El primer amor no es el primer enamoramiento: el primer amor es el que recibimos en casa, mucho antes de que seamos capaces de corresponderlo. La manera como nos han amado de niños es el primer poso del sedimento sobre el que amaremos de adultos. La familia es el primer filtro que tenemos de la vida y, lejos de ideales propagandísticos, también es el lugar donde vivimos los primeros desengaños. Incluso quienes hemos vivido en familias donde se nos ha acogido, cuidado y sanado con un amor prácticamente incondicional hemos experimentado la herida de no recibir el tipo de amor que necesitamos. Incluso quienes tenemos pocos reproches que hacer a nuestra familia de origen nos planteamos si seremos capaces de criar, educar y acompañar como nosotros lo habríamos necesitado —si es que nuestros hijos necesitan lo mismo—. Todas las complejidades del mundo pueden leerse en una mesa con una familia, la que sea, sentada a su alrededor. Como cualquier institución hecha de humanos, en la familia —entendida como grado máximo de intimidad y convivencia— se manifiesta hasta qué punto el ser humano es un ser esencialmente imperfecto que, ni cargándose de las mejores intenciones y de los sacrificios más altos, puede satisfacer completamente a quienes en ella se cobijan. 

No hay ninguna familia que encarne el idilio, que sea alegre en todo momento y refugio perdurable en cualquier tormenta, porque no hay ningún ser humano que cumpla con todas y cada una de estas premisas. La familia falla porque los hombres fallamos, que es el mismo motivo por el que fallan todas las cosas del mundo. A menudo se enmienda la familia porque se asocia al origen del mal, de nuestro mal. No obstante, en realidad, la familia es más que el origen de nuestro mal: es el origen de nuestra vida. Somos fruto de uno —o de muchos— ejercicios de generosidad, incluso cuando con la adolescencia o la edad adulta hemos revisado la naturaleza de nuestros vínculos familiares y hemos descubierto que hay cosas que habríamos preferido que hubieran ido de otro modo. También somos fruto de la esperanza, la autoestima y el trabajo personal de quien, teniendo una mala vivencia individual de la primera familia, crea una nueva con la convicción de que, desde su experiencia, aún puede dibujar un horizonte familiar ilusionante. Somos el sujeto en el que se ha recreado aquel que pensó que las cosas podían ser diferentes. 

En la familia se viven los dolores más profundos porque es el lugar donde estamos llamados a vivir el amor más grande.  A amar a nuestros hijos cuando no se portan bien, cuando eligen caminos que no son los que nuestra imaginación a largo plazo había dibujado, cuando no agradecen el don de la vida que les hemos concedido tal como nosotros habríamos esperado. A amar a nuestros padres cuando no saben hacerlo mejor, cuando los humanizamos y vislumbramos sus flaquezas, cuando entendemos que ellos también viven esta vida por primera vez. A amar a los hermanos cuando adivinamos una llaga en su espíritu que se asemeja a la llaga que también sella nuestro espíritu, cuando pensamos que el trato que dan a los padres que nos han hecho no es lo bastante generoso, ni lo bastante atento, ni lo bastante conveniente para liquidar una deuda que, en realidad, no podremos liquidar nunca del todo. Y a amarnos a nosotros mismos cuando aprendemos a leernos y a tenernos en cuenta al margen o habiendo superado los vacíos que la familia, sea cual sea, no ha podido llenar. 

En la familia se viven los dolores más profundos porque es el lugar donde estamos llamados a vivir el amor más grande

En la familia se aprende a amar al prójimo tal como es, no tal como nos gustaría que fuera. Pero también se aprende a reclamar desde la paciencia y la benignidad una mejor versión de este prójimo. Y a digerir que la insatisfacción que nuestro corazón carga anhela un amor puro e ideal que no es justo exigir a la familia, porque solo es de Dios. Así, el valor de la familia no radica en su perfección, sino en la posibilidad de ser un lugar de perfeccionamiento para nosotros y para quienes con nosotros forman parte de ella. Para hacer nacer y nutrir un amor más grande, y fuerte, y sostenido que los arañazos que irremediablemente heredaremos y que los arañazos que irremediablemente traspasaremos. Quizás, incluso, para hacer las paces con aquellos que nos han herido y valorar los intentos de reparación que se inventen, porque amar mucho es perdonar mucho, y es en la familia como en ningún otro lugar donde esto se hace evidente. También para perdonarnos a nosotros mismos y para encontrar en el amor de los demás una fuerza para ser más autoindulgentes. “Todas las familias felices se parecen; cada familia desdichada lo es a su manera”, escribía Lev Tolstói al inicio de Ana Karenina. En ningún sitio escribía, sin embargo, que las familias felices fueran felices gracias a ser espacios libres de conflicto, o de amargura, o de pena. Quizás la felicidad que las hacía semejantes no era la ausencia de angustias, sino la proclividad de hacer para sobreponerse a ellas y recuperarse de ellas.