Últimamente, parece que la tarea evangelizadora de Gabriel Rufián por las españas (lo escribo en plural porque el líder de Esquerra en la capital del reino parece compartir el objetivo sociata de una "nación de naciones", por mucho que nadie sepa qué pollas quiere decir tal cosa) incluye una crítica desacomplejada a los medios catalanes. Hará cosa de dos semanas, Rufián acusaba a la prensa de "hacer el mismo artículo refrito (sic) sobre el salseo (sic) interno en ERC" mientras desatendía la alianza creciente entre Junts, el PP y Vox. Poco después, Rufián volvía diciendo —ahora en español, para que lo entendieran todos sus nuevos votantes— que al 90% del cuarto poder "llevan 5 días hablando del último invento convergente: la vía Starmer (...) Las mismas decenas de horas que NO se dedicarán a hablar de las veces que Junts ha pactado y votado con Vox en el Congreso contra Catalunya (sic) y su clase trabajadora". Parecería, en un gesto habitual en los políticos de la casta, que parte del sueldo de Gabriel se justifica no enmendando a los medios, que faltaría más, sino recomendándoles sobre qué hay que hablar.
Rufián debe pensar que toda esta bronca con los medios le regalará fuerza de cara a convertirse en el posible vicepresidente a la sombra de Pedro Sánchez
Embriagado por las tesis de Enric Juliana, quien hace muy poco advertía de un posible tránsito entre el "¡Puigdemont a prisión!" del posprocés y el hipotético acercamiento de la derecha catalana con el PP, Rufián debe pensar que toda esta bronca con los medios le regalará fuerza de cara a convertirse en el posible vicepresidente a la sombra de Pedro Sánchez (visto que Podemos y Sumar no abandonan la UCI). En este sentido, Rufián debe haber tomado nota de su referente en el arte de la resistencia, pues Sánchez se pasó mucho tiempo —con un retiro meditativo incluido— enmendando a los medios de Madrid que sospechaban de las conductas de Ábalos y cía... hasta el momento en que esta presunción de culpabilidades se manifestó bastante acertada. Por este motivo, sería oportuno que Gabriel no se injertara el espíritu censor de los líderes madrileños y pensara algo que incluso él podrá entender fácilmente: si los medios juzgan a ERC con más dureza, de lo cual no tengo ni puta idea, ¿quizás se debe a que su partido actúa con el espíritu chaquetero con el que él mismo enmendaba hace tres días a los pérfidos convergentes?
Sea como sea, un servidor se siente poco aludido con las lágrimas de atención del nuevo salvador de la progresía española. Primero, porque los pactos entre los partidos de dependencia española en el Congreso me interesan lo mismo que los pódcasts de 3Cat en los que las chicas de treinta años hablan de su última relación tóxica. A su vez, en cuanto al tiempo dedicado a los asuntos de la política tribal en este nuestro diario, diría que hay pocos columnistas que puedan presumir de la nómina de hostias —bien dadas, pero estrictamente igualitarias— que he repartido a todas las formaciones. Dicho en lenguaje más directo, "en plan Santako", a mí nadie me tiene que presentar a los convergentes ni su tendencia a acostarse con el diablo (dicho sea de paso: estate tranquilo, Gabriel, porque si Franco no acabó con Catalunya tampoco lo harán cuatro Cayetanos de feria). Paralelamente, la táctica junquerista posterior a los hechos de Octubre, consistente en aprovechar el declive de Junts para convertirse en la nueva Convergència del socialismo español, también me la sé bastante bien. Todo esto está escrito y bastante sabido, Gabriel.
Dicho esto, ya tiene guasa que Rufián reniegue de la (supuesta) tendencia parcial de los medios con su partido cuando, justo esta semana, Esquerra ha utilizado a dos momias convergentes en retirada como Francesc-Marc Álvaro y Carles Campuzano para impulsar un artilugio ridículo llamado Esquerra Democràtica, el cual tiene el objetivo, y no hace falta ser una lumbrera, de pellizcar votos de la antigua sociovergencia. Dicha presentación en sociedad, como podrá comprobar cualquier lector, ha tenido una sobrerrepresentación mediática exagerada, sobre todo sabiendo que la reaparición del pobre Francesc-Marc solo nos ha servido para recordar que todavía vive, mientras que el enésimo alehop de un vago profesional como Carles Campuzano no vale ni la energía que tengo que emplear para escribir un sintagma. ¿De esto tenemos que hablar o no, estimado Gabriel? ¿Vale la pena detenerse en el enésimo salseo (sic) de una plataforma que tiene el mismo interés que el diseño de su logotipo? ¿O te parece mejor que no hablemos de tus convergentes, sino de la malota Nogueras pactando con Vox? ¡Nos dices, jefazo!