La nueva “Estrategia de Seguridad Nacional” de Estados Unidos no se priva de evocar una Europa que avanza, literalmente, hacia “la aniquilación como civilización”. Este es el diagnóstico que se hace desde el otro lado del Atlántico respecto a la situación en el Viejo Continente, lo que supone, de facto, el fin de Occidente, al menos tal y como lo habíamos conocido y entendido desde la Segunda Guerra Mundial. Y me temo que esta visión trasciende el trumpismo y representa una situación traumática para los europeos, que habíamos delegado el esfuerzo de nuestra defensa en la potencia americana.

De todos los estados europeos a los que esta situación les causará menos sorpresa es a Francia. El Estado francés intuía que el divorcio se produciría, y estaba preparado para hacerle frente. Sin embargo, el general De Gaulle ya desconfiaba del “amigo americano” hace setenta años. Y esto era así, y algunos le tacharán de desagradecido y egoísta, a pesar de los miles de soldados estadounidenses muertos intentando la reconquista de Europa para la civilización. Las playas de Normandía y, sobre todo, los cementerios cercanos, son testimonios vivos de la aportación estadounidense a la liberación de Francia, y de Europa; pero, a pesar de ello, De Gaulle consideraba que el apoyo de Washington a Europa no sería eterno y que, por lo tanto, había que avanzar hacia la autosuficiencia en materia de defensa y de capacidad industrial, la militar incluida.

Ya el 10 de noviembre de 1959, en una rueda de prensa en el Elíseo, el general se preguntaba: “¿Quién puede decir si, en el futuro, las dos potencias que tengan el monopolio de las armas nucleares no se pondrán de acuerdo para repartirse el mundo?”. Y el mundo ha girado mucho, porque de las dos potencias nucleares hemos pasado a unas cuantas que también cuentan con la disuasión nuclear, algunas declaradas, otras no, y otras están todavía en la carrera para disponer de ellas.

Sea como fuere, la Francia gaullista hizo los deberes, y en 1965 ya contaba en su arsenal bélico con la bomba nuclear, siguiendo la lógica de De Gaulle, que afirmaba: “Desde el punto de vista de la seguridad, nuestra independencia exige, en la era atómica en la que estamos, que tengamos los medios propios para disuadir a un eventual agresor, sin perjuicio de nuestras alianzas, pero sin que nuestros aliados tengan nuestro destino en sus manos”.

Durante años, esta doctrina de seguridad independiente se ha mantenido en Francia, independientemente de si los gobiernos eran de derecha o de izquierda. Gracias a su mantenimiento, Francia dispone hoy de un ejército cuantitativamente poco numeroso, pero armado con ingenios de calidad, y es capaz de producir, ya sean misiles, cazas bombarderos, submarinos, satélites espías o cañones de artillería.

De Gaulle consideraba que el apoyo de Washington a Europa no sería eterno y que, por lo tanto, había que avanzar hacia la autosuficiencia en materia de defensa

El general siempre desconfió del aliado americano porque pensaba que, como cualquier superpotencia, defendería sus intereses (geopolíticos, económicos, militares, industriales, tecnológicos), y que la tendencia pendular acreditada de su opinión pública influiría en la toma de decisiones de su sistema político. Un péndulo que se mueve históricamente entre el intervencionismo y el aislacionismo.

Francia hizo este camino en solitario en Europa. Contrariamente a Alemania, Gran Bretaña, Italia o España, en Francia no hubo nunca ni hay bases militares estadounidenses en su territorio. Y, además, Francia (en este caso conjuntamente con Gran Bretaña) es capaz de no depender del paraguas nuclear protector de Estados Unidos, porque construyó su propio paraguas. De todas formas, las suspicacias eran tan altas, que en 1966 el general De Gaulle decidió salir de la estructura militar integrada de la OTAN. Una decisión que duró hasta 2009, cuando el presidente Sarkozy —verbalmente un declarado gaullista— decidió revertir la situación.

De Gaulle tenía memoria y recordaba que, tras el fin de la Primera Guerra Mundial, el Senado de Estados Unidos decidió no ratificar el Tratado de Versalles, que había firmado el presidente Woodrow Wilson, lo que dejó a Europa a la intemperie en cuanto a garantías de seguridad, y hecho que comportó que Estados Unidos no se integrara inicialmente en la Sociedad de Naciones.

También recordaba que, en junio de 1940, la llamada del presidente Paul Reynaud, pidiendo ayuda a Estados Unidos para frenar el avance de los nazis en el territorio hexagonal, fue desestimada por el presidente Franklin D. Roosevelt, que solo se comprometió a “dar apoyo moral”. Y los hechos de 1956, cuando Estados Unidos obligó a las tropas británicas y francesas a retirarse del canal de Suez, o cuando en 2003 Dominique de Villepin —entonces ministro de Asuntos Exteriores de Francia— se opuso en el Consejo de Seguridad de la ONU a la invasión de Irak.

El comportamiento del presidente Trump ha vuelto a plantear la vieja cuestión sobre si el paraguas nuclear americano protegerá a los aliados europeos, o no. Pero a Francia esta cuestión ya no le afecta. Porque gracias a las decisiones del general, este nudo gordiano no le afecta. Ahora la cuestión es: ¿protegerá el paraguas francés al resto de los europeos? La ambigüedad en la respuesta nos dará idea de la derrota europea.