Como bien decía Jordi Cuminal en su artículo "El CEO i la CIA", el Centre d'Estudis d'Opinió de Catalunya tiene poca precisión a la hora de acertar resultados electorales, pero afina la mirada cuando se trata de medir las tendencias de opinión. Esto no impide que a menudo esté bajo la sospecha de la dirección política, y el hecho de haber tardado ocho meses en ofrecer el barómetro —a pesar de la obligación legal de la periodicidad— y hacerlo cuando más lo necesitaban en casa socialista, desprende un tufo conocido. A la vez, como bien señala Puigdemont, el CEO siempre se equivoca con Junts, cosa que, por reiterada, cuestiona su profesionalidad. Sin embargo, y con más o menos precisión, la tendencia a la baja parece clara y obliga a Junts a hacer una reflexión profunda sobre su estrategia.
Pero más allá de los futuribles resultados electorales, que siempre monopolizan los titulares de prensa a pesar de ser los menos confiables, el barómetro señala tres cuestiones relevantes: la primera, el poder de cristal del PSC, que retrocede a pesar de dominar todas las administraciones catalanas; la segunda, el aumento de Aliança Catalana, toque de atención a todos los partidos del espectro parlamentario; y la más importante, la solidez del sentimiento independentista, que llega a su punto más álgido desde 2020, y da la vuelta al relato oficial que quiere imponer Salvador Illa.
Respecto a la primera cuestión, es muy significativo que el PSC pierda votos y escaños a pesar de tener el poder absoluto de Catalunya: manda en las Diputaciones, manda en la capital de Catalunya, tiene la presidencia del país y, por extensión, su alma mater manda en el Estado. Todo sumado, los socialistas ostentan un poder inmenso que, en materia económica, otorga una enorme influencia y, en términos mediáticos, se traduce en una matraca ideológica permanente. Solo hay que ver TVE o TV3 para hacerse una idea de la magnitud de su dominio. Y aun así, Illa no tiene asegurada la tribuna presidencial —el tripartito podría no sumar—, ni parece que su presidencia le reporte nuevas adhesiones. Mucha impostación y mucha retórica, pero no se nota la acción de gobierno, se acumulan los errores y se amontonan los conflictos, especialmente preocupantes cuando se trata de la educación y la sanidad.
Catalunya no está ni normalizada, ni pacificada, ni superada, sino latente, a la espera de saber qué caminos debe transitar para volver a levantarse
Un poder casi absoluto y, sin embargo, quebradizo, que se suma a la fragilidad del relato que intenta imponer. A pesar de la letanía de "la normalidad", "la pacificación", "la superación del conflicto" y el resto de mantras que repite para placer del Upper Diagonal (y tranquilidad de la España eterna), el barómetro demuestra lo contrario: el Sí a la independencia sube 6 puntos en solo ocho meses y es la cifra más alta desde hace seis años; el No baja dos puntos, y la diferencia se reduce sensiblemente; y respecto a la relación con España, el Estado Independiente lidera completamente la encuesta. Es decir, la idea de que el sentimiento independentista era un soufflé que bajaría —una infección, que diría el inefable—, y que Catalunya había superado el proceso, definitivamente instalada en un nuevo paradigma, queda totalmente desmentida. Y no tanto por el número de personas que se identifican como independentistas, sino por la tendencia: crece el sentimiento en las peores circunstancias. Con el socialismo español gobernando íntegramente Catalunya, con la mayoría de los medios postrados ante Illa, con los partidos independentistas destrozados y divididos, con Puigdemont todavía en el exilio y con la decepción tremenda del Primero de Octubre, pese a todo, el independentismo vuelve a crecer. Cómo, cuándo, de qué manera se articulará políticamente este sentimiento es, a estas alturas, un enigma, pero si alguien creía que un conflicto territorial de enorme importancia podía deshacerse como si fuera azúcar, es que no ha entendido nada de la historia de Catalunya.
Este es el punto fundamental del barómetro del CEO: el desmentido del principal lema de Salvador Illa. Catalunya no está ni normalizada, ni pacificada, ni superada, sino latente, a la espera de saber qué caminos debe transitar para volver a levantarse.
