La primera vez que llegué a la isla de Koufonisia, me adoptaron dos gatas a las que bauticé —siempre con su permiso— como Puig y Demont, respectivamente. De improviso, cuando volví dos años más tarde, las dos gatas aparecieron como si hubiera sido ayer la última vez que compartimos una lata de atún sentados ante un fantástico horizonte presidido por la isla de Keros. Esta vez, la tercera en un período de cinco años, Puig y Demont no han aparecido y me temo que ya son miembros de un merecido paraíso destinado a los gatos y las gatas griegas. En Koufonisia, los felinos viven libres y son alimentados por una población que cuida de los animales dejándoles restos de comida en los bordes de los caminos. Desgraciadamente, esta libertad tiene el precio de la fugacidad. Vive deprisa, muere joven y deja un bonito cadáver, dice un refrán dedicado a las glorias difuntas en la mejor de las juventudes. Desconozco si a Passolini, el autor del poemario La meglio gioventù, le gustaban los animales, pero escribió un famoso verso que decía "pobre como un gato del Coliseo". En Koufonisia los gatos y las gatas son pobres y mueren en plena efervescencia vital, cuando todavía les quedan seis vidas por malgastar.

A diferencia de los felinos de la isla, los gatos y las gatas políticas peninsulares tienen más de siete vidas. Una virtud de la que no se escapan aquellos que surgieron de un bluf como el 15M, movimiento que sirvió más para nutrir nostalgias que para consolidar memoria. Diez años más tarde, la nueva política brotada del 15M se ha hecho vieja y sufre de los mismos males que la política que ellos tanto detestaban y que prometieron borrar del mapa si un día llegaban a gobernar. La condición humana no tiene ningún misterio: una vez tocas el poder, te conviertes en un yonqui del sillón.

Una de las personalidades que ejemplifica esta poltronización de la nueva política es Ada Colau, animal político —en el buen sentido de la palabra— que ha hecho de la ambición escondida bajo la falsa modestia la coraza perfecta para sobrevivir a todos los naufragios posibles. Sus ocho años como alcaldesa de Barcelona fueron una contradicción constante. Entró para solucionar el tema de la vivienda y salió con un récord de desahucios. Entró para borrar las indecorosas maneras de la vieja política y se mantuvo en el cargo empleando informes falsos contra candidatos opositores y pactando con la oligarquía que tanto detestaba. Entró para reconducir un transatlántico y se convirtió en la capitana Schettino, abandonando el barco zozobrado. Ante las críticas, la alcaldesa siempre usaba el comodín "me critican porque soy mujer".

Ada Colau fue la mejor alcaldesa que ha tenido nunca Barcelona. Pregúntenselo a ella. Esta broma la he copiado a Don Rickles, el mayor cómico del género del roast y a quien en EE. UU. conocían con el sobrenombre de Mr. Warmth (Señor Simpatía) porque es el más alto representante del humor del insulto. Esta broma, "es el mejor actor vivo, pregúntenselo a él", se la hizo a Robert De Niro y este estalló a reír.

Colau entró en el Ayuntamiento de Barcelona para solucionar el tema de la vivienda y salió con un récord de desahucios

Ada Colau tiene un gran concepto de sí misma y de su paso por la alcaldía de Barcelona. Así lo deja patente en cualquier medio que le ponen a disposición, entrevistas secundadas por unos hooligans, los llamados colauers, que esnifan polen por las islas verdes de la ciudad con la misma actitud que los gatos de Koufonisia cuando buscan un bocado para llenar el estómago. Con tanta falta de autocrítica sorprende que, desde que dejó el cetro de alcaldesa, no haya recibido cientos de ofertas laborales de un empresariado siempre atento a fichar talento. Antes al contrario, desde que dejó el consistorio y su cargo de concejala, Colau ha tratado de volver a la palestra participando en actividades que no lograron el éxito que ella quería. Su participación en la llamada flotilla no tuvo la repercusión popular que ella buscaba, y de oca a oca, tiro porque me toca, parece que ahora ha encontrado, con el llamado caso Maricarmen, la casilla que le permitirá volver a la política en mayúsculas, la del Km 0, la del Congreso de los Diputados, encabezando una lista electoral de la izquierda a la izquierda de la izquierda del PSOE, que, con el nombre de Frente Amplio, se trata de un sofrito de formaciones a la deriva. Y no es que Barcelona o Catalunya hayan quedado pequeñas para una bestia política como ella —que quizás sí—, pero en España parte con la ventaja de que todavía no la conocen como nosotros. Aquí también tenemos nuestras Maricarmen, o Maria Mercè, o Maria del Remei, pero ya se sabe que si las cosas no pasan en Madrid no existen para TVE, La Sexta, Cuatro, Telecinco, Antena 3, los informativos de las plataformas y, intuyo, La Séptima, y Colau todavía está a tiempo de engancharse al último tren de la política encarnada en el ángel de la guarda de los desahuciados ibéricos.

Ada Colau, una de las representantes más significantes de la nueva política nacida con el 15M, tiene más vidas políticas que un gato y, curiosamente, toda la gente que formaba parte de su guardia de corps en el consistorio ha quedado más quemada que la moto de un hippie. Toda menos ella, una política de raza que, como los políticos de raza, sabe bailar y guardar la ropa a tiempo, a pesar de haber dejado una Barcelona desorientada, triste y con el amor propio por los suelos. Y es que hay quienes nacen estrellados. Y otros, que siempre caen de pie.