Finalmente, parece que las conversaciones de sobremesa a raíz del fenómeno de la inmigración en Catalunya han acabado monopolizando la discusión política entre los partidos. Por ahora, el tablero está donde quería Aliança Catalana; en efecto, ya no resulta ningún tipo de tabú que uno se pregunte si el país (después de pasar de seis a ocho millones de habitantes en pocos lustros, y con una perspectiva de mayor crecimiento) será capaz de mantener el estado del bienestar y la calidad de los servicios públicos intactos. Incluso el PSC ha acabado sucumbiendo a la cuestión, si hacemos caso a la reciente entrevista del consejero Dalmau en el Diari ARA donde calificaba de “irresponsabilidad pasar de 6 millones de habitantes a 8 sin hacer ni trenes, ni carreteras, ni hospitales.” Todo esto, solo faltaría, nuestro vicepresidente en la sombra lo ha dicho como si el PSC durante dicho crecimiento no hubiera mandado en la Gene ni en las diputaciones o los consistorios.

De hecho, esto podría parecer una salida del armario del PSC para contrarrestar el fenómeno Orriols. En parte es así, porque a los socialistas ya les parece bien usar la inmigración como flotador político y presentarse a los próximos comicios del Parlament bajo el lema “si tú no vas, los fascistas vienen”. Pero cabe decir que, de forma bastante cínica, los socialistas ahora corren a lamentarse del crecimiento poblacional con relación a los servicios públicos cuando ellos mismos habían prometido trabajar de cara a un país de diez millones de habitantes. A su vez, el PSC aplaudió con entusiasmo la última regularización de inmigrantes impulsada por su capataz, Pedro Sánchez, que se aplicará a medio millón de conciudadanos, de los cuales se estima que ciento cincuenta o incluso más están en Catalunya. Hablar de sobrepoblación sin admitir que tienes algo que ver (o como si no traficases con los recién llegados políticamente) es de traca.

Los diputados, consellers y presidents catalanes se han dedicado a ir tirando mientras el crecimiento de la población no solo era difícil de sostener, sino que servía para cronificar la economía del precariado y empobrecer a las clases medias del país

Este debate no deja de tener ciertos toques surrealistas, porque la Catalunya de los ocho millones ya hace cierto tiempo que la teníamos a la vista (la población catalana llega a los siete millones y medio hace prácticamente... ¡quince años!), con lo cual podemos certificar que los diputados, consejeros y presidentes catalanes se han dedicado a hacer la vista gorda mientras el crecimiento de la población no solo era difícil de sostener, sino que servía para cronificar la economía del precariado (con especial mención a la industria depredadora del turismo) y empobrecer a las clases medias del país. Tiene cierta gracia que, en una entrevista reciente en El Periódico, el president Illa haya confesado que quiere cambiar el paradigma urbanístico del país con tal de “densificar” las promociones de vivienda para meter en ellas a cuanta más gente mejor, de forma “sostenible”. El president, ¡ay!, debería explicarnos cómo podremos sostenernos, tan embutidos.

Ahora que hablar del crecimiento desmesurado ya no es ningún tabú, insisto, sería necesario que alguien explicara quiénes son los responsables políticos de esta dejadez, porque solo así podremos conversar sobre el papel de la inmigración en Catalunya de una forma adulta. En caso de continuar castrando la conversación, nos moveremos entre la dicotomía de continuar un crecimiento desorbitado con unos servicios públicos tensionadísimos (médicos y profesores ya nos han advertido del tema esta última semana) o acabaremos abrazando la expulsión de los recién llegados como arma electoral, a la manera de Aliança (es decir, con mucho frenesí verbal pero sin ningún tipo de procedimiento que nos cuente cómo, sin ninguna competencia en inmigración, Orriols y los suyos nos harán volver a la Catalunya de Pujol). Quizás, además de a expertos en el estrecho de Ormuz y en Inteligencia Artificial, quién sabe si deberíamos escuchar a nuestros demógrafos.

¿Quién nos ha llevado a los ocho millones? ¿Quién, y a qué precio, querrá llevarnos a los diez millones de ciudadanos densificados y embutidos? Habría que responder a estas preguntas, sobre todo por los inmigrantes; deben saber quién los está utilizando, sea para tener una presidenta aliançada o para seguir digiriendo la siesta socialista.