Puigdemont, en cuanto regrese de su odisea, quiere sumergirse en la Catalunya de hoy: "respirarla, tocarla, escucharla", y verlo todo con sus propios ojos. Evidentemente que las cosas cambian vistas de cerca, pero esto es, sobre todo, porque de repente los demás te ven de cerca también. Ya no eres un ente abstracto y lejano, sino un agente metido físicamente dentro de la misma atmósfera, y con una carga explosiva todavía nada despreciable. No es cómo ves tú las cosas, es tu presencia lo que cambia (o no) el paisaje: no es el president quien tiene que tocar el país, sino el país el que deberá tocarlo a él y ver si eso le cambia algo. Periodísticamente, seguro que sí. Políticamente, en España están muy (y muy) atentos. Socialmente, en Catalunya el escepticismo se ha extendido por doquier y no en referencia a él, sino absolutamente a todo el mundo. Por eso no es tan importante cómo veas tú el país, sino cómo el país te vea a ti. Cuán fuerte sea la sacudida del regreso (pendiente, dicho sea de paso, de las conveniencias judiciales y políticas españolas, valga la redundancia). Cuando alguien se convierte en un símbolo, todo se mueve a su alrededor, para bien o para mal, con mayor o menor potencia. Pero es que no se trata de observar el paisaje, sino de observar cómo el paisaje cambia, o no, con una presencia que ha costado casi diez años de obtener y que no es personal, sino institucional. Histórica, simbólica, con una fuerte carga política. Un relato nacional (y personal) que determina si estamos al final de un libro colectivo o bien al comienzo de un nuevo capítulo de la epopeya.
El paisaje, antes de la supuesta llegada, es muy distinto al que había en 2017: la photo finish con la que nos quedamos cuando el president se marchó fue una DUI declarada y suspendida, una autonomía también suspendida y una delegación del conflicto en manos judiciales españolas. Ahora, la pole position es la de una judicatura española derrotada por Europa, pero un independentismo desorientado, rencoroso, que tira por varios lados. Por un lado, tenemos un fenómeno inédito en los movimientos de liberación nacional europeos: ni en Euskadi, ni en Gales, ni en Escocia, ni en Irlanda del Norte los partidos independentistas han estado próximos al conservadurismo, a la extrema derecha o al nuevo nacionalismo populista. No sé si esto normaliza Catalunya y la homologa a lo que sucede en todos los Estados europeos, pero sí sé que la aleja de su pátina inclusiva y democrática, de su pacifismo de violonchelo en la ONU, de su espardenya aplastando el fascismo. Es un fenómeno inédito, sorprendente y peligroso (tan peligroso que acaba confundiéndose a la hora de proclamar quiénes "pasarán" y quiénes no, o a la hora de elegir —parece mentira, con lo bien asesorados que están— entre el president Companys y sus asesinos). Por otro lado, tenemos una ERC dispuesta a jugar al Pacto de San Sebastián hasta las últimas consecuencias, sin casi nada a cambio, como no sea evidenciar que en la izquierda tampoco se puede. Y, finalmente, tenemos Junts, el partido de Puigdemont, que algunos quieren arrastrar (indisimuladamente) a los antiguos planteamientos de Convergència. A Puigdemont le interesa fijarse en todo, pero sobre todo en esto último.
No entender que en 2017 todo cambió es una ceguera imperdonable, y que desde entonces se ha pagado muy cara siempre que se ha intentado la vía del cinismo
Yo creo que los planteamientos de rectificación son un error. Histórico, nacional, de puro relato colectivo. Negociar con el Estado es una cosa (lo han hecho Macià, lo ha hecho Companys, lo ha hecho Tarradellas, Pujol, Maragall, Mas), pero no saber dónde se encuentra la psicología del país es otra. No entender que en 2017 todo cambió es una ceguera imperdonable, y que desde entonces se ha pagado muy cara siempre que se ha intentado la vía del cinismo. Recuerdo a principios de siglo, cuando un presidente de este espacio me preguntó qué haría yo con el tema del matrimonio homosexual. Le dije que era totalmente igual lo que hiciera Convergència, que la sociedad ya no tenía ese dilema, que es como preguntarse qué tenemos que hacer ante un iceberg cuando ya estamos en el fondo del mar. No se puede llegar tarde con cosas tan fundamentales, tan de cajón. Años más tarde, me preguntó qué habría que hacer con el tema de la independencia. Le respondí lo mismo: en buena parte, ya es irrelevante lo que se haga; la ola ya es tan alta que solo se puede nadar o ahogarse. No creo que ahora, en 2026, haya cambiado nada: la actual poca altura de la ola engaña a los incautos, porque todo el mundo sabe que los tsunamis no los inicia una ráfaga de viento, sino movimientos que suceden en las profundidades. En mar abierto, la ola de un tsunami solo tiene un metro de altura. Su dimensión solo se percibe cuando toda la energía acumulada en el fondo llega hasta la costa.
Respirar Catalunya es fijarse en el sotobosque reseco, no en las siemprevivas coloridas. Y, además, no es lo que vemos en el paisaje, sino lo que hacemos en él. Esto vale para el president Puigdemont y para todos nosotros, pero especialmente para alguien que es un proceso personificado y que ahora debe decidir (libremente) si quiere estar en la cresta de la ola o permanecer a su lado. Yo creo que las voces de sirena que aconsejan dejarlo estar, que los tiempos han cambiado y que todo aquello ya es imposible, no se han fijado bien en las corrientes submarinas que evocan los techos de la Pedrera. Con él o sin él, esta opción es un error basado en un espejismo superficial. Es buena idea intentar reclutar todas las sensibilidades posibles y, en efecto, no se trata solo de reivindicar una nación, sino también de construirla: estoy de acuerdo. Ahora bien, si se trata de reclutar sensibilidades diversas, esta es la mía: mi voto y mis energías solo serán para opciones que muestren determinación en hacer la independencia de Catalunya. Tengo otras cosas entre manos, tengo proyectos, tengo trabajo pendiente y una edad demasiado mediana y, por lo tanto, en lo que respecta a la política, no tengo tiempo que perder en ninguna cantinela más.