"Cuando el delito se multiplica, nadie quiere verlo"
Bertolt Brecht
Hace unas Navidades, asistí a un festolín en el Bernabéu organizado por una de las empresas catalanas para las que trabajo. Cuando se acercaba la medianoche, como Cenicienta añosa, decidí que era hora de poner pies en polvorosa y volverme a mis cuarteles de invierno. Así que recogí el abrigo y me dispuse a dar un paseo. Cuando alcancé la puerta, una compañera barcelonesa me agarró del brazo y me dijo: “¿Vas a irte a casa de noche, andando y sola?” No borracha y sola, que iba totalmente sobria, les juro, sino andando y sola. Sorprendida, le respondí que claro, que andar de noche por el centro de Madrid es totalmente seguro y que no se preocupara. Me chocó tanto su prevención que aún me acuerdo de la anécdota.
La seguridad no es solo una estadística; es, sobre todo, esa sensación de tranquilidad del ciudadano, ese vivir sin alarma, ese deambular sin preocupación por la ciudad. Con esa definición, podemos asegurar que la percepción de la seguridad en Barcelona ha caído, y si los de dentro y los de fuera sienten que es así, no solo será por algo. La mera impresión de riesgo por parte de habitantes y visitantes ya constituye un problema. Las noticias de los primeros meses del año no ayudan. Mi sensación es que estamos asistiendo a nuevos fenómenos de criminalidad —en cualidad y en cantidad— que están siendo arrumbados o despreciados por los partidos afines al populismo mágico, esos que creen que la bondad de no mirar y no hacer acabará con los criminales; los que nos piden que nos tapemos los ojos para no caer en leso crimen de criminalizar. No sucede solamente en Catalunya o en el País Vasco, sino en todo el Estado, y lo hace acompañado por un empecinamiento en apartar la vista, en no poder nombrar lo que sucede e, incluso, en impedir que contemos con los datos necesarios para analizar el fenómeno.
Una de estas fijaciones de la izquierda es la que condena la aportación de todos los datos existentes sobre un crimen. No solo por parte de las policías, sino incluso por la de los periodistas. En mi otra vida, allá cuando era joven, también fui reportera de sucesos, y no recuerdo que hubiera en los noventa ninguna ocultación del origen de los delincuentes. Nadie se planteaba contar la reyerta entre dos clanes gitanos enemistados en una boda obviando ese dato. Ahora sí, ahora tienes que leer que los invitados de la novia y del novio se han liado a navajazos y no logras comprender nada. O te informan de que un chaval de 17 años ha sido asesinado a puñaladas por otro joven que iba en patinete y te llevan a pensar en el riesgo de dejar a tu hijo adolescente salir a buscar a los amigos, y todo porque han obviado que se sospecha que pertenecían a bandas latinas rivales, un problema que ya asoló Madrid hace unos años. Por eso pareció un escándalo que la Ertzaintza comenzara a dar las estadísticas "con transparencia" y que se viera que, en 2025, el 64,21 % de los detenidos tenían procedencia extranjera. Sin un análisis de la realidad, difícilmente vamos a enmendarla.
Una de las fijaciones de la izquierda es la que condena la aportación de todos los datos existentes sobre un crimen. No solo por parte de las policías, sino incluso por la de los periodistas
Otro mantra es convertir en peligrosos ultraderechistas a los que pretenden mejorar los índices de seguridad y, de paso, la sensación de los ciudadanos y los visitantes —algo importante también— porque pretenden que las cosas desaparecen simplemente si no las invocas. Eso me ha parecido comprenderles a los de los Comuns y la CUP cuando dicen que: “Las izquierdas somos garantía de seguridad, pero desde la defensa de los derechos y los servicios públicos". Así que si ves inseguridad, eres un facha de narices. Por lo que sea, la inseguridad ha vuelto a ocupar puestos relevantes entre las preocupaciones de la ciudadanía, al menos en Catalunya y el País Vasco, mientras que en Madrid está en un lugar más elevado de la tabla la ocupación de viviendas, otro fenómeno que —como saben— tampoco existe.
Pero voy a ir más allá, voy a apuntar con el dedo a la implantación de mafias extranjeras en España, las visitas de sicarios que asesinan en el territorio peninsular y luego se vuelven, los ajustes de cuentas y otro crimen de gran calado sobre el que Marlaska se está encogiendo de hombros, como si los problemas que aquejan a Holanda o a Bélgica no estuvieran llegando aquí. Desde hace meses, llevo un archivo de asesinatos y agresiones aparentemente dispersos, de los que se informa como de crímenes aislados, pero que están directamente ligados a las mafias extranjeras. Tiroteo de la Mocro Mafia en Puerto Banús, errores policiales o judiciales que los dejan libres, líderes de la Camorra detenidos en Girona, narcos italianos localizados en Barcelona en el dentista, refugios de la mafia rusa en Alicante, bandas latinas, policías corrompidos, torturadores marroquíes refugiados en España, narcolanchas atracando a su gusto, túneles para el tráfico de droga y personas bajo la frontera, clanes montenegrinos que se matan en Catalunya... Y así tengo documentados decenas de casos que, agrupados, trazan un esbozo de lo que está ocurriendo, sin que se hayan tomado medidas específicas o intensivas para evitarlo.
La seguridad ciudadana es, hoy día, otra cosa mal gestionada, como los trenes y la electricidad y tantas otras. Así que si el Govern o el ministro nos dicen que "existe margen de mejora" no podemos hacer sino creerles. Hay margen de mejora, y mucho. Podemos empezar por llamar a las cosas por su nombre, seguir por hacer un diagnóstico real de lo que sucede y concluir con una mejora de medios y dotaciones, dado que somos muchos más en el mismo territorio y eso no lo pueden negar ni los de la venda en los ojos. Durante décadas, se han tratado estos asuntos con total normalidad, tanto por políticos como por los llamados a reprimirlos. Ahora la mera reflexión te estigmatiza.
Algún día estallará la burbuja de la seguridad. Mientras, elijan entre seguir con la esperanza que dan los ojos cerrados o ser fachas. Al parecer no queda otra. Lo de trabajar juntos para arreglarlo debe ser terrorismo político.