Que el castellano está aplastando el catalán en Catalunya es un hecho que queda de manifiesto en todas las estadísticas y que cualquier persona que salga a la calle y observe un poco su entorno —y no tenga una tendencia enfermiza a negar la realidad— puede constatar. ¿Y qué solución se ha decidido aplicar desde las instituciones para revertir esta situación? Pues, el Parlament ha aprobado tramitar por vía exprés una ley que convertirá el catalán y el aranés en las únicas lenguas oficiales de Catalunya… ¡¡¡¡es broma!!!!, han preferido hacer la vista gorda con la castellanización de las universidades "catalanas". Se ve que había muchos castellanohablantes que se veían forzados a aprender el catalán para poder estudiar en Catalunya y que esto les suponía un trauma psicológico tan grande que ponía en peligro la economía y la fachada de Catalunya y, por un efecto dominó, el mundo podía explotar y convertir el universo en un agujero negro repleto de pronombres febles levitando y formando combinaciones imposibles (hi'n, t'li, me-ne-t'hi…). ¡Qué egoístas y malvados somos los catalanes! Siempre pensando en el dinero y el catalán. Ni que nos pasáramos el día regalando dinero a diestro y siniestro y relegando el catalán al olvido.

El problema de vivir en un país colonizado por un Estado imperialista que desconoce el significado de la empatía es que te pisan la lengua y la cultura como si fueran una colilla y, aun así, bajas la cabeza y pides perdón por existir. Los catalanes solo queremos ser catalanes, pero parece que este afán identitario nuestro molesta a mucha gente, y que, por lo tanto, nos tenemos que sentir culpables por ello y pagar —literalmente— las consecuencias de ello. Sí, exacto, los catalanes nos hemos creído el cuento de que ser catalán y defender la catalanidad es egoísta y exclusivo y que ser español e imponer —con los métodos que sean necesarios, sin escatimar en porras— la españolidad es altruista e inclusivo. Según parece, aprender a hablar castellano no es ningún proceso traumático para los recién llegados, pero si alguien —a quien le gusta vivir claramente al límite—, por casualidades de la vida, aprende el catalán, no solo pone en riesgo su vida, sino que, como ya os he avanzado antes, puede provocar un cataclismo universal. No, no me he fumado un porro mientras escribía el artículo; lamentablemente, es la triste realidad.

Que en las universidades de Catalunya se hacen muchas asignaturas (y no me refiero a la asignatura de lengua castellana), y cada vez más, en castellano por el bien de los recién llegados vagos, intolerantes y con pocas ganas de salir de su zona de confort y aprender, es una realidad que conoce todo el mundo que ha estudiado en las universidades "catalanas" durante esta última década. Son cosas que se saben, pero que no se dicen (por los motivos que sea), y que, por azar, me han venido a la memoria porque hace tres o cuatro días, mientras navegaba por TikTok, me topé con un vídeo de unos jóvenes estudiantes que afirmaban que en la Universitat Pompeu Fabra "Se tiene que reivindicar un poco el uso del catalán porque no hacemos ninguna asignatura en catalán. Esto no puede ser. […] Solo mates; ya está. El resto en inglés o en castellano". ¡Si Pompeu Fabra levantara la cabeza!

No quieren ofender a los castellanohablantes, pero no pasa nada si ofenden a los catalanohablantes en su propia tierra

¿Y por qué se hacen tantas clases en castellano en la Universitat Pompeu Fabra —y en el resto de universidades "catalanas"—?, os debéis estar preguntando los más osados (y si no, os respondo igualmente). En las universidades públicas, que pagamos todos nosotros a tocateja, supuestamente para no ofender a los pobres recién llegados que se vienen a estudiar a Catalunya y que no hablan catalán. Se ve que el castellano se aprende como si nada y es una lengua simpática y divertida y que el catalán, en cambio, es una lengua antipática, desagradable y aburrida —ya se decidió que fuera así desde sus inicios para que nadie tuviera ganas de aprenderla y porque a los catalanes siempre nos ha gustado tocar los cojones a la gente, por eso decidimos introducir tantos pronombres febles y palabras tan complejas de pronunciar como Llull. Resumiendo: no quieren ofender a los castellanohablantes, pero no pasa nada si ofenden a los catalanohablantes en su propia tierra. Ya estamos acostumbrados; hace muchos años que hemos asumido que somos un pueblo sometido y que tenemos que bajar la cabeza siempre que sea necesario por el bien de los demás.

En las universidades privadas, en cambio, han hecho una regla de tres, una raíz cuadrada y un par de volteretas y han visto que les sale más a ingresar: hay muchos más castellanohablantes en el mundo que catalanohablantes. La catalanidad ya la convalidarán con un pan con tomate para merendar y un TikTok de palabras bonitas en catalán, que siempre queda muy inclusivo. ¿Qué puede salir mal si castellanizamos el sistema educativo catalán? ¿Que Rosalía duerma tapada con la bandera de España y castellanice la Escolania de Montserrat? ¿Que los catalanes digamos con lágrimas en los ojos que no hay nadie que haya hecho tanto por el catalán como Rosalía? ¿Que aplaudamos a la selección española? Lo único que tengo clarísimo es que, si Pompeu Fabra levantara la cabeza, haría lo que no se atrevió a hacer cuando estaba vivo: eliminar la palabra fatxada del diccionario.