Cargando...

El otro día el Barça jugó en Udine. Todo muy justito, pero seguro que entre los nombres que vimos —Fariñas, Espart o Pesquer— hay alguno que ahora nos dice poca cosa y que un día nos lo dirá todo.

Esto también sucede con la radio. Todos los veranos, la misma cantinela. Que si esta voz, que si los top están de vacaciones, que si las parrillas de agosto parecen provisionales. Todo lo que queráis, pero la radio de verano no es una sala de espera con aire acondicionado hasta que llegue septiembre. Al contrario. La radio de verano es una suerte, una garantía de continuidad y, sobre todo, un espacio de aprendizaje porque, de repente, hay campo para correr.

Durante el año, los programas tienen nombre y apellidos, y nos costaría Dios y ayuda encontrar un hueco para que alguien nuevo demostrara todo lo que podría saber hacer. Así, llega el verano, los titulares se van y a los directores les toca reinventar y arriesgar. Y aquí empieza todo. Porque nadie se levanta una mañana convertido en un nuevo Basté. Antes hay una primera vez. Y una segunda. Y la vez mil. Un directo horroroso, una entrevista absolutamente mejorable o un silencio demasiado largo. Ustrell también me daría la razón.

No puedes saber si un periodista puede conducir un programa de muchas horas si no le das ni el programa ni las horas

El talento necesita oportunidades y necesita minutos. Xavi Bundó, hoy una estrella consolidada, los tuvo. Hizo el "Via lliure d’estiu" y después el "Versió RAC1", también de verano. Pudo probar, equivocarse y encontrar algo que no se enseña en ninguna facultad: el tono propio. Dejar de sonar como alguien más, aunque al principio todos lo hemos hecho, aunque sea inconscientemente. Laura Rosel también tuvo su campo para correr. La radio le dio responsabilidades en verano, con programas largos, de muchas horas, que complementaban lo que ya tenía: un tono único en el "14/15". Tres veranos para acabar de hacerse y, a partir de ahí, una puerta abierta. Primero en 8TV y después el gran salto al "FAQS". Aquello no fue magia. Aquello fue un partido de pretemporada en el campo del Udinese.

Y aquí está la lección que los medios —y los oyentes— deberíamos recordar más a menudo. Fuera prisas. Nada de impaciencia cuando alguien despunta. Queremos descubrir talento, pero sin correr ningún riesgo. Queremos la sorpresa, pero con el resultado garantizado. Y eso no existe. No puedes saber si un jugador sirve si no lo pones en el campo. Y no puedes saber si una periodista puede conducir un programa de muchas horas si no le das ni el programa ni las horas. Por eso, julio y agosto no son meses de rebajas. Son la pretemporada del talento. Que entren voces nuevas. Que el número dos haga de número uno. Que alguien que durante once meses ha vivido sentado frente al ordenador de la redacción se siente, por fin, frente al micrófono. La radio que siempre apuesta por los mismos acabará sonando siempre igual.

Ayer el Barça jugó en Udine. Quizás dentro de unos años recordaremos aquel partido y diremos: mira, ya estaba. Con la radio de verano pasa exactamente esto. Cuando escuchamos una voz nueva en pleno mes de agosto, no estamos escuchando la radio de vacaciones. Quizás estemos escuchando la radio del 36. Del 2036.