Vista desde la perspectiva del usuario del servicio (los estudiantes y sus familias), la huelga de los maestros y profesores que se ha iniciado esta semana puede ser en muchos casos una “gran putada”. En general, lo son todas las huelgas de hoy en día, pues juegan con presionar a la administración a través de la molestia sobre el usuario de los servicios. Por eso se suele reclamar de los huelguistas responsabilidad para no hacerlas cuando más perjudican, aunque es precisamente en crear mayor malestar donde crece su efectividad en relación con las reivindicaciones planteadas. No se descubre ahora nada nuevo con ese juego, y aunque es comprensible que utilicen todas las armas que legalmente tengan a su alcance, deberán reconocer que tal vez se hayan ganado antipatías entre quienes creen que legalidad y legitimidad quizá no vayan en este caso de la mano, sobre todo si la sufrida ciudadanía tiene criaturas que con dificultad podrá dejar al cuidado de nadie o si con lo que está lidiando es con adolescentes a las puertas de la selectividad. Cada cual mirará lo suyo, aunque todo el mundo sepa que el poder adquisitivo de los salarios, sobre todo para quienes no son funcionarios ni pensionistas, se ha depauperado en los últimos años de forma escandalosa.

Hablando de esto último, de salarios, que uno de los sindicatos haya expresado como condición para sentarse a negociar con el govern de la Generalitat un aumento de 400 euros mensuales en la nómina tiene mucho sentido desde el punto de vista de la dignificación de un trabajo que debería ser considerado de los más importantes a desempeñar en una sociedad democrática avanzada, verdadero sustrato de la opinión pública libre, ya que no hay libertad de conciencia, ni de expresión, ni informativa reales, si quienes las ejercen o reciben no están formados en conocimiento y criterio. Pero no creo que haya sido un acierto comunicativo. Porque el problema salarial es general. Pero el importante es el suyo específico en relación con su importantísima actividad profesional

Vaya, pues, por delante que la dignificación salarial es, en general, una asignatura pendiente en este país. Pero vaya también por delante que las condiciones laborales de la enseñanza pública y privada, incluso la concertada, no se parecen mucho, y que ello es en beneficio de la pública. Aceptemos que la inflación ha hecho polvo las expectativas de mejora de una parte importante de la clase media. Pero, ¿recordamos la casa Orsola? Algunos ya habíamos advertido que la mayor parte de las medidas que en Catalunya se están tomando en materia de vivienda a quienes más perjudicaban eran a las clases populares. En aquel momento se supo que uno de quienes reivindicaban poder seguir quedándose de alquiler en la casa que finalmente compró el Ayuntamiento de Barcelona era un profesor de secundaria cuyo sueldo casi doblaba el salario medio en España. Eso no significa, por supuesto, que el profesor fuera rico, o que no debiera cobrar más, pero —visto en perspectiva— estaba cobrando mucho más que los falsos asociados que sobreviven en la universidad pública y desde luego más que muchos profesores de la universidad privada. Que la queja sobre los sueldos acabe siendo la central no ayuda a solidarizarse con la justicia de su causa a muchos que sufrirán sus huelgas y estarán en peor situación laboral.

Cada vez me convenzo más de que lo que interesa al gobernante es cultivar una masa apesebrada de consumidores sin verdadera libertad para decidir lo que le conviene en clave individual y colectiva

Así que sí, el problema salarial es general. Pero yo habría deseado que los profesores se hubieran centrado en lo esencial. En decirnos prioritariamente que una sociedad que no consigue que los más preparados se den tortazos por formar parte de una profesión bien valorada y mejor pagada como la educativa es una sociedad mal construida. Que hemos equivocado el objetivo si aquí tienen éxito los políticos más lenguaraces, que, en cambio, serían los últimos que aprobarían un examen o que ganarían una plaza en una selección de personal seria. Que es un fracaso social que gane más dinero un estúpido influencer o una prostituta virtual que un investigador o un docente.

Esta sociedad nuestra, abocada a la estupidez y a la banalidad, a la exaltación de lo mediocre, difícilmente dará una solución integral al problema. Por eso los profesores de secundaria, a mi juicio, son quienes mejor han enfocado el asunto. Mientras sobreviva el Summerhill eterno que sustituya el estudio de contenidos y la reflexión formada por currículums rellenos de proyectos y competencias, el estudiante dejará de serlo, para convertirse en jugador que pretende ser feliz y acaba ansioso y deprimido. Y así vamos viendo llegar a la universidad, generación tras generación, el resultado, cuando en un examen no entienden ni la pregunta o confunden “ponderación” y “precepto”. No es culpa suya, y tampoco del maestro, menos aún del profesor universitario. Pero es inaceptable.

¿Qué nos jugamos en la educación? Nos jugamos la democracia y desde la LOGSE hasta hoy la situación ha ido empeorando. Cada vez me convenzo más de que es lo que interesa al gobernante: cultivar una masa apesebrada de consumidores sin verdadera libertad para decidir lo que le conviene en clave individual y colectiva. Nos lo jugamos todo, si de lo que hablamos es de esa dignidad humana en la que parecen coincidir la izquierda, la derecha y el Papa. Nos lo jugamos todo y parecemos decididos a cambiar el parchís por la ruleta rusa, es decir, optando alegremente por un camino sin retorno.