Tengo una buena amiga que por Sant Jordi se compra nueve o diez libros. Después, obviamente, le cuesta leerlos, aunque me consta que los acaba devorando. Yo, por Sant Jordi, no me compro libros. Lo hago como autorregalo cada vez que estoy agobiado mentalmente. Las librerías me relajan y me embriagan. Y a mi librero de referencia le tengo prohibido que me deje comprar más de tres libros a la vez para evitar la enfermedad de comprador compulsivo. Aun así, he tenido la suerte de comprar y leer por estas fechas un libro excepcional: La sombra del padre de Antoni Monegal. Es un libro difícil de recomendar porque hay que afrontar su lectura pausadamente, con tiempo, tranquilidad y decidido a degustarlo. Hay libros que no se pueden leer de golpe, pero que se tienen que leer sin parar. Este es uno de ellos. Monegal escribe ensayos. Por eso nos sorprende que este sea un libro a la vez autobiográfico, intimista y descaradamente proustiano. No hay orden, pero hay belleza, sinceridad, y me atrevería a decir que una búsqueda absoluta del tiempo perdido, plagiando al maestro Proust, al que Monegal cita a menudo. En todo caso, prosa perfecta e imaginación fecundísima.
Como pasa con Proust, del que nunca he logrado leerle más de cincuenta páginas, el libro tiene un tiempo etéreo. Para que nos entendamos, por ejemplo, no tiene capítulos y no sigue una narración temporalmente lineal. Con estos condicionantes, puedes sentirte poco decidido a emprender el viaje. Pero es que justamente se trata de eso: es un viaje en un tiempo que existió, pero que Monegal solo quiere adivinar. Es el tiempo inexplicado de su padre que Monegal fabula a partir de unos recuerdos epistolares y fotográficos aparecidos en una cajita olvidada durante décadas. Imaginaos que vivís con la imagen de vuestro padre que os ha dejado al final de la infancia, y que un buen día, cuando prácticamente ya habéis terminado vuestra vida laboral, decidís indagar sobre su vida a partir de unas fotografías, de unos poemas, de unos recuerdos que tenéis que recuperar y que os revelan a un padre que solo podéis imaginar. Y empezáis, de repente, a hacer preguntas de quién era realmente vuestro progenitor, más allá de los lejanos recuerdos de la infancia.
Si tenéis ganas de verdad de descubrir cómo se puede disfrutar de la buena literatura, tomaos tiempo para leer a Monegal y su amorosa reconstrucción de 'La sombra del padre'
La tentación a la que Monegal no sucumbe es la de querer rehacer su historia. Monegal lo que hace es, insisto, deducirla, imaginarla. Y de cada trozo de carta, de cada fotografía, de cada poema, rehace un relato. No falta, es cierto, una búsqueda histórica para situar en el tiempo los hechos, contrastarlos con la propia memoria y buscarles un sentido para redefinir, para reabrir los recuerdos de su padre. Todos hemos tenido ganas de saber cómo eran de verdad nuestros padres cuando llegamos a etapas avanzadas de nuestra vida. Con los padres tenemos un desfase cronológico totalmente inevitable. Cuando somos niños, ellos son adultos, y cuando somos adultos —si aún viven—, ellos son viejos. Nunca podemos llegar a un diálogo generacional de tú a tú. Monegal salta todas las distancias y recompone con curiosidad, delicadeza y amor el relato de cómo debía de ser su padre antes de que regresara a Barcelona ya entrada la cuarentena y sentara la cabeza.
En el libro encontraréis, entre otros recuerdos, aventuras intuidas en el África española colonial de los años treinta, supuestos episodios de combate de inicios del alzamiento en Andalucía, estancias en Portugal como profesor de natación y de literatura, y vivencias en Canarias. Y, sobre todo, poesía lorquiana, ya que el padre de Monegal —entre muchas otras figuras de la guerra y posguerra— conoció a Lorca. Encontraréis también descripciones románticas de experiencias amorosas, puesto que vivió mucho tiempo en estado de graciosa soltería, y quiso expresar poética y románticamente sus sentimientos.
Todo lo que escribe Monegal hay que leerlo delicadamente para que no se nos haga añicos entre las manos, como ocurre con los papeles antiguos que tan bien utiliza como excusa literaria. Este es un ejercicio que a menudo no estamos dispuestos a realizar. La lectura se ha convertido en un fast food que nos inhabilita como receptores de una literatura hecha para ser leída, como los poemas o el teatro, en voz alta. Para ser conversada. Y este diálogo es el que nos propone Monegal. Como lo conozco y lo aprecio mucho, es como si lo oyera hablar. Pero escribe tan bien que no hace falta conocerlo para dejaros explicar la recuperada vida de su padre. Cuando acabéis con los libros apilados de este Sant Jordi, si tenéis ganas de verdad de descubrir cómo se puede disfrutar de la buena literatura, tomaos tiempo para leer a Monegal y su amorosa reconstrucción de 'La sombra del padre'. No os arrepentiréis. Yo, por mi parte, intentaré este verano volver a leer a Proust, a ver si, gracias a la influencia de la prosa Monegaliana, puedo llegar a las cien páginas.