuerdo con él en que Cristiano Ronaldo es una bellísima persona y Messi no.

Nueva York sigue siendo una ciudad con mucha inmigración. Está en los genes de la ciudad y del país. Y los latinos ocupan cada vez más puestos de trabajo. Algunos llegaron hace décadas. Otros lo han hecho en los últimos años. Muchos cruzaron la frontera ilegalmente, si esa debe ser la palabra. Algunos provenientes de México mismo. Otros haciendo una ruta más larga desde Ecuador. Muchos con los mismos problemas. Aunque tienen permiso para trabajar —y todos lo hacen—, si les pilla el ICE o la propia policía, los expulsarán del país. Así que van de casa al trabajo y del trabajo en casa. Es cierto que muchos inmigrantes latinos han votado a Trump. Los más preocupados por la inmigración son, en muchas ocasiones, los penúltimos. Pero la mayoría le temen.

Y es una paradoja. Resulta que la que todavía es la primera potencia mundial en casi todo, incluidos los deportes, es una potencia mediocre en el deporte más practicado y que más pasión despierta en el mundo, incluidos los taxistas egipcios. Y resulta qué si alguna vez quiere ser una potencia mundial en fútbol, los únicos que pueden revertir esto, son los inmigrantes latinos. Ya saben que el fútbol se parece más a la vida real que lo que quisieran los nacionalistas excluyentes. Y Trump y sus seguidores deberían saber que fue con la inmigración, la globalización y el libre comercio como Estados Unidos se convirtió en la primera potencia mundial. No poniendo muros, aislándose e imponiendo aranceles.