El pasado 24 de octubre, Gabriel Rufián e Irene Montero protagonizaron un multitudinario mitin en la plaza Major de Nou Barris, bajo el lema "Casa, vida, futuro”, escenificando la alianza entre ERC y Podemos de cara a las elecciones españolas y culminando el acto con un "sí se puede" que vinculaba lastimosamente la imagen del partido decano del independentismo (y el rostro poético de Oriol Junqueras, presente en el acto) al imaginario español, la lengua española y el mensaje lerrouxista. En un momento dado, como si estuviera a punto de repartir bocadillos en el Paral·lel, el emperador de Santa Coloma bordó su intervención para la posteridad con esa salmodia que rezaba: "¿De qué sirve hablar un catalán perfecto o sacar una bandera de España en una rueda de prensa, si después pactas 44 veces con el PP y Vox contra la clase trabajadora de Catalunya?", o bien: "¿De qué sirve hablar un catalán perfecto si votas contra el estatuto social que iba a proporcionar las pensiones y las ayudas a millones de personas?". La respuesta retórica era, evidentemente, "de nada". Por lo tanto, Rufián nos decía dos cosas: o bien que si se intenta hacer en castellano se puede tener más éxito (como él parece querer demostrar en cada intervención desde la tribuna del Congreso), o bien que da igual la lengua en la que se haga política, porque solo importan el fondo y los resultados. Creo que conviene analizar ambas hipótesis una por una.
En cuanto al primer punto, mi oposición es frontal: importa en qué lengua se hace política, tanto aquí como en Madrid. Lo saben Lerroux, Durruti, el Noi del Sucre; lo saben Macià y Companys. Hablar en castellano en Nou Barris (supuestamente por deferencia hacia Irene Montero) es un mensaje claro a los vecinos del barrio, un mensaje que conecta perfectamente con eso de "¿de qué sirve hablar catalán?" y que viene a decir que hay una lengua en la que la clase obrera se entiende mejor entre sí. Una lengua más humilde, más revolucionaria, más de clase o que, sencillamente, conecta mejor. Como eso de "si quieres llegar a más gente, canta en castellano". Un prejuicio insultante hacia muchos vecinos del barrio o, en el mejor de los casos, una premisa política rancia; pero, al mismo tiempo, una señal al votante: en unas elecciones españolas, el catalán pasa a ser de segunda categoría. Tanto criticar al nacionalismo o al independentismo catalán por repartir carnés de buenos y malos catalanes, y ahora es el propio Rufián quien nos dice que el catalán es de segunda. Que no sirve, que no llega, que solo es útil para la burguesía. Y ni siquiera eso: porque hablar en catalán no sirve de nada en la práctica, ni para frenar a la ultraderecha ni para ayudar a las clases humildes. Lo útil es hacerlo directamente en castellano, sin que se nos caigan los anillos, porque aquí hemos venido a hacer un trabajo serio y no podemos perder el tiempo con esencialismos vernáculos. Si quieres triunfar, si quieres ser más eficaz, utiliza el castellano. Es un error y, además, un insulto. Pero, sobre todo, es una renuncia totalmente innecesaria, que aquí nadie entiende.
Rufián y Montero protagonizaron un mitin en Nou Barris que vinculaba lastimosamente la imagen del partido decano del independentismo al imaginario español, la lengua española y el mensaje lerrouxista
El otro punto son los resultados: aquello que, en teoría, es lo único que cuenta, sin fijarnos en la lengua (no nos fijamos en la lengua, pero utilizamos la castellana). Repasémoslos, más allá de la amnistía: ¿cómo va el compromiso con la autodeterminación o con un referéndum vinculante? ¿Cómo va el traspaso integral de Rodalies, prometido desde el principio, y en qué ha quedado lo de la sociedad compartida, si no es en impedir que Catalunya pueda cambiar libremente de operador? ¿Qué ha aportado el nuevo Pacto de San Sebastián a la condonación de la deuda o a la reforma de la financiación (esa financiación "singular" en la que, en teoría, nos correspondía la famosa "llave de la caja")? ¿Cómo va la ejecución de las inversiones debidas en infraestructuras y otros servicios? No sé si hace falta que siga. Solo quiero hacer una precisión: estas demandas no han registrado ningún avance tangible, tanto si se han formulado en castellano (Rufián) como si se han planteado en catalán (Junts), porque, sencillamente, el balance de esta colaboración es manifiestamente insuficiente. Por lo tanto, la pregunta no es de qué sirve hacerlo en catalán. La pregunta es de qué sirve hacerlo también en castellano, pasarse al castellano porque supuestamente es más útil o, en definitiva, de qué sirve negociar en Madrid. La pregunta que hay que hacerse en Nou Barris y en Pedralbes, en el Ateneu Popular y en el Círculo Ecuestre, es de qué sirve negociar en Madrid. Qué ganamos con ello. Y, en el caso de Rufián, de qué sirve tener como compañeros de coalición electoral a un grupo que considera que Catalunya no merece tener transferidas las competencias en inmigración. ¿De qué sirve hacer todo esto, Rufián, en cualquier lengua? También en la lengua que tú escoges explícitamente.
El balance del "diálogo", de la vía negociada y convivencial, ha fracasado por todos los flancos. La mayoría plurinacional es una ficción (que es el eufemismo de mentira), alimentada hoy únicamente por la desesperación socialista, sumada a su falta de proyecto. No hay resultados, no hay una vía de diálogo útil y da igual en qué lengua se intente. Y aquí, en vez de reconstruir una vía propia hacia la independencia, nos hemos dejado distraer (de nuevo) por las dinámicas de bandos de la Guerra Civil y hemos decidido interpretar ese triste papel del vendedor de porteros automáticos de La escopeta nacional. No seré yo quien acuse a Rufián de haber entregado sus votos al PSOE "a canvi de res"; evidentemente, jamás me atrevería a hacer una afirmación tan destructiva. Lo que sí puedo decirle, y supongo que se lo tomará mejor, es que lo ha hecho a cambio de nada.
