Acusaban recientemente al alcalde de la ciudad autónoma de Ceuta de haber cambiado su tono y su discurso en los últimos días por el hecho de haber sido presionado por la dirección del partido al que pertenece. Una clave electoralista que sin duda no debe dejar de contemplarse, habida cuenta de la tensión cada vez más beligerante entre PSOE y PP. Pero si analizamos sus palabras en las requisitorias que ha llevado a cabo en sus intervenciones públicas recientes, solo se me ocurre apuntar que tiene más razón que un santo. Vivas dice verdad y hay que atenderlo.

El alcalde ha reclamado a las Administraciones Públicas, y en particular al Gobierno central por las competencias que la Constitución le otorga, que aporten los medios para que se recupere la normalidad en la ciudad, lo que pasa fundamentalmente por agilizar los expedientes de devolución de quienes todavía se encuentran en ella y que son muchos más de los que el Ministerio de Interior está dispuesto a admitir, como queda de manifiesto por los recursos que el Ministerio de Igualdad pretende poner a disposición de las personas que allí se encuentran. Reclama también reforzar las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, tanto en efectivos como en medios, y sin duda no estaría de más que se añadiera un reconocimiento económico a esa labor que llevan a cabo en circunstancias peligrosas, tanto en esa zona como en otras de las fronteras del sur. No podemos permitirnos más muertes y que encima sea por la falta de medios y por la escasez de personal. Pero más importante todavía para asegurar la claramente violada integridad territorial de España es conseguir blindar esa frontera, para lo que es necesario que no quede en manos de países terceros, sino que la protección sea llevada a cabo por el Gobierno de manera primaria y subsidiariamente por la Unión Europea. Es su frontera y a todos nos conviene que esté asegurada.

Las nuevas tensiones geopolíticas mundiales y la necesidad de reconsiderar las llamadas soberanías energéticas de cada país obligan a la Unión Europea a repensarse

Más allá de eso, por supuesto, y de nuevo acierta Vivas, será necesario resarcir al tejido productivo ceutí de los efectos de una contingencia desastrosa para la economía. Reparar esos daños supone no solamente apoyar al sector empresarial por todas las pérdidas producidas por los cierres obligados de los comercios, sino también compensar los gastos generados en la atención de las personas, las de fuera y las de dentro, en los daños acumulados en la ciudad.

Con eso, sin embargo, no acaba todo. Más allá de la contingencia temporal y de los parches que se pueden aplicar a la misma, queda todo un trabajo estructural por hacer, una reconsideración de lo que esas ciudades estratégicas, Ceuta y Melilla, suponen para la soberanía española, lo que implica una reconsideración, si es necesario también normativa, de las relaciones que con el país vecino tenemos. Esa es la parte sin duda más complicada, pues de forma inveterada nuestro país ha asumido las externalidades negativas de tener como vecino a un país que no es de la Unión Europea y que no es del continente europeo, pero que sí es una parte esencial de las riberas mediterráneas, un espacio de relación de convivencia y de conflicto sobre el que en Catalunya se ha pensado de una forma especialmente interesada y que requiere una formulación nueva. Y es que las nuevas tensiones geopolíticas mundiales y la necesidad de reconsiderar las llamadas soberanías energéticas de cada país obligan a la Unión Europea a repensarse, recordando su voluntad fundacional, pero también el hecho de que pretendió ser de manera temprana una potencia más en plano de igualdad con las existentes y con las emergentes en un mundo multipolar en el que algunos polos pretenden retornar a la dinámica binómica. Por esa razón Ceuta no puede estar de vacaciones y los miembros del Gobierno que han decidido descansar deben pensar que tal vez deberían interrumpirlas para retomarlas cuando la cuestión no fuera tan candente.