La izquierda española necesita resignificar los símbolos porque entiende sobre qué se han alzado estos símbolos. En vez de tener una relación honesta con la historia de la nación de la que forman parte —la castellana, que se hace llamar española—, en vez de conservar una mirada crítica con según qué episodios, la izquierda quiere participar del mismo orgullo nacional desacomplejado con el que la derecha blande su nacionalismo. Y como no puede enorgullecerse —como sí que, implícita o explícitamente, lo hace la derecha— de la colonización, ni de la dictadura de Primo de Rivera, ni de los cuarenta años de franquismo de los que nuestros padres y abuelos todavía conservan recuerdos muy frescos, eligen resignificarlo —que, en el fondo, es borrarlo—, para que su nacionalismo sea moralmente aceptable desde la posición del eje social que dicen defender.
Este ejercicio, sin embargo, acaba generando una paradoja: su revisionismo adulterado borra la represión que a lo largo de los siglos ha ejercido el Estado español sobre determinados colectivos. Escribo que genera una paradoja porque se trata de colectivos que la izquierda contemporánea dice representar y velar. De hecho, muy a menudo, esta represión se ha ejercido sobre la izquierda española en cuestión. Pero como una parte de la izquierda contemporánea se valida a sí misma exclusivamente desde la moral, en vez de asumir que todos los estados se alzan sobre injusticias, y sobre guerras, y sobre la opresión de determinados colectivos o determinadas naciones y, en general, sobre acontecimientos que, con el común de valores actual, a muchos les parecerían condenables, en vez de asumir que son españoles y que quieren seguir siéndolo a pesar de que España no encarne ningún ideal moral, trabajan deshonestamente para que lo parezca.
En realidad, sin embargo, nadie basa su sentido de pertenencia en la pureza moral de la nación de la que se siente parte —bueno, la clase política catalana lo emplea para evitar afrontar el conflicto étnico frontalmente, pero eso son higos de otro panal. O nadie lo basa del todo en eso. Me refiero a que es difícil que un niño alemán deje de sentirse alemán al digerir la primera parte del siglo XX. Igual que es difícil que un español en Catalunya deje de ser un español en Catalunya porque la represión franquista, o la represión a raíz del Primero de Octubre, le parezca intolerable. Desafortunadamente, la clase política independentista ha querido creer que la adscripción nacional de los españoles funciona en estos términos, o únicamente en estos términos. La realidad, sin embargo, es mucho más tozuda. Y los españoles, también.
Nadie basa su sentido de pertenencia en la pureza moral de la nación de la que se siente parte, pero es curioso cómo, a menudo, basta con mencionar determinados acontecimientos para que los catalanes asumamos, con vergüenza y deshonor, que lo que somos no merece ser defendido
Entonces, si nadie basa su sentido de pertenencia en la pureza moral de la nación de la que se siente parte, ¿cuál es el objetivo de la izquierda española cuando hace radicar su nacionalismo español en la posibilidad de resignificar símbolos? ¿Cuál es el objetivo de trabajar para que España encarne, o como mínimo parezca, un ideal moral? Redundantemente, es el nacionalismo español en sí mismo. Porque les ahorra la autocrítica y las contradicciones, evidentemente. Pero también porque les permite erigirse por encima de las naciones que tienen dominadas. Cuando los españoles de izquierdas pretenden resignificar la españolidad, no lo hacen porque necesiten hacérsela suya: ya lo es. Lo hacen para que tú, catalán —o gallego, o vasco—, perteneciente a una nación que también tiene sus cositas, y que tiene una relación anómala con su historia porque es una nación minorizada, justifiques la posición subalterna que se te otorga.
Lo peor que ha hecho nunca el Estado español se puede resignificar; lo peor que han hecho nunca los catalanes los define y va indisolublemente ligado a la catalanidad. Nadie basa su sentido de pertenencia en la pureza moral de la nación de la que se siente parte, pero es curioso cómo, a menudo, basta con mencionar determinados acontecimientos para que los catalanes asumamos, con vergüenza y deshonor, que lo que somos no merece ser defendido. Y es igualmente curioso cómo, a menudo, basta con mencionar determinados acontecimientos para que los españoles de izquierdas te convenzan de que todo puede ser reformado y resignificado.