Carles Campuzano vive de la política —con un cargo u otro, con un partido u otro— desde 1987. Francesc-Marc Álvaro hace medios más o menos desde la misma época —siempre con el propósito de asfaltar el camino a los convergentes— y es diputado por ERC en Madrid desde 2023. Ya me disculparán, pero que este tipo de perfiles piensen que lo políticamente innovador que necesita el país son ellos me hace mearme de risa. Ahora se han inventado Esquerra Democràtica, una organización con unos aromas de 2005 indiscutibles; una cosa tan vintage, tan de concejal por CiU de un pueblo de quinientos habitantes que ha aprendido las palabras pragmatismo y tacticismo y las mete en cualquier contexto, tan de reaprovechar el diccionario de eufemismos de Artur Mas, que pienso que vale la pena analizarlo.

Para poder llevar a cabo el análisis en cuestión, y aprovechando la ocasión de que nuestros nuevos liderazgos no hacen ni el gesto de disimular la fosilización, nos atendremos a las declaraciones concedidas a la entrevista de La Vanguardia. Una entrevista, por cierto, que Campuzano publica explicando que “Catalunya necesita ampliar su espacio central de progreso y soberanía. Con diálogo, rigor y voluntad de construir mayorías”. No sé si empezáis a intuir por dónde va la cosa, pero yo diría que el habla de autoconsumo y la ambigüedad de la propuesta en sí ya apuntan maneras: es el tipo de consigna que ni interpela, ni hace temblar a nadie, condimentada con el lenguaje privado de quien hace demasiados años que cree que quedar para comer es trabajar.

Bueno, ahora sí, vamos a la entrevista. “Identificamos que el pilar que debemos ayudar a fortalecer es ERC”, dice Campuzano, pero en ningún lugar se lee ni una pizca de autocrítica sobre cómo el partido ha llegado hasta donde está. Supongo que, cuando en el 324 se refieren a sí mismos como “un espacio de síntesis que huye del ruido y de la nostalgia”, usan la nostalgia para evitar rendir cuentas. Explican que no quieren hacer un partido, sino “una cosa más flexible”. Una especie de think tank que, yendo bien, también les permita recaudar dinero público. No hace falta ser una lumbrera de la política para intuir que este es un movimiento interno construido para contrarrestar la poca disidencia que queda en ERC después de las purgas que ha ejecutado Junqueras: Gabriel Rufián y el círculo de adoradores que se ha hecho a medida. Un diputado con quien, por cierto, Francesc-Marc Álvaro comparte grupo parlamentario. Tampoco hace falta ser una lumbrera de las relaciones sociales para intuir que entre este par la cosa no marcha muy fluida. En la entrevista, Marc Álvaro camufla la acidez de virtuosidad. Dice: “Rufián es un fenómeno desde el punto de vista de la comunicación política y tiene capacidad para lanzar propuestas no siempre compartidas por la dirección”. Una “capacidad” sobre la cual Marc Álvaro procura no hacer ningún juicio porque no quiere levantar polvo, pero en el esfuerzo por destacar las virtudes de su codiputado se lee un resentimiento latente. 

Esquerra Democràtica es el velo que el oficialismo de partido extenderá para desfigurar el tira y afloja con Gabriel Rufián si la cosa escala

Esquerra Democràtica es el velo que el oficialismo de partido extenderá para desfigurar el tira y afloja con Gabriel Rufián si la cosa escala. Servirá para vestir de política una lucha de egos en la que una parte ha engordado a la otra por puro interés electoral hasta que no la ha podido dominar. Un falso pulso entre confederalismo e independentismo, también, tal como apunta Campuzano: “Es extraño buscar alianzas en clave confederal cuando eres de un partido netamente independentista”. Bueno, “netamente independentista” cuando les interesa, añadiremos. Esquerra Democràtica servirá para pintar de distancia ideológica aquello que finalmente ha acabado convirtiéndose en una distancia personal.

Me he tomado la molestia de leer la entrevista en La Vanguardia, de mirar la entrevista en el 324 y de escrutar qué dicen los dos implicados porque pienso que, en favor de la liberación del país, del tipo de ideas que nos deben permitir enmendar y aprender de los errores del pasado, y de la cultura democrática a la que aspiramos, el reciclaje de personalidades políticas que apelan a la renovación en primera persona no es tolerable. Y no lo es, sobre todo, cuando el espacio político que representan y, en el caso de Campuzano, el espacio político del que formó parte antes de estar en ERC, son corresponsables del desastre que ellos mismos dicen querer contribuir a reconstruir.

Todo, claro, sin admitir su responsabilidad: “hay muchos huérfanos en Catalunya, gente muy joven que se implicó en el procés, que no se vinculó a ningún partido y que tiene ganas de algo nuevo”, dice Marc Álvaro. ¿Cuán desconectado tienes que estar de la vida política del país, del ambiente ideológico que respiran los jóvenes y de las prioridades de la gente para creer que esa cosa nueva es Francesc-Marc Álvaro? “En el espacio progresista el principal partido ha vuelto a ser el PSC y estamos convencidos de que este espacio necesita una hegemonía soberanista y no sucursalista”, dice Campuzano. Como si no tuvieran nada que ver. Como si no les hubieran abierto las puertas de par en par. Como si no hubieran legitimado su autoritarismo para justificar unas alianzas progresistas que dejaran a Junts al margen. Es cojonudo esto de Esquerra Democràtica: ellos solo pasaban por aquí. Si hubiera tenido que inventarme un artefacto que materializara el tipo de actitud política que mantiene a Catalunya presa de sí misma, no lo habría hecho tan bien como ellos. Son los de siempre haciendo lo de siempre, ahora a merced de una escaramuza de partido diferente.