Pasados unos días, el alud producido en la frontera de Ceuta y cuantificado ya en más de 70.000 personas por el ministro del Interior ha dejado de estar como primera tendencia en las redes sociales. Nos cansamos casi a la misma velocidad de la tontería del "pico" de Rubiales y de la demostración de lo poco consistente que es la frontera africana de la Unión Europea. Pero en el segundo nos jugamos la existencia del todo y de la parte, en un momento en que un perfil de fortaleza frente a las potencias de siempre y las emergentes es una cuestión de supervivencia. Nos jugamos el modelo de vida para el que dijimos que se construyó Europa y por el que se agolpan en sus márgenes quienes quieren prosperar y los otros. Los otros son quienes no pretenden llegar aquí para trabajar, ni quienes están de paso para reunirse en otros países con sus familias. Los otros son los enemigos de la libertad, de la democracia y de la civilización, y tal vez no somos conscientes de que es más fácil y rápido destruir lo que tantas veces criticamos por imperfecto que abandonar de nuevo la barbarie desde la que emergimos para hacerlo posible, y ya sabemos que, de vez en cuando, colaboran quienes, sin ser bárbaros, se benefician de que los demás lo sean.
La Fiscalía de Marruecos ha movido ficha acusando a una serie de organizaciones de haber orquestado la entrada masiva de personas procedentes de aquel país y que en poco más de dos días fueron en buena parte devueltas. Vamos, que el gobierno y los servicios de inteligencia marroquíes no tenían ni idea. Mientras tanto, el Gobierno español dice que el CNI no les avisó de lo que iba a resultar la mayor afrenta a la integridad territorial española desde la Marcha Verde. Nadie quiere responsabilizarse de los acontecimientos producidos en la frontera de Ceuta, que no solo lo es de España, también de la Unión Europea, por más que tanto esa ciudad como Melilla no formen parte del Tratado de Schengen, que a su vez es la razón por la cual han estado siempre desguarnecidas en extremo. Se trata, en cambio —sobre todo Ceuta—, de enclaves estratégicos para Europa. Y desde luego, y por lo tanto, también para Marruecos.
Cada partido político español ha intentado llevar la situación a la crítica del adversario. Para el PSOE y sus socios, se trata de la enésima jugada de un Donald Trump que odia a Pedro Sánchez, que ha conseguido, junto con Israel, alianzas estratégicas con Marruecos, y que de ese modo mataría varios pájaros de un tiro, pues las bases que ahora tiene en España las podría Estados Unidos despreciar con la instalación de otras más modernas y tan idóneas geoestratégicamente en territorio marroquí. El tratado reciente entre ambos países apunta en ese sentido.
Debemos exigir que se esclarezca el tema del todo y hasta el final
Sin embargo, es también verdad que la responsabilidad de lo sucedido recae, en primer lugar, en el gobierno del país que, por acción u omisión, lo ha permitido y, en segundo lugar, en el país que, y en este caso solo debemos creer que ha sido por omisión, ha propiciado que suceda. Que la ministra de Defensa, Margarita Robles, señale al país vecino como responsable primero del desaguisado no debe ocultarnos que con tal señalamiento intenta desviar la atención del hecho de que los servicios de inteligencia no estuvieran al caso de la avalancha que se estaba organizando, ni de la desproveída situación de la frontera, máxime después de la sentencia del Tribunal Supremo que daba a entender que, si se llega por mar a sus costas, no cabe devolución en caliente de los llegados.
Finalmente, queda quien insinúa que la genuflexión gubernamental ante Mohamed VI, correspondida con la de la monarquía española, que desde Franco tuvo respecto de Marruecos una querencia profunda, tiene algo que ver con informaciones que el gobierno marroquí pueda tener gracias a los servicios de espionaje israelíes. La dimensión conspiranoide del problema no le añade tanto nivel de gravedad como el que en sí ya tiene la situación. Supuestos secretos personales que puedan secuestrar una voluntad política son importantes, pero una minucia en comparación con la recurrentemente clara voluntad de Marruecos de hacer suyas las dos ciudades autónomas, sobre todo por el lugar que ocupan en un mundo en el que la mayoría está tomando posiciones para controlar los pasos en el tráfico marítimo. Ya se ha visto en el Báltico, en Ormuz, en Panamá o en Suez hasta qué punto serán decisivos en las próximas décadas.
Con independencia del paso atrás que ha dado la Unión en relación con su crítica a España (está claro que en parte se han visto interpelados por el desaguisado), debemos exigir que se esclarezca el tema del todo y hasta el final, no vaya a ser que condenando a un par de bandas de extorsionadores de patera se piense dar por zanjado el tema y pasar a la nueva cortina de humo sobre un escándalo, a saber, determinar qué contingente de los menores que aquí se han quedado vamos a repartir por comunidad autónoma, sin que nadie parezca recordar que el lugar donde deben estar es junto a su familia. Como se diría aquí de cualquier niño abandonado.